Categoría: Relato

La Cautiva

La Cautiva

En esta entrada comparto contigo un relato que tiene mucho de mí, de mi familia, de mi pasado. Del pasado de tantas familias que, sin quererlo, se hace presente sólo con mirar la estampa del valle del Luna. Espero que lo disfrutes, y si te gusta, comparte. Con él gané el certamen de relatos de la Asociación de Calechos de Babia y Luna: fue todo un honor.

Martes, 3 de agosto. 

Hoy desperteme de nuevo en esta cama tan grande. No sé cómo llegué aquí esta vez. Estaba rodeada de telares y en la mesita había unos cuantos frascos de medicamentos y un termómetro. Quizás lo que llamome más la atención fué una fotografía que había colgada en una de las paredes. En ella salían un hombre y una mujer vestidos como un pincel. Ella de negro, como las novias de antaño. Él, repeinado y de gesto serio. Me levanté como pude para observarlos y ella se parecía mucho a mi. ¡Qué cosas, oye! Igual era pariente mía y yo sin saberlo.

Entonces oí un ruido y me apresuré a encamarme. Ya estaba otra vez aquí la bruja Espigada que no hacía más que taparme las piernas y darme friegas en ellas. Y da igual que le diga que no me las toque porque me mancan. No. Ella viene todos los días a darme la friega con ese alcohol de romero que apesta. Estoy segura de que eso es lo que hace que me manquen y se me hinchen. Así no puedo andar ni correr y me tienen presa en esta casa del demonio.

Hoy venía más arreglada de lo normal. Por norma general lleva el pelo corto, canoso y tiene la cara llena de arrugas alrededor de los ojos y la frente. Pero hoy cascó algo de crema que le daba lustre a la cara, y parece que pintó el ojo con algo de azul. Por primera vez en muchos días, iba bien peinada y no como si acabase de quitar el pañoleto de la cabeza. Ahora que lo pienso, debe tener unos sesenta años. De complexión delgada, debió ser buena moza en sus tiempos, pero como ya estaba entrada en años se le fué poniendo el lomo redondo, como los perros viejos. 

Yo no sé si cuando llegue a esa edad me podré igual. De momento, con dieciséis años voy tirando. Mi madre siempre me dice que tengo el pelo muy graciosín, y se me hacen unas ondas muy guapas, sin necesidad de tenacilla. ¡La extraño tanto! ¿Dónde estará? ¿Cuándo me dejarán salir de aquí para ir a verla? ¿Y mi padre? Espero poder escapar de aquí tan pronto como se descuiden. Todavía no me han visto en acción esas dos. 

Porque esa es otra; la bruja “Hormiguina” es para dar de comer a parte. Esta está menos en casa, pero cuando entra para vigilarme, no para de darme voces, como si estuviera sorda. Por si fuera poco, tiene las manos retorcidas como raíces de los árboles y de vez en cuando se echa el alcohol de romero en ellas, así que apesta  también. No veo la hora de perderlas de vista a las dos.

Miércoles, 4 de agosto.

¡Hoy tengo una gran noticia! Por fín se situarme, estoy convencida que me tienen presa en una casa en Mallo.  Reconozco la calle, no hay duda. Aquel portón que veo desde la ventana me suena una barbaridad y estoy segura que es el que pienso que es. ¡Ay Dios mio! ¡Se me hizo la luz! Así la huída va tomando forma en mi cabeza. Hoy mismo comenzaré a urdir un plan para escapar.

Bueno, por lo demás, vino la bruja Espigada a hacerme el ritual de siempre en las piernas y a darme las medicinas. La verdad es que insiste a más no poder, y mira que yo le digo que a mi no me hacen falta. Pero es implacable. Aunque he de confesar que me siento algo mejor de las piernas al cabo de un rato.

Luego se maravillaba porque a mi el apetito no me falta. A veces pienso que es tonta. ¿Cómo me va a faltar? ¡si estoy en la flor de la vida!Tengo mucha paciencia con ella, la verdad. A veces se me acaba le doy cuatro gritos bien dados, para mantenerla en el sitio. Entonces, se atufa toda y marcha. Siempre se le empañan los ojos cuando lo hago, no se si tiene cataratas o le afecta que me ponga guerrera. ¿Y qué voy a hacer? una tiene su genio también. Bastante bien me porto para lo que me están haciendo. 

La bruja Hormiguina entró en la habitación tras hablar con la otra en el pasillo. Hoy venía realmente cansada, apenas sí podía andar con la espalda erguida. En ocasiones me pregunto cuántas gavillas habrá cargado ese lomo para acabar así. Y si hablamos de las manos, no lo quiero ni pensar. Prácticamente parecía que se le habían quedado atrofiadas de empuñar la guadaña  o la forca. Ella vestía como un hombre porque siempre cargaba con las tareas más duras del campo y resultaba más práctico. A diferencia de la Espigada, no era de arreglarse mucho. Siempre había algo por hacer más importante que eso y de ahí le vino el título de “hormiguina”.                                                                                       

En fin, vino para decirme que mañana venía el médico a visitarme. Con un poco de suerte consigo que me dejen a solas con él. Podría ser mi oportunidad de conseguir escapar de este encierro. Tendré que ingeniármelas para que me ayude a salir de aquí.

Jueves, 5 de agosto.

¡Virgen del Cuartero! hoy hizo fuego. Menos mal que de noche refresca. Esta mañana vi pasar desde la ventana varios carros llenos de hierba. Pareciome muy extraño ver que hicieron formas cuadradas para amontonarla en vez de los haces de siempre. Estos de Mallo siempre me pareció que iban por libre. Entonces, intenté hacerme ver desde la ventana, pero con el ruido que esa máquina del demonio hacía al arrastrar el carro, no hubo manera. Luego ví que la bruja Hormiguina iba montada en la máquina y desistí.  

Después de comer vino el médico. Antes, pasó la bruja Espigada para acicalarme un poco. Lavome bien, de pies a cabeza. Quedé limpia y aseada. A decir verdad cada poco me hacía un buen repaso. En verano se agradece. En invierno, si sigo aquí, voy a decirle que no hace falta tanto jabón que una se constipa con el pelo húmedo.

Cuando entró el médico me auscultó y me miró las piernas. Parecía satisfecho. 

―¡ Rosario! ¡Esto cada vez va mejor! ― me gritó. Otro listo que se piensa que estoy sorda. Empecé a plantearme si estaba compinchado con ellas. Aún así me arriesgué y le dije algo que no podía ignorar. Tenía que ayudarme sí o sí. Me inventé que esas brujas me apagaban cigarros en la piel y le pedí que me sacara de allí cuanto antes. Pero no coló. Claro. No calculé que me iba a hacer una revisión completa, y de quemaduras no había ni rastro. Le puse dramatismo, ¡lo juro! pero no hubo manera. Eso sí. Ellas reaccionaron como si las hubiese matado. Las dos lloraban desconsoladas ante tal afirmación. ¡Pues ya ves tú! ¡que me dejen salir a solas y entonces no tendré que inventarme nada! Bueno, fué un día muy intenso. Mañana espero que se me dé mejor.

Viernes, 6 de agosto.

Mira que hay días que se repiten. Hoy hubiera sido uno de esos días sin pena ni gloria, de la cama al pullero y del pullero a la cama. A veces si se tuerce la cosa, salgo acompañada, como siempre, a que me dé el aire al patio. Pero oye, ¡¿que no se descuidan ni un segundo?! Qué fácil hubiera sido salir como alma que lleva el diablo,  de no ser porque la Espigada no me quita ojo de encima. Iba a decir que parecía un día más, pero hoy recibí una visita de una rapacina de unos doce años. Vestía pantalonines cortos y camiseta de manga corta. Además, venía negra como un tizón. ¿Pero no tendrá madre que la guarde del sol? Díjome que era Maribel, la de María. Yo no tenía ni idea de quién era ella y mucho menos la tal María, pero me hice la enterada para que me dejara tranquila. Cada vez chillábame más para hablar y se me ponía loca la cabeza de tanto grito. Como la vi un poco flaca, le dije a la Espigada que le sacara algo de chorizo y un poco de pan a la rapaza, no fuera a ser que tuviere hambre. Entonces me dijo a gritos, cómo no, que la rapacina había venido desde Santander, y estaba aquí para pasar el verano. Al final no quiso comer nada y marchó. Estos guajes de hoy en día no sé cómo van a crecer si no comen. Mira que insistimos la Espigada y yo, pero no quiso. Bueno, quien da lo que tiene no está obligado a dar más. ¡Cuánto hubiera dado por marchar con ella calle abajo, sin mirar atrás, para volver con mis padres a las Ventas de Mallo! No me resigno. Tarde o temprano volveré a casa.

Sábado, 7 de agosto. 

Mi plan de escapar va avanzando. La bruja Hormiguina guarda siempre las llaves de noche dentro de casa, en el mismo sitio. Y por el día, las deja puestas por fuera, en la puerta. En cuanto se descuiden, me levanto y las escondo. A decir verdad, el hecho de que piensen que no me entero de las cosas está jugando a mi favor. 

Dentro de nada serán las fiestas de Abelgas. El año pasado subimos la juventud de las Ventas y de Mallo por el monte, atravesando el Cuartero, para echar unos bailes en San Roque. ¡Prestome tanto el camino! ¡Cuantas canciones, cuánto baile chano! y ¡hay que ver lo guapo que está el Cuartero  en verano! Este año, pienso escaparme a tiempo para ir a la fiesta. A ver si dejan de mancarme estas piernas y acabo con este cautiverio.

Hoy tengo antojo de trucha. Ya no me acuerdo de la última vez que bajé al río a pescar con mi padre. Si se nos daba bien la tarde mi madre las hacía fritas con tocino y estaban tan buenas… ¡Cuando vuelva con él, pienso pedirle que me enseñe a pescar con la atarraya! ya está bien de ponerse a bucear por él cuando se enganche. Esa vez cambiaremos las tornas. No pierdo la esperanza, papá. Ya verás qué pronto estoy contigo.

Domingo, 8 de agosto.

¡Qué contenta estoy! ¡Por fin me hice con las llaves! Como era domingo, una marchó para misa y la otra marchó a regar el huerto y a coger unas acelgas para los gochos, y mira tú, que al final, en un descuido, dejaron la llave puesta en la puerta. No voy a mentir, me costó lo mío decidirme, porque me mancan las piernas mucho y tenía miedo a caerme por el pasillo, pero valió la pena. Las guardé en la funda de la almohada. Estoy segura de que ahí no me las encuentran. Ahora siguen buscando el manojo entre lamentos y ayes, y confieso que me entra una risa por dentro que me está costando aguantar. Esta noche no. Pero mañana marcho para casa. ¡Se acabó el cautiverio! 

Lunes, 9 de agosto.

Mi gozo en un pozo. ¡¿No tenían otro día para cambiarme la ropa de cama?! Entre la Espigada y la Hormiguina levantáronme por la mañana, aseáronme y mientras desayunaba se dedicaron a cambiarme las sábanas. Al final descubrieron mi botín y no sólo me quedé sin llaves. Ahora estoy bajo sospecha contínua y las guardan con más recelo si cabe. Me entran unas ganas de correrlas a palos calle abajo que me descompongo. ¡No es justo!¡¿Qué hice yo para merecer esto?!Y no veas qué riña me echaron. Para más Inri, se lo contaban a todo el mundo que venía a vernos, con aire triunfal, como habiendo evitado que me escapara. 

Sólo tengo ganas de llorar. Todo lo que avancé se volvió en mi contra. Hoy no tengo ganas de escribir más.

Jueves, 12 de agosto.

Estuve mala a raíz del disgusto y por eso no pude escribir. Subiome un poco la fiebre, y la verdad es que mal que me pese, estas dos brujas cuidáronme muy bien. Pero una cosa no quita la otra. Todavía no entiendo porqué me retienen. Hoy se lo pregunté a la Espigada, ya con resignación. Y la mujer empezó a decirme que si yo estaba tonta o qué, que para dónde iba yo a ir, si como aquí no iba a estar en ningún lugar. Yo cerré la boca porque no valía la pena insistir, pero esta no tiene ni idea. 

Déjame decirte, Espigada, que en mi casa de las Ventas estoy como una reina. Con la de árboles frutales que hay en la era de mi casa, nunca me faltó fruta, y mi madre siempre me llevó como un pincel con los trajes que me hacía desde que era una rapaza. Junto con mis hermanos, era lo que había que ver en las Ventas de Mallo.

¿Qué habrá sido de mi hermana Isabel la que marchó para Argentina?¿seguirá mandando cartas a casa? ¡Algún día me prestaría tanto visitarla! Espero que su suerte haya sido mejor que la mía. Jamás olvidaré la cara de mi madre al despedirla cuando marchó de casa con el maletón camino Gijón. Aguantó las lágrimas hasta que Isabel se perdió en el horizonte. Y fué entonces cuando las dejó salir y estuvo dos días llorando sin parar. Estábamos como reyes, pero eso no quitaba de querer aspirar a algo más. Cuántas maravillas contaban los indianos de Argentina. Y sinó mira qué casona se hizo el indiano de Mallo justo a la entrada del pueblo. ¡Qué techos altos! ¡Qué ventanales y qué balconada! La gente alucinó el día que le trajeron aquella bañera de porcelana. Pesaba un quintal y casi no les cabe por la puerta. Mi hermana Isabel no hacía más que fantasear con bañarse en una de aquellas bañeras según llegara a Argentina. Al final tanta bañera y tanto balcón fueron en vano. La indiana, es decir, la que se casó con el indiano allá en las américas, no aguantó los rigores del invierno y le dijo que a ella allí no se le había perdido nada. Así que tan pronto como pudieron, volvieron a hacer las maletas y cerraron la casa a cal y canto para no volver jamás. Qué desperdicio de casa. La de serenatas que me podrían haber cantado en aquellos balcones algún que otro mozo. 

Pues eso, mañana más.

Viernes, 13 de agosto.

Hoy me encuentro mucho mejor de las piernas. Parece que la medicación me está haciendo efecto. Se lo dije a la Espigada y me dijo que si quería acompañarla a comprar cuando viniese el pescadero. Me sorprendió gratamente, aunque yo me esperaba más paseo. Se ve que el hombre sabía que yo no podía andar mucho y decidió subir hasta la casa. Total, que al final crucé la calle y poco más. Aún así la gente no paró de saludarme, y eso que yo no conocía prácticamente a nadie. Algunos me sonaron vagamente, y diome mucha rabia porque luego quedo pensando de quién era aquella o de dónde venía el otro. Últimamente me pasa mucho desde que estoy aquí. ¿Será el agua de Mallo?

Por la tarde, la Hormiguina debió verme aburrida mirando para la ventana y se le ocurrió que sería bueno que me pusiera a picar berzas para las gallinas. Se ve que si hace mucho calor se estresan y comer verde les ayuda a poner más huevos. Yo de gallinas no fuí nunca. Así que le dí la razón porque no las entiendo demasiado. Sin embargo, de vacas ya es otra cosa. Desde que era una rapaza cuidé de ellas. Me acuerdo del sonido de todos y cada uno de sus cencerros. El de la Mora era el más agudo. La Paloma era la que tenía el cencerro con sonido más dulce. Y así unas cuantas. Pero sin duda, echo de menos a la Morena. Con aquella vaca me crié yo, nunca se puso brava si me subía encima, y era la más noble a la hora de ordeñarlas, porque no me daba patadas al caldero ni me fustigaba con la cola. Ella era la “capitana generala”, como decía mi amiga Micaela, que vivía en Mallo. La Morena también era la más cabra loca y así le fue (En eso nos parecemos un poco). Un día fué a saltar una de las paredes del prado donde estaban pastando y se rozó la ubre contra las piedras. Estuvo bien mala porque se le llegó a infectar, y ya nunca más volvió a dar leche como antes. ¡Cuánto lloré por ella cuando murió! 

Por cierto, estoy pensando que si vuelve aquella rapaza delgadina, la engatusaré para que me dé las llaves sin levantar sospechas. Con las piernas tan bien como las tengo ahora, la cosa pinta bien.

Sábado, 14 de agosto.

Antes lo pienso, y antes viene. Hoy apareciose por aquí la rapacina del otro día buscando a un tal Luis Miguel. Yo creo que es un rapaz que viene de vez en cuando a comer o a merendar y luego marcha a jugar por ahí, pero hoy no estaba. El caso es que ví la oportunidad perfecta que estaba esperando y no la dejé escapar. Le dije que se acercara y cuando la tuve a la altura, le susurré que me acercara las llaves de la entrada. Al principio mirome raro, pero luego fue para allá y diómelas sin rechistar. Cuando vió que el otro no estaba, marchó por donde vino. Otro día me hubiera dado envidia verla marchar y yo quedarme aquí. Pero hoy no. Porque mañana si Dios quiere vuelvo a mi casa.  Mañana es fiesta y momentos de descuido habrá alguno seguro. Tengo que disimular porque se me debe notar el alborozo que llevo dentro con sólo mirarme, y las brujas no son tontas. De hecho, me conocen más que yo a mí misma. De momento con que no se me note que fui yo la de las llaves, ya me doy por satisfecha. 

Tengo que pensar en meter algo de comer para la faltriquera, no sea que me quede por ahí tirada y no tenga nada que echar a la boca. 

Mañana a estas horas estaré en mi casa, con mi padre y mi madre y mi hermano José. Sólo con pensarlo me da algo.

¿Quieres saber cómo acaba el relato?

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También puedes adquirir el libro, pero eso es un poco más complicado. No está a la venta directa, tienes que contactar con la asociación.

Licencia de Creative Commons
La cautiva by María Eugenia Campos Álvarez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en https://mariecamposalvarez.com/la-cautiva/.


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El hombre de la vara de avellano

El hombre de la vara de avellano

¿Sabías que…

muchas veces me baso en personas reales para construir los personajes de mi novela, Las Nieblas del Tsuna? Cuando voy en el tren de camino al trabajo, en la sala de espera del médico, en la playa, en alguno de mis viajes… cualquier lugar es bueno para pararse a observar rasgos peculiares, gestos, comportamientos característicos que después dan un toque real a los protagonistas. Pero ningún lugar como mi pueblo, Mallo de Luna , para captar la esencia de la gente de la montaña. Cuando además, encuentras canciones que te recuerdan a algunas personas, el personaje va tomando forma con mucha más fuerza. Hay una canción en concreto que me recuerda a alguien muy especial, digno de inspirar a un buen personaje.

Hay canciones… y canciones

Victor Manuel en su día escribió una que, aunque no se ajusta del todo a mi realidad, me recuerda con cariño a esa persona. De hecho me ayuda visualizarla y sentir su forma de ser a pesar de no estar con él desde hace ya algún tiempo…


«Sentado, en el quicio de la puerta,
el pitillo apagado entre los labios,
con la boina calada y en la mano,
una vara nerviosa de avellano..»

Victor Manuel

No. No llevaba boina. Nunca le hizo falta porque tenía mucho pelo. Pero, ¡cuántas veces lo vi con su pantalón de tergal de color gris verdoso y su jersey oscuro, sentado en las escaleras de la puerta de casa, con el Ducados entre aquellos dedos largos y morenos! y en la mano, aquella vara nerviosa de avellano. Su vara de avellano; era morena y esbelta como él. Esa vara ya estaba cansada de dar tantos pasos dados, pero era capaz de cortar el aire con un silbido cuando la ocasión lo requería.

Aquel hombre conducía una furgoneta Gris con mil historias entre sus cuatro ruedas. Lo recuerdo siempre a lomos de su Renault Express, con el cigarro en la mano derecha y la ventanilla bajada. Si salía del pueblo y me veía, siempre me decía: –Monta mi niña, marcho pal bar, ¿vienes? –. Por la cuenta que me traía, yo ya tenía memorizado el soniquete del motor. Al montar, descubrí que cada verano la furgoneta tenía un olor distinto ( dependiendo de si se le volcó el bidón de leche por accidente, o puso una docena de ambientadores repartidos por el techo), aunque siempre se apreciaba de fondo el buquet del Ducados. En cualquier caso, lo que se respiraba era entusiasmo por ambas partes. 

el abuelo fue picador
Era una como esta, 🙂

En el camino hacia el bar …

del pueblo vecino, entre curva y curva, no había demasiada conversación. La forma de conducir de este hombre tenía un puntito intrépido que le daba emoción a la travesía. Digamos que la carretera era suya. A mi me entretenía ver sus movimientos al volante: gestos mecánicos entre caladas del cigarro de tabaco negro, y de vez en cuando, una miradita de complicidad. No llevaba la radio encendida. El único sonido que se oía era el quejido de la estructura de la furgoneta al pasar por uno de los cien mil baches de la carretera.

bar el ventorrillo
La terraza del bar

Ya en el bar, siempre se pedía un café y se encendía otro cigarro, con calma, como si fuera un ritual. En realidad yo tengo la impresión de que no fumaba tanto, más bien creo que le gustaba aburrir al cigarro. Entonces, siempre le preguntaba a mis tías, las dueñas del bar, qué había de golosina con premio «pa’ la rapaza». Al final siempre caía un Palote o un Phoskito. El año que daban cordones fosforescentes para las zapatillas hicimos muchos viajes al bar del Ventorrillo. ¡Cómo recuerdo cuando me anudaba los cordones a la muñeca, con el pitillo entre los labios, dibujando una sonrisa. ¡Cuanta ilusión en la mirada!

Los cordones de Phoskitos
Los cordones de los Phoskitos. Un acierto del márketing de los 80.


Al volver, a menudo había bronca, porque al ser una excursión improvisada, no se avisaba a nadie y luego en el pueblo se pasaban la tarde buscándome. Pero valía la pena.

Los recuerdos que tenemos…

de las personas son muy subjetivos. De este hombre siempre tuve la sensación de que guardaba en su interior un puntito de pasión, de genialidad y brío en cada cosa que emprendía. Ya fuera tallar en la madera como un verdadero maestro, jugar a los bolos leoneses, conducir su furgoneta al estilo inglés o bailar el baile chano… pero bien es sabido que la pasión consume energía, y es imposible mantenerla de manera constante. Durante los momentos de reposo, en la intimidad, su parte más pesimista lo abordaba y a mi me parecía que se le hacía el día cuesta arriba.

Entonces se tumbaba en el escaño a reposar, tras apartar el plato hacia delante (siempre comió poco) y a continuación posaba aquella mano morena de dedos largos sobre la cara para tapar un poco de luz a los ojos y poder dormir mejor.

Al despertar, si te veía por ahí, siempre le decía a mi abuela: –¡Dora! prepárale algo de merendar a la rapaza –. Después se enfundaba los dientes, que habían estado reposando con agua, bajaba para el portal y se quedaba por unos instantes observando, sentado en la escalera, mientras se encendía otro cigarro, con la mirada perdida en el infinito, y como siempre, la vara nerviosa de avellano en la mano…

En aquel momento, era buena ocasión para sacarlo de su letargo y preguntarle: -«Abuelo, ¿vamos pal Ventorrillo?»- a lo que rara vez había una negativa por respuesta…

Si es que ya lo dije. Mi pueblo es fuente de inspiración infinita para diseñar personajes dignos de novela…

¿Y tu? ¿Tienes recuerdos guardados en la recámara de personas dignas de protagonizar una novela? ¿Crees que la gente de antaño era más auténtica?

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Asturican Gods

Asturican Gods

Contra los dioses romanos

—Llegas tarde, hermana. —dijo Deva sonriendo, mientras jugueteaba con las ondas de su melena. —Pensábamos que ya no vendrías.

—¿Crees que es fácil desenvolverse con mi forma humana, querida? a estas alturas del año, se torna seca, arrugada y sin brío. —contestó Brixit con su característica voz cansada. —Además, ¿no había otro roble en el que reunirnos? ¡Este es sin duda el más inaccesible de todos!

Lug, Deva, Belenos, hasta Cosso, todos rieron. La anciana resultaba más cascarrabias y chistosa cuanto más envejecía. Sólo Cernunnos permaneció impasible.  

—Y el más sagrado, anciana Brixit. —le recordó Cernunnos al cogerla de la mano para cerrar el círculo que habían formado bajo el árbol.  —Los pactos de los dioses se sellan siempre al cobijo de un gran roble.

Cernunnos, el dios astado, era el único que conservaba su forma original, puesto que los bosques le conferían toda la energía necesaria para manifestarse en cualquiera de sus formas. 

—Bien, si ya estamos todos, comencemos. No hay tiempo que perder. —añadió Cernunnos mientras apoyaba su mano en el roble. —¡Oh! Roble de los mil inviernos, señor del bosque, nexo entre los mortales y los dioses, testigo de pactos sagrados: ¡Atiende nuestra petición!

—¡Atiéndela! —respondieron todos al unísono.

—Los dioses aquí presentes vienen a decidir su destino bajo tus ramas. Te pedimos ser testigo de nuestro acuerdo, por los inviernos a los que has sobrevivido, y otros tantos a los que sobrevivirás.

El dios astado cerró los ojos y el árbol, en respuesta, dejó cantar sus hojas al viento. Hasta el cierre de la reunión, todo quedaría grabado en su savia para siempre.

—Bien, veo que no soy la única que tiene que recurrir a su forma humana. —continuó Brixit, tras recuperar el resuello. —Las cosas están yendo de mal en peor.

—No es de extrañar, querida. Más de la mitad de los ástures y los cántabros han perecido en batalla. —respondió Cosso, hastiado. El dios de la guerra no podía dejar de acariciar la empuñadura de su falcata, buscando quizás tranquilizarse con el tacto del metal . —Todo el valor y el arrojo que infundí en cada uno de los guerreros fue inútil ante los hijos de la Loba Sarnosa.

—Cosso, hermano mío, no sabes cómo te entiendo. Las viejas costumbres, nuestro modo de hacer las cosas, ya no son efectivos ante el avance de esos Lobeznos Sarnosos. —dijo Belenos mientras posaba su mano sobre el hombro del Dios Guerrero —Cada día, aparezco por el horizonte y me sorprendo al ver que invaden nuestros dominios con artefactos nuevos. No paran de llegarles refuerzos desde el oriente. Cuando me oculto, en el ocaso, ansío el descanso. Pero una y otra vez me veo obligado a ver sus abusos. Es una tortura. 

—Yo he sentido como controlan las aguas, desvían sus cauces naturales, las estancan y aprovechan su fuerza almacenada para horadar los montes. ¡Es un insulto! ¿Cuánta manipulación deberemos soportar? —dijo Deva, diosa de las aguas y los seres que habitan en ellas.

La diosa, que iluminaba el cerco divino con su tez inmaculada y su melena de oro ondulado, no pudo evitar derramar un par de lágrimas. Una por cada mejilla sonrojada. 

—Deva, no llores, ¡no empieces! ¡Por favor!¿No querrás inundarlo todo? —le reprendió Lug. —Aunque, tienes razón. No sólo manipulan las aguas a su voluntad. También las mentes. ¿A cuántos de vosotros han intentado dar un nuevo nombre? Seducen a nuestros fieles, diciéndoles que ellos también nos adoran, pero ¡con otro nombre! —exclamó Lug, golpeando con furia el suelo con su lanza. —Sin ir más lejos, algunos han decidido llamarme Mercurio. ¿Os lo podéis creer? Me han puesto a la altura de ese dios mequetrefe de segunda. ¡A mí!

La lanza comenzó a arder, imbuida por la indignación de Lug, el dios de todos. 

—¡Intentemos una nueva ofensiva!¡Contamos con la ventaja de luchar en nuestro territorio! —dijo Cosso, con el brillo de la guerra en sus ojos. —No podemos apagarnos lentamente ante el avance del enemigo. 

—Sí, Cosso. Si no hacemos algo, nos extinguiremos poco a poco, hasta ser sólo un recuerdo mecido por el viento. —reflexionó Lug —Pero esta vez deberíamos hacerlo de manera distinta. Deberíamos aunar nuestras fuerzas y no combatir por separado. Al fin y al cabo, ese ha sido el fallo que nos ha llevado a esta situación. 

Lug, con su lanza en llamas, adoptó una postura de liderazgo. Se veía capaz de tomar las riendas de la situación y quería arrastrar al resto del cónclave con su entusiasmo. No había otra salida.

—Deberíamos bendecir con nuestra protección a un guerrero que sea capaz de comandar los fieles que todavía quedan vivos. —sugirió Lug, mientras el resto lo miraba en silencio.

Tras unos segundos, la anciana Brixit carraspeó y tragó saliva. Fue la única que tenía objeciones al respecto.

—Lug, chato. Casi no hay guerreros vivos. —dijo la vieja, frunciendo el ceño en un sinfín de arrugas —¿No crees que deberíamos contar con fuerzas alternativas? Propongo que la bendecida sea una mujer. Entonces quizás los resultados sean distintos.

—Bien dicho, hermana. ¡Apoyo la propuesta! —Exclamó Deva, exultante. Había pasado de la melancolía a la alegría en un suspiro.

Lug se giró y miró a Brixit por encima del hombro con gesto de desaprobación. Bendecir a una mujer no estaba en sus planes. Fue a rebatir a la señora del invierno y de las nieves, pero intervino Cernunnos.

—Los dos estáis en lo cierto. Pero hasta las piedras lo saben: no hay dos sin tres. La victoria vendrá de un guerrero, una hija de la tierra y el agua de Nuestros Montes y alguien más. —Cernunnos hizo un silencio para mirar a los ojos a todos los presentes. Respiró hondo y continuó: —Alguien que mantenga la magia viva y pueda unir con su sola presencia el pacto. Alguien en contacto permanente con nosotros, los dioses.

—¡Que así sea! Cuenta con mi luz. — replicó Belenos, tras mesarse el bigote.

—¡Brixit y yo también los bendeciremos! —dijo Deva.

—¡Cuenta con mi furia, Cernunnos! —Exclamó pletórico Cosso.

Sólo quedaba Lug por dar el visto bueno al plan. Cernunnos se aproximó a él y, evitando quemarse las astas con la llama de la lanza sagrada, le cogió de la mano.

—Sólo quedas tú, Lug. Acéptalo. Danos tu visto bueno. —le pidió Cernunnos con una sonrisa de complicidad. —¿Qué más podemos perder?

El dios de todos y de todo desvió la mirada al suelo y sintió miedo por primera vez. En realidad había todavía mucho que perder. Pero al alzar la vista, descubrió en sus hermanos una fuerza que creía ya olvidada. La misma fuerza con la que conquistaron un sinfín de tierras más allá de los mares.

—Contad con mi ingenio y mi lanza. ¡Les haremos recordar nuestro verdadero nombre a través de los tiempos! 

Entonces, el Gran Roble dio por sellado el pacto con un temblor de sus ramas enormes. Estaba escrito en su savia. Ya no había marcha atrás.

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