El murmullo de la presa

El murmullo de la presa

Una historia de Hueste de ánimas, caballos, agua y amor del bueno

Como sabrás, este año me presenté al II Certamen de relatos de la Asociación Calechos de Babia y Luna (y tuve el honor de haber sido premiada, como en el certamen anterior). Me he estado esperando todo este tiempo a compartir el relato contigo, porque ¿se te ocurre un momento mejor que la Noche de las Ánimas para vivir el miedo de la Güestia en tus huesos? Todo empezó al leer este artículo. Lo demás ya, es historia…


La noche de la historia que voy a contarte se presentaba cálida. Con total probabilidad era una de esas tres noches del año en las que una podía ir en camiseta de manga corta. Al menos, en Mallo, era así. Pero a Leonor no le importaba el calor, y mucho menos el frío. A sus dieciséis años, toda ella era un volcán en erupción desde que David le diera su primer beso en la boca (con lengua). ¡De eso hacía ya dos noches! Fue allí, en “lo oscuro”, cuando nadie les echaba en falta. A partir de aquel instante, todo su ser estaba pendiente de cada movimiento del chico. Desde su sonrisa hasta la manera de colocarse aquella melena rubia de hipster barbilampiño por detrás de las orejas.

―Leonor, ¿cogiste el cojín? ―preguntó su prima Adela al verla salir de casa ―ya sabes que luego estás tres días quejándote de que te duele el cuello. Pareces una vieja quejica. ―bromeó mientras se colocaba una manta vieja al hombro.

―Que sí, pesada. Y otro para tí. Que sin cojín, roncas y no dejas hablar. ―respondió Leonor con tono burlón.

―Si tu ya no hablas. Sólo le das a la lengua, pero de “otra manera” ―musitó Adela.

Leonor abrió los ojos con total gesto de indignación

y Adela salió corriendo para evitar la represalia de su prima. Entre risas y aspavientos, llegaron a la altura de la comitiva. Toda la juventud y algún que otro mayor, entre ellos los padres de Leonor, se dirigían a oscuras en una procesión desordenada al “Prao Dometila”. Era un pequeño prado junto a la carretera, situado a un kilómetro del pueblo y arropado por unos cuantos avellanos. Su dueña hacía varios eones que estaba en la Gloria del Señor. Así, que desde las alturas, Dometila no podía quejarse del nuevo uso de la propiedad.   

Los mayores habían acordado hacer una queimada entorno al fuego y el padre de Leonor iba a ser el maestro de ceremonias. El hombre estuvo un año entero recitando el Conxuro para aprendérselo de memoria y era la ocasión ideal para lucirse. Aunque, con lo blanco de piel que era, casi que lucía con luz propia en la oscuridad de la carretera.

Mientras unos acababan de colocar la leña para prender la lumbre, el resto se distribuía alrededor de los tizones y ceniza de otras noches. De esta manera, tapizaban con sus  mantas el verde del prado y daban vida al silencio de la oscuridad con chistes, ocurrencias y anécdotas de los vivos y de los que pasaron a mejor vida.

En esta ocasión, con el motivo de la Queimada, los derroteros apuntaban a historias de miedo,

de esas que tenían caras o nombres de conocidos y familiares. Todos tenían una en la recámara y esperaban su turno para contar la suya. 

―¿Te sabes alguna? ―preguntó David mientras le acariciaba la mano con disimulo.

―Ya contaron la que me sabía ―respondió Leonor. ―Además, no es un tema que me apasione. Prefiero hablar de otras cosas.

―Pues yo me sé una cojonuda. ¡Ya verás! ―aseguró él, con un brillo en la mirada fuera de lo normal.

Leonor le sonrió y se sorprendió al ver que, en ese aspecto, él todavía parecía un guaje. Así, que David se dejó llevar por las historias de miedo y poco a poco fue dejando de acariciarla. La gota que colmó el vaso vino de la mano de su propio padre cuando comenzó a recitar el Conxuro. Aquellas llamas azuladas hipnotizaban al “su David” y al resto del grupo y ella, sin embargo, permanecía fuera del embrujo con el ceño fruncido.

«¿Será posible? »pensó mientras apretaba el cojín con la mano abandonada. «Éste está pasando de mí como de la mierda. A ver si mi padre acaba ya con ese maldito refilacho lleno de mouchos, coruxas, sapos e bruxas y nos centramos un poco.»  

Acabada la queimada, Leonor esperaba con impaciencia su dosis de atenciones, pero lejos de colmarlas, David aprovechó para contar su historia de terror. 

―Esto que voy a contaros sucedió a un par de pescadores que acamparon de noche en la orilla del pantano. ―comenzó en tono serio ―Me lo contó un amigo de mi padre, y os juro por mi vida que aquel paisano no decía tonterías ni pretendía tomarme el pelo. Todavía recuerdo cómo se le ponían los pelos del antebrazo como escarpias al contármelo. 

Leonor jamás había visto a David de esa manera. Cogió el cojín y lo abrazó, olvidando por un momento su indignación por no ser el ombligo del mundo para el “su David”.

―Montaron la tienda a orillas de lo que era el pueblo de Oblanca. Estaban seguros de que allí pescarían unas buenas truchas y fueron preparados para pasar la noche.  Cuando ya tenían todo el tenderete de la pesca montado, estuvieron un buen rato esperando a que picaran, pero las truchas no aparecían. 

Estaban a punto de meterse a dormir en la tienda de campaña, cuando uno de ellos escuchó una campanilla. Los dos se miraron, sin saber bien qué podía ser aquello. ―contaba David al tiempo que se preparaba para la parte escabrosa. 

Todos le escuchaban con atención mientras se pasaban el cacín lleno de orujo quemado. Cuando le llegó a Leonor, aprovechó para calentarse las manos y beber a sorbines. Casi a escondidas, acabó bebiéndoselo todo antes de que su padre la cazara infraganti. Al fin y al cabo, su padre era muy marchoso, pero no dejaba de ser su padre.

―Entonces, ―prosiguió David ―el más veterano pensó que sería alguna campanilla de aviso colgada de una tanza extraviada. Era la única explicación que se le ocurrió en aquel momento. Pero… ― David hizo una pausa ― ¡Ostre!, es que sólo de contarlo, se me ponen los pelos de punta a mí también.

―Venga, sigue, ¡No nos dejes así! ―espetó Adela ―¡Has conseguido que no me duerma! 

Todos rieron a carcajada limpia, y tras unos segundos (que a Leonor le parecieron eternos) consiguieron volver a centrarse para escuchar a su recién estrenado novio.

―Bueno, ―dijo David entre sorbo y sorbo del cacín, sin perder la tensión ―resulta que la campanilla volvió a sonar, pero ese sonido se iba acercando cada vez más y más hacia el lugar donde habían acampado. Entonces, cogieron las linternas comenzaron a gritar “¡Quién anda ahí!”.  

Sólo obtuvieron el tintineo como respuesta.

Se hicieron con un par de palos y uno de ellos comenzó a cagarse en Dios y en todos los muertos del que anduviera haciendo el tonto con la campanilla. Entonces, la campanilla comenzó a sonar con furia, como si aquellos cagamientos hubieran dado en la diana. Y así, como comenzó a tintinear, dejó de hacerlo. Los pescadores, ambos con la cara desencajada, se giraron con la intención de recoger el tenderete cuando, de repente, unas luces blancas comenzaron a brillar en el fondo del agua. En vez de salir corriendo, los dos pescadores se quedaron petrificados. Entonces, en la orilla del pantano comenzó a escarcharse y pronto sintieron cómo su aliento se transformaba  en vaho.

«¡Ay, por favor, David! ¡acaba ya!» suplicó Leonor para sí. Sin darse cuenta, estaba tan metida en la historia de miedo que ni siquiera todas las queimadas del mundo podrían hacer que entrara en calor.

―En ese instante, comenzaron a emerger en la orilla, una detrás de otra, siete figuras fantasmales vestidas de blanco. Iban en fila. La primera de ellas portaba una campanilla y ocultaba su rostro con una cofia de monja. Después, vieron pasar a un hombre cojo y demacrado, una mujer huesuda semidesnuda con un bebé inerte en brazos, dos niños pequeños flacos como galgos, con una vela en la mano y por último, el más siniestro de todos: ―dijo David, dejando sentir la tensión en su voz ―un reo esquelético maniatado que arrastraba las cadenas de los grilletes en sus tobillos desollados.

Güestia d'ánimes
Güestia

Con el sonido de la campanilla y las cadenas de fondo, poco a poco se acercaron a los pescadores. El más novato de los dos se arrodilló y comenzó a rezar con los ojos cerrados a todos los santos y nombres de Virgen que se sabía, mientras que el otro permaneció helado,  presa de aquel embrujo e impotente ante el avance de la monja y su séquito.

Cuando lo alcanzaron, la monja le tiró de la manga para hacer que se inclinara y le susurró “Andai de día que la nuechi ye mía” al oído.

Monja de la Güestia, la santa compaña o la Hueste de ánimas
«Andai de día que la nuechi ye mía»

Aquel refilacho le puso todos los pelos como escarpias. Después, la monja lo soltó y siguió caminando. Tras ella, los otros siguieron a la monja en su caminar y sólo uno de los niños se paró a su altura. A la luz de la vela, el pescador vio las marcas de quien muere ahogado en la tez azulada del niño. Con un gesto vacío, sin ánima, el pequeño le dió al pescador la vela que portaba y prosiguió su marcha. Cuando el pescador se giró, perdió de vista la procesión. De la comitiva, sólo quedó el olor de la cera quemada… 

―¿Y entonces qué? ¿no los mataron? ―exclamó Adela ―¡Vaya porquería de historia de miedo!  

―Déjale acabar, estúpida ―saltó Leonor, como un resorte. 

―Adela, el amigo de mi padre me dijo que uno de ellos vivió para contarlo. Pero al otro pescador lo echaron a faltar al cabo de siete días. Lo encontraron flotando boca abajo en el río Luna, con la vela en el bolsillo. 

―Ya, ¡claro! y el otro pescador, el novato, ¿qué? 

―Pues parece ser que en un principio acordaron no decir nada del tema, por no quedar de locos. Pero tras la muerte de su amigo, comentó lo sucedido a la policía y a sus allegados. Las pruebas forenses sólo apuntaron que la muerte podría haber sido un ataque en el corazón mientras pescaba. Pero algunos, los más ancianos del lugar, recuerdan que en los alrededores de Oblanca, antes de la inundación de los pueblos, ocurrió un episodio similar. Aseguraron que aquella procesión tan macabra era nada más y nada menos que la Hueste de ánimas. Dicen que el superviviente se salvó porque se lió a rezar como si no hubiera mañana y no miró para ella, pero el otro acabó, como dije, muerto en el río.

Adela ya no decía nada y los demás, tampoco tenían nada que lo pudiera superar. Con aquella historia  de miedo, David había conseguido calar hasta los huesos de los allí presentes y la queimada ya ni siquiera estaba caliente. Algunos decidieron alargar la noche y otros optaron por recogerse.

―Adela, ¿nos vamos? ―preguntó Leonor.

―Pues sí, pero convence a David para que nos acompañe. A mí no me pilla la Hueste ésa contigo, que tú seguro que sales pitando y me dejas tirada. ―bromeó Adela mientras se incorporaba.   

―A ver si te agencias novio tú también,  que parece que lo compartimos, guapa ―contestó Leonor, más en serio que en broma. 

Las dos primas y David intentaron iluminar lo que quedaba de camino a casa con el flash del móvil. También intentaron aclarar la mente con temas de conversación algo mundanos para ir borrando el mal cuerpo que dejó la historia de la Hueste. La oscuridad era absoluta al pasar bajo el puente de la autopista. Cuando no pasaban coches, cualquier ruido se magnificaba entre los muros del puente y para evitar sustos, las chicas siempre hacían aquel tramo corriendo. Pero esta vez, David iba con ellas y había que mantener la compostura.

Leonor y David dejaron a Adela en su casa y al llegar a la puerta de Leonor, David la cogió de la mano y le dió un beso de esos que resucitan a un muerto. Pero Leonor no estaba muy motivada. Parecía estar más pendiente del cantar de los grillos de la huerta de enfrente, del sonido del agua de la presa que la regaba esa semana o del aroma dulzón de la madreselva que crecía bajo su balcón.

―Ahora si me tocas, ¿eh? ―musitó Leonor tras el beso. Sus cejas arqueadas estaban tan tensas como su conflicto interno. 

―Claro, no iba a hacerlo en el Prao Dometila, delante de tus padres, tus tíos, tus primos y el perro de tu abuelo.

―Ya, pero… ―Leonor miró al suelo, enfurruñada. No quería confesarle lo insegura que se sentía cada vez que él no la miraba ni la acariciaba.

―Mañana, en la fiesta de Abelgas, nos escaparemos un rato y recuperaremos el tiempo, ¿vale? ―propuso David levantando tiernamente la barbilla de Leonor.

Cuando él hacía eso, Leonor perdía fuelle y todo le parecía bien. Sólo era capaz de sonreírle. Él la abrazó de tal manera que Leonor podía sentir su fuerza. La misma fuerza que provocaba oleadas de lava candente en todo su cuerpo.

―Vale ―dijo Leonor. Sonrió antes de darle un beso y se metió en casa.

«A ver quién duerme ahora con este calentón.» pensó ella. Como además, la queimada le había dado sed, fué a la nevera y se sirvió un té helado, a sabiendas de que luego le costaría conciliar el sueño; pero era una imperiosa necesidad.

Una vez ya en la cama, el murmullo del agua de la presa enmascaraba cualquier ruido desagradable.

Incluso el sonido de algún coche descarriado de la autopista a altas horas de la noche. Y eso le encantaba.

Horas más tarde, Leonor oyó entrar a sus padres por la puerta. En efecto: la teína estaba haciendo de las suyas y no consiguió coger el sueño profundo, por lo que a la mínima se despertaba. Cuando la pareja dejó de hacer ruido en el baño y cuchichear para no despertar a su hija, el silencio volvió a la casa, y de nuevo el agua de la presa volvió a ser la protagonista. Casi a punto de coger el sueño por los pelos, Leonor escuchó algo más. 

«No puede ser.» pensó mientras trataba de tragar saliva. Pero su boca estaba hecha de estropajo. «Por favor, que no sea la campanilla ni las cadenas. Es sólo una estúpida historia de miedo.»

Pero sí. La campanilla sonaba arrítmica y las cadenas avanzaban a trompicones, tal y como lo hubiera hecho un maldito fantasma con grilletes en los tobillos unidos entre sí por una pesada cadena. Ya no había lugar a dudas: se aproximaban a su balcón. Cogió la manta por instinto y se tapó hasta la nariz. 

«Si no les miras, si no les escuchas, si no les coges lo que llevan en la mano, no te pasará nada.» Se repetía a sí misma de manera compulsiva, con la esperanza de que la Hueste  pasaría de largo sin consecuencias.

Pero las cadenas, en vez de proseguir su camino entre su casa y la huerta, se detuvieron justo debajo de su balcón. 

―Dios te salve, María. Llena eres de Gracia. El Señor es contigo. Bendita tu eres ent… ―comenzó a rezar a toda velocidad bajo las sábanas con los ojos cerrados, al tiempo que el vello se le erizaba como un gato. 

―¡Ay, mi madre!  ¡están moviendo la madreselva! ―dijo con un nudo en la garganta. Carraspeó y siguió hecha un ovillo. Las manos y los pies se le habían helado y en su mente sólo había una constante: ¡seguir rezando! ―Creo en Dios, Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra… ―entonó una nueva oración, pensando que quizás fuera más potente que la anterior.

―¿Quién anda ahí? ―gritó su padre desde la habitación de al lado.

Pero como en la historia de miedo, sólo hubo un tintineo por respuesta.

―¡No papá, no salgas, no levantes la persiana! ―gritó Leonor  desde la cama, inmóvil.

―Estos se van a enterar, Lola. ¡Ya verás! ―oyó Leonor al otro lado de la pared. 

Después, escuchó los pasos de su padre dirigirse hacia la puerta de la casa y la lava que le recorría el cuerpo unas horas antes, erupcionó en un arranque de  valentía. No podía permitir que nadie le hiciera el más mínimo daño a su padre. El hombre que más la quería en el Universo. Aquel que, hiciera lo que hiciese, siempre le dedicaba su amor incondicional.

Se levantó con una determinación inusitada, dispuesta a pararle los pies a su padre, pero fue demasiado tarde. La puerta de la calle estaba abierta de par en par y él ya había salido. Recorrió el pasillo a zancadas, con el corazón en un puño, sin saber qué se encontraría al atravesar la puerta.     

―¡Papá, por Dios! ¡Vuelve, no hables con ellos, no los mires! ¡No les cojas nada! ―gritó con todas sus fuerzas desde la seguridad del quicio de la puerta. Pero no obtuvo respuesta. ―¡Espérame papá! 

Otra oleada de valor la invadió y se decidió a salir.

Al girar la esquina y mirar hacia la calleja que separaba su casa de la huerta, abrió los ojos como platos. De la oscuridad de la huerta, una figura blanquecina con vela encendida en mano se dirigía hacia ella. De su padre, no había ni rastro. Con suerte, el hombre recordaría la estrategia del pescador superviviente y estaría agazapado rezando al ver la Hueste de ánimas.

la vela de la GÜestia
No les cojas nada

Pero… ¿y si no era así? ¿y si aquellos seres fantasmales habían conseguido su propósito? El pensamiento de encontrarse a su padre flotando boca abajo le aceleró el corazón. Sin darse cuenta, comenzó a respirar de manera entrecortada, hasta que al final, un nudo en la garganta casi le nubló el juicio.

Punto por punto, la historia de la Hueste se iba cumpliendo ante sus ojos y ella no estaba haciendo nada para impedirlo. Era el momento de actuar. 

Leonor cogió un canto del suelo y lo sopesó.

―Si el PadreNuestro no hace nada,  probaremos con una maldita piedra contra ese  espectro del demonio. ―se dijo antes de tirarla.

Con una puntería absoluta, la piedra dió justo en la cabeza del espectro y éste emitió un chillido escalofriante que rajó la tranquilidad de la madrugada. 

Lejos de huir, el espectro siguió avanzando hacia Leonor, y ésta, tal y como predijo el relato de David, quedó paralizada.

A medida que el espectro se aproximaba, comenzó a reconocer sus andares. Entonces, el miedo soltó la mordaza que la inmovilizaba y dejó paso a otra sensación no menos apabullante. Esta vez, serían el estupor  y la vergüenza los que dejaran fuera de juego a Leonor. Sin salir de su asombro, se limitó a observar cómo la blanquecina figura de su querido padre, con pijama blanco y pedrada sangrante en la calva incluída, volvía de entre las tinieblas de la noche. 

―Leonor, ¿pero qué narices haces? ¡¿Me querías matar o qué?! ―gritó su padre hecho una furia.

―Papá lo siento, ¡perdóname! ―suplicó Leonor, casi en shock ―es que creí que eras el reo de la Hueste de Ánimas.

―¡Me cago en Ros! ¡Qué reo ni qué niño muerto! ¡tú sí que tienes una pedrada en la cabeza!  ¡Ven aquí! ―le ordenó desde la penumbra. 

Leonor no tenía ninguna intención de seguir en pijama por la calle, y menos con el enfado que llevaba encima su padre, pero cualquiera le llevaba la contraria. Vista la indecisión de su hija, Paco fue hacia ella, la cogió de la mano con fuerza y casi la llevó a rastras para enseñarle lo que había camino abajo. La vela apenas alumbraba, pero Leonor pronto descubrió el causante de todo.

―¡Míralo! Es el semental de Pepe el de Felipe. ―le explicó su padre mientras se palpaba con cuidado la herida de la cabeza ―Lo espanté hacia el prado más cercano para que nos dejara dormir. Creo que consiguió saltar el pastor eléctrico incluso con las cadenas en las patas y andaba bebiendo del agua de la presa. Con la fogatina que hizo hoy, no me extraña. 

El caballo los miraba, ajeno al episodio rocambolesco que había tenido lugar aquella noche por su culpa.

―¡Hija! ¡¿estáis bien?! ―preguntó su madre muy preocupada desde el principio del caminito, con una linterna en la mano.

―¡Sí, Lola! ¡me dí con una rama en la cabeza! ―mintió su padre. ―Vamos para casa. Era sólo el caballo de Pepe el de Felipe.

Al llegar a casa, su madre la abrazó y la escrutó de arriba abajo. 

―Leonor, estás rara. Te noto cambiada. ¿Se puede saber qué ha pasado ahí fuera?

Leonor respiró hondo y trató de ordenar las ideas en su cabeza. Los momentos de tensión se reproducían como flashes, pero su madre insistía con  su mirada de inquisidora y esperaba una explicación.

En ese impás, oyó de nuevo el murmullo del agua en la presa y lo supo. Miró a su madre con una seguridad aplastante y dijo: ―No sé muy bien cómo explicarlo, mamá; pero creo que a partir de esta noche ya no me hará falta correr cuando pase bajo el puente de la autopista de noche.

Lo que no intuía Leonor es que el murmullo de la presa se convertiría en un himno de valentía en las noches de verano; un cántico de coraje  en los momentos más oscuros. Un testigo de que por amor verdadero, ella salió de sus tinieblas para dar luz a los suyos.

Imagen de Helmut Strasil en Pixabay


FIN

Licencia de Creative Commons
El murmullo de la presa by Marié Campos Álvarez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.

¡Hazme saber que te gusta el post con un like!

7 respuestas a «El murmullo de la presa»

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *