La Cautiva

La Cautiva

En esta entrada comparto contigo un relato que tiene mucho de mí, de mi familia, de mi pasado. Del pasado de tantas familias que, sin quererlo, se hace presente sólo con mirar la estampa del valle del Luna. Espero que lo disfrutes, y si te gusta, comparte. Con él gané el certamen de relatos de la Asociación de Calechos de Babia y Luna: fue todo un honor.

Martes, 3 de agosto. 

Hoy desperteme de nuevo en esta cama tan grande. No sé cómo llegué aquí esta vez. Estaba rodeada de telares y en la mesita había unos cuantos frascos de medicamentos y un termómetro. Quizás lo que llamome más la atención fué una fotografía que había colgada en una de las paredes. En ella salían un hombre y una mujer vestidos como un pincel. Ella de negro, como las novias de antaño. Él, repeinado y de gesto serio. Me levanté como pude para observarlos y ella se parecía mucho a mi. ¡Qué cosas, oye! Igual era pariente mía y yo sin saberlo.

Entonces oí un ruido y me apresuré a encamarme. Ya estaba otra vez aquí la bruja Espigada que no hacía más que taparme las piernas y darme friegas en ellas. Y da igual que le diga que no me las toque porque me mancan. No. Ella viene todos los días a darme la friega con ese alcohol de romero que apesta. Estoy segura de que eso es lo que hace que me manquen y se me hinchen. Así no puedo andar ni correr y me tienen presa en esta casa del demonio.

Hoy venía más arreglada de lo normal. Por norma general lleva el pelo corto, canoso y tiene la cara llena de arrugas alrededor de los ojos y la frente. Pero hoy cascó algo de crema que le daba lustre a la cara, y parece que pintó el ojo con algo de azul. Por primera vez en muchos días, iba bien peinada y no como si acabase de quitar el pañoleto de la cabeza. Ahora que lo pienso, debe tener unos sesenta años. De complexión delgada, debió ser buena moza en sus tiempos, pero como ya estaba entrada en años se le fué poniendo el lomo redondo, como los perros viejos. 

Yo no sé si cuando llegue a esa edad me podré igual. De momento, con dieciséis años voy tirando. Mi madre siempre me dice que tengo el pelo muy graciosín, y se me hacen unas ondas muy guapas, sin necesidad de tenacilla. ¡La extraño tanto! ¿Dónde estará? ¿Cuándo me dejarán salir de aquí para ir a verla? ¿Y mi padre? Espero poder escapar de aquí tan pronto como se descuiden. Todavía no me han visto en acción esas dos. 

Porque esa es otra; la bruja “Hormiguina” es para dar de comer a parte. Esta está menos en casa, pero cuando entra para vigilarme, no para de darme voces, como si estuviera sorda. Por si fuera poco, tiene las manos retorcidas como raíces de los árboles y de vez en cuando se echa el alcohol de romero en ellas, así que apesta  también. No veo la hora de perderlas de vista a las dos.

Miércoles, 4 de agosto.

¡Hoy tengo una gran noticia! Por fín se situarme, estoy convencida que me tienen presa en una casa en Mallo.  Reconozco la calle, no hay duda. Aquel portón que veo desde la ventana me suena una barbaridad y estoy segura que es el que pienso que es. ¡Ay Dios mio! ¡Se me hizo la luz! Así la huída va tomando forma en mi cabeza. Hoy mismo comenzaré a urdir un plan para escapar.

Bueno, por lo demás, vino la bruja Espigada a hacerme el ritual de siempre en las piernas y a darme las medicinas. La verdad es que insiste a más no poder, y mira que yo le digo que a mi no me hacen falta. Pero es implacable. Aunque he de confesar que me siento algo mejor de las piernas al cabo de un rato.

Luego se maravillaba porque a mi el apetito no me falta. A veces pienso que es tonta. ¿Cómo me va a faltar? ¡si estoy en la flor de la vida!Tengo mucha paciencia con ella, la verdad. A veces se me acaba le doy cuatro gritos bien dados, para mantenerla en el sitio. Entonces, se atufa toda y marcha. Siempre se le empañan los ojos cuando lo hago, no se si tiene cataratas o le afecta que me ponga guerrera. ¿Y qué voy a hacer? una tiene su genio también. Bastante bien me porto para lo que me están haciendo. 

La bruja Hormiguina entró en la habitación tras hablar con la otra en el pasillo. Hoy venía realmente cansada, apenas sí podía andar con la espalda erguida. En ocasiones me pregunto cuántas gavillas habrá cargado ese lomo para acabar así. Y si hablamos de las manos, no lo quiero ni pensar. Prácticamente parecía que se le habían quedado atrofiadas de empuñar la guadaña  o la forca. Ella vestía como un hombre porque siempre cargaba con las tareas más duras del campo y resultaba más práctico. A diferencia de la Espigada, no era de arreglarse mucho. Siempre había algo por hacer más importante que eso y de ahí le vino el título de “hormiguina”.                                                                                       

En fin, vino para decirme que mañana venía el médico a visitarme. Con un poco de suerte consigo que me dejen a solas con él. Podría ser mi oportunidad de conseguir escapar de este encierro. Tendré que ingeniármelas para que me ayude a salir de aquí.

Jueves, 5 de agosto.

¡Virgen del Cuartero! hoy hizo fuego. Menos mal que de noche refresca. Esta mañana vi pasar desde la ventana varios carros llenos de hierba. Pareciome muy extraño ver que hicieron formas cuadradas para amontonarla en vez de los haces de siempre. Estos de Mallo siempre me pareció que iban por libre. Entonces, intenté hacerme ver desde la ventana, pero con el ruido que esa máquina del demonio hacía al arrastrar el carro, no hubo manera. Luego ví que la bruja Hormiguina iba montada en la máquina y desistí.  

Después de comer vino el médico. Antes, pasó la bruja Espigada para acicalarme un poco. Lavome bien, de pies a cabeza. Quedé limpia y aseada. A decir verdad cada poco me hacía un buen repaso. En verano se agradece. En invierno, si sigo aquí, voy a decirle que no hace falta tanto jabón que una se constipa con el pelo húmedo.

Cuando entró el médico me auscultó y me miró las piernas. Parecía satisfecho. 

―¡ Rosario! ¡Esto cada vez va mejor! ― me gritó. Otro listo que se piensa que estoy sorda. Empecé a plantearme si estaba compinchado con ellas. Aún así me arriesgué y le dije algo que no podía ignorar. Tenía que ayudarme sí o sí. Me inventé que esas brujas me apagaban cigarros en la piel y le pedí que me sacara de allí cuanto antes. Pero no coló. Claro. No calculé que me iba a hacer una revisión completa, y de quemaduras no había ni rastro. Le puse dramatismo, ¡lo juro! pero no hubo manera. Eso sí. Ellas reaccionaron como si las hubiese matado. Las dos lloraban desconsoladas ante tal afirmación. ¡Pues ya ves tú! ¡que me dejen salir a solas y entonces no tendré que inventarme nada! Bueno, fué un día muy intenso. Mañana espero que se me dé mejor.

Viernes, 6 de agosto.

Mira que hay días que se repiten. Hoy hubiera sido uno de esos días sin pena ni gloria, de la cama al pullero y del pullero a la cama. A veces si se tuerce la cosa, salgo acompañada, como siempre, a que me dé el aire al patio. Pero oye, ¡¿que no se descuidan ni un segundo?! Qué fácil hubiera sido salir como alma que lleva el diablo,  de no ser porque la Espigada no me quita ojo de encima. Iba a decir que parecía un día más, pero hoy recibí una visita de una rapacina de unos doce años. Vestía pantalonines cortos y camiseta de manga corta. Además, venía negra como un tizón. ¿Pero no tendrá madre que la guarde del sol? Díjome que era Maribel, la de María. Yo no tenía ni idea de quién era ella y mucho menos la tal María, pero me hice la enterada para que me dejara tranquila. Cada vez chillábame más para hablar y se me ponía loca la cabeza de tanto grito. Como la vi un poco flaca, le dije a la Espigada que le sacara algo de chorizo y un poco de pan a la rapaza, no fuera a ser que tuviere hambre. Entonces me dijo a gritos, cómo no, que la rapacina había venido desde Santander, y estaba aquí para pasar el verano. Al final no quiso comer nada y marchó. Estos guajes de hoy en día no sé cómo van a crecer si no comen. Mira que insistimos la Espigada y yo, pero no quiso. Bueno, quien da lo que tiene no está obligado a dar más. ¡Cuánto hubiera dado por marchar con ella calle abajo, sin mirar atrás, para volver con mis padres a las Ventas de Mallo! No me resigno. Tarde o temprano volveré a casa.

Sábado, 7 de agosto. 

Mi plan de escapar va avanzando. La bruja Hormiguina guarda siempre las llaves de noche dentro de casa, en el mismo sitio. Y por el día, las deja puestas por fuera, en la puerta. En cuanto se descuiden, me levanto y las escondo. A decir verdad, el hecho de que piensen que no me entero de las cosas está jugando a mi favor. 

Dentro de nada serán las fiestas de Abelgas. El año pasado subimos la juventud de las Ventas y de Mallo por el monte, atravesando el Cuartero, para echar unos bailes en San Roque. ¡Prestome tanto el camino! ¡Cuantas canciones, cuánto baile chano! y ¡hay que ver lo guapo que está el Cuartero  en verano! Este año, pienso escaparme a tiempo para ir a la fiesta. A ver si dejan de mancarme estas piernas y acabo con este cautiverio.

Hoy tengo antojo de trucha. Ya no me acuerdo de la última vez que bajé al río a pescar con mi padre. Si se nos daba bien la tarde mi madre las hacía fritas con tocino y estaban tan buenas… ¡Cuando vuelva con él, pienso pedirle que me enseñe a pescar con la atarraya! ya está bien de ponerse a bucear por él cuando se enganche. Esa vez cambiaremos las tornas. No pierdo la esperanza, papá. Ya verás qué pronto estoy contigo.

Domingo, 8 de agosto.

¡Qué contenta estoy! ¡Por fin me hice con las llaves! Como era domingo, una marchó para misa y la otra marchó a regar el huerto y a coger unas acelgas para los gochos, y mira tú, que al final, en un descuido, dejaron la llave puesta en la puerta. No voy a mentir, me costó lo mío decidirme, porque me mancan las piernas mucho y tenía miedo a caerme por el pasillo, pero valió la pena. Las guardé en la funda de la almohada. Estoy segura de que ahí no me las encuentran. Ahora siguen buscando el manojo entre lamentos y ayes, y confieso que me entra una risa por dentro que me está costando aguantar. Esta noche no. Pero mañana marcho para casa. ¡Se acabó el cautiverio! 

Lunes, 9 de agosto.

Mi gozo en un pozo. ¡¿No tenían otro día para cambiarme la ropa de cama?! Entre la Espigada y la Hormiguina levantáronme por la mañana, aseáronme y mientras desayunaba se dedicaron a cambiarme las sábanas. Al final descubrieron mi botín y no sólo me quedé sin llaves. Ahora estoy bajo sospecha contínua y las guardan con más recelo si cabe. Me entran unas ganas de correrlas a palos calle abajo que me descompongo. ¡No es justo!¡¿Qué hice yo para merecer esto?!Y no veas qué riña me echaron. Para más Inri, se lo contaban a todo el mundo que venía a vernos, con aire triunfal, como habiendo evitado que me escapara. 

Sólo tengo ganas de llorar. Todo lo que avancé se volvió en mi contra. Hoy no tengo ganas de escribir más.

Jueves, 12 de agosto.

Estuve mala a raíz del disgusto y por eso no pude escribir. Subiome un poco la fiebre, y la verdad es que mal que me pese, estas dos brujas cuidáronme muy bien. Pero una cosa no quita la otra. Todavía no entiendo porqué me retienen. Hoy se lo pregunté a la Espigada, ya con resignación. Y la mujer empezó a decirme que si yo estaba tonta o qué, que para dónde iba yo a ir, si como aquí no iba a estar en ningún lugar. Yo cerré la boca porque no valía la pena insistir, pero esta no tiene ni idea. 

Déjame decirte, Espigada, que en mi casa de las Ventas estoy como una reina. Con la de árboles frutales que hay en la era de mi casa, nunca me faltó fruta, y mi madre siempre me llevó como un pincel con los trajes que me hacía desde que era una rapaza. Junto con mis hermanos, era lo que había que ver en las Ventas de Mallo.

¿Qué habrá sido de mi hermana Isabel la que marchó para Argentina?¿seguirá mandando cartas a casa? ¡Algún día me prestaría tanto visitarla! Espero que su suerte haya sido mejor que la mía. Jamás olvidaré la cara de mi madre al despedirla cuando marchó de casa con el maletón camino Gijón. Aguantó las lágrimas hasta que Isabel se perdió en el horizonte. Y fué entonces cuando las dejó salir y estuvo dos días llorando sin parar. Estábamos como reyes, pero eso no quitaba de querer aspirar a algo más. Cuántas maravillas contaban los indianos de Argentina. Y sinó mira qué casona se hizo el indiano de Mallo justo a la entrada del pueblo. ¡Qué techos altos! ¡Qué ventanales y qué balconada! La gente alucinó el día que le trajeron aquella bañera de porcelana. Pesaba un quintal y casi no les cabe por la puerta. Mi hermana Isabel no hacía más que fantasear con bañarse en una de aquellas bañeras según llegara a Argentina. Al final tanta bañera y tanto balcón fueron en vano. La indiana, es decir, la que se casó con el indiano allá en las américas, no aguantó los rigores del invierno y le dijo que a ella allí no se le había perdido nada. Así que tan pronto como pudieron, volvieron a hacer las maletas y cerraron la casa a cal y canto para no volver jamás. Qué desperdicio de casa. La de serenatas que me podrían haber cantado en aquellos balcones algún que otro mozo. 

Pues eso, mañana más.

Viernes, 13 de agosto.

Hoy me encuentro mucho mejor de las piernas. Parece que la medicación me está haciendo efecto. Se lo dije a la Espigada y me dijo que si quería acompañarla a comprar cuando viniese el pescadero. Me sorprendió gratamente, aunque yo me esperaba más paseo. Se ve que el hombre sabía que yo no podía andar mucho y decidió subir hasta la casa. Total, que al final crucé la calle y poco más. Aún así la gente no paró de saludarme, y eso que yo no conocía prácticamente a nadie. Algunos me sonaron vagamente, y diome mucha rabia porque luego quedo pensando de quién era aquella o de dónde venía el otro. Últimamente me pasa mucho desde que estoy aquí. ¿Será el agua de Mallo?

Por la tarde, la Hormiguina debió verme aburrida mirando para la ventana y se le ocurrió que sería bueno que me pusiera a picar berzas para las gallinas. Se ve que si hace mucho calor se estresan y comer verde les ayuda a poner más huevos. Yo de gallinas no fuí nunca. Así que le dí la razón porque no las entiendo demasiado. Sin embargo, de vacas ya es otra cosa. Desde que era una rapaza cuidé de ellas. Me acuerdo del sonido de todos y cada uno de sus cencerros. El de la Mora era el más agudo. La Paloma era la que tenía el cencerro con sonido más dulce. Y así unas cuantas. Pero sin duda, echo de menos a la Morena. Con aquella vaca me crié yo, nunca se puso brava si me subía encima, y era la más noble a la hora de ordeñarlas, porque no me daba patadas al caldero ni me fustigaba con la cola. Ella era la “capitana generala”, como decía mi amiga Micaela, que vivía en Mallo. La Morena también era la más cabra loca y así le fue (En eso nos parecemos un poco). Un día fué a saltar una de las paredes del prado donde estaban pastando y se rozó la ubre contra las piedras. Estuvo bien mala porque se le llegó a infectar, y ya nunca más volvió a dar leche como antes. ¡Cuánto lloré por ella cuando murió! 

Por cierto, estoy pensando que si vuelve aquella rapaza delgadina, la engatusaré para que me dé las llaves sin levantar sospechas. Con las piernas tan bien como las tengo ahora, la cosa pinta bien.

Sábado, 14 de agosto.

Antes lo pienso, y antes viene. Hoy apareciose por aquí la rapacina del otro día buscando a un tal Luis Miguel. Yo creo que es un rapaz que viene de vez en cuando a comer o a merendar y luego marcha a jugar por ahí, pero hoy no estaba. El caso es que ví la oportunidad perfecta que estaba esperando y no la dejé escapar. Le dije que se acercara y cuando la tuve a la altura, le susurré que me acercara las llaves de la entrada. Al principio mirome raro, pero luego fue para allá y diómelas sin rechistar. Cuando vió que el otro no estaba, marchó por donde vino. Otro día me hubiera dado envidia verla marchar y yo quedarme aquí. Pero hoy no. Porque mañana si Dios quiere vuelvo a mi casa.  Mañana es fiesta y momentos de descuido habrá alguno seguro. Tengo que disimular porque se me debe notar el alborozo que llevo dentro con sólo mirarme, y las brujas no son tontas. De hecho, me conocen más que yo a mí misma. De momento con que no se me note que fui yo la de las llaves, ya me doy por satisfecha. 

Tengo que pensar en meter algo de comer para la faltriquera, no sea que me quede por ahí tirada y no tenga nada que echar a la boca. 

Mañana a estas horas estaré en mi casa, con mi padre y mi madre y mi hermano José. Sólo con pensarlo me da algo.

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Licencia de Creative Commons
La cautiva by María Eugenia Campos Álvarez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en https://mariecamposalvarez.com/la-cautiva/.


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