Si las madreñas hablaran…

Si las madreñas hablaran…

Contarían muchas, muchísimas cosas. Las de mi abuela contarían anécdotas de jornadas interminables, como cuando esperó a que pariera la vaca para ir al hospital a dar a luz a mi tía. O de los días de fiesta haciendo la matanza. Sin embargo, aquellas madreñas ocultaban un oscuro secreto. Tan oscuro como las cubileras de los gochos. Pero antes, déjame contarte qué son, por si acaso no estás familiarizado.

¿Qué son las madreñas?

Para los que no las conozcan, las madreñas son un tipo de calzado tradicional de la región astur-leonesa y otras limítrofes (Cantabria, parte de Galicia y demás, no se me vayan a enfadar ), hecho de madera y diseñado para introducir en ellas las zapatillas de andar por casa . Se utilizan sobre todo para labores del campo y es una solución ingeniosa para andar calentito, seco y limpio, evitando el contacto con las moñicas, el barro y las aguas e incluso, las nieves del invierno. Además puedes ir de casa en casa dejando las madreñas en la puerta, y disfrutar de la sensación de ir en zapatillas de andar por casa allá donde vayas. Particularmente aprecio el hecho de no tener que meter el pinrel en un zapato frío cada vez que salgo a la calle y las madreñas son la solución definitiva a ese problema.A veces fantaseo con llevármelas a Castellón y ponerlas de moda por allí, pero esa es otra historia.

Volviendo a lo mío…estaba yo en el portal de mi abuela, cuando divisé bajo el banco, asomado entre regaderas rotas y latas XXL recicladas de atún, el morro de una de las viejas madreñas de mi abuela. Las saqué de su escondite y vi con pena que se habían deteriorado mucho con el paso del tiempo y el uso constante. Tenían una amalgama de polvo y abono entre los 3 tacos, y una de ellas tenía una raja que hacía imposible usarla de nuevo. Definitivamente estaban rotas y en el olvido, y ya habían sido sustituidas por unas nuevas.
A pesar de estar en el olvido, consiguieron dibujar en mi cara una sonrisa, esta vez, traviesa y cómplice. Porque ¡anda que no las usé yo a escondidas cuando mi abuela se despistaba! Como ella tenía el pié menudo, a mi ya me valían con 10 años. Cuando metía mis bambas dentro tenia carta blanca para bajar a ver a mis amigos los gochos, las gallinas, las vacas, los conejos y todo bicho que pernoctara en las cuadras por algún u otro motivo.

Madreñas viejas de mi abuela.

Primera confesión: la visita a las gallinas

Solía empezar la ronda visitando a las gallinas. Estaban confinadas en un corral con acceso a un añadido de la casa, de manera que en los meses de frío tuvieran cobijo. Al principio del verano, cuando no me conocían, se acercaban a ver que pienso les traía… pero al finalizar el verano huían despavoridas al gallinero a refugiarse. Concluyo que no les gustaba mis intentos samaritanos de enseñarles a volar contra el muro del corral. Siempre pensé que no volaban por que les faltaba un empujoncito…

Va a ser que no, que no vuelan.

A medida que pasaban los días, el numero de huevos descendía alarmantemente y mi abuela achacaba el descenso de la producción al calor y a que no comían nada. Entonces se ponía a picarles acelgas y a darles dieta especial, mientras remugaba y valoraba en pasarle a alguna el cuchillo si seguía así la cosa. Huelga decir que decidí suspender mis actividades aeronáuticas y centrarme en otro bicho menos estresable.

Segunda confesión: la visita a los gochos

Así que dirigí mi atención en la siguiente puerta: la cubilera de los gochos. Los gochos ( o como se suele decir en el resto de España: cerdos) pasaban la vida en una cubilera, que era un cuarto cerrado con muretes y puertas lo suficientemente altas para que el gocho no pudiera saltarlas. Al entrar, era necesario encender la luz porque la oscuridad contrastaba con la claridad del día y caminaba totalmente cegada. Mientras me acostumbraba al olor ácido de los purines en la nariz, ya podía sentir su calurosa bienvenida a base de gruñidos y frenesí contra la puerta de la cubilera. El más ágil de los tres se apoyaba en lo alto de murete para sacar el hocico y sacar más información de la situación. A decir verdad, la situación era muy simple:

Cubilera en desuso.

Había un cubo con pienso y restos de comida, que mezclado con agua formaba un puré espeso que se remeneaba con un palo. En mi defensa, diré que todo fue casual. Un día cogí el palo embadurnado de aquella papilla y se me ocurrió meterlo dentro para que los gochos lo relamieran.

Una vez dentro, comenzaron a pelearse, así que les dí un toque de atención con el palo en la cabeza. Los quejidos me hicieron tanta gracia, que repetí la operación unas diez veces hasta que por fin, a base de psicología conductista, dejaron de acercarse al palo.

Creo que ha sido la única vez que he maltratado a un animal conscientemente y no me hace sentirme orgullosa… pero no lo podía evitar. Era oír esos gruñidos y reírme a carcajada limpia. ¡Hoy por hoy, no lo haría, obviamente! Por cierto, en esta ocasión mi abuela estaba intrigada, pues no llegaba a entender cómo aquellos gochos tenían aquellos moratones en el lomo. Cuando le preguntaba a mi madre qué podría ser, más valía salir del cuarto o la mirada inquisidora me pillaría seguro.

madreñas, madreñes,
No lo volveré a hacer. Lo prometo.

Tercera confesión: visita a las vacas

La morena

La ronda acababa en las cuadras, donde las vacas permanecían amarradas a la espera de que las sacaran a beber y a pastar. Todos los años había un ternerín nuevo, o como diríamos en Mallo, un jato (jatín si era recién nacido) que recibía todo tipo de atenciones de parte de una servidora. No todo iba a ser maltrato, ¿¡eh!? me encantaba rascarle la frente, cepillarlo, limpiarle las orejitas… Después visitaba a todas y cada una de las vacas.Todavía recuerdo algunos nombres: la Morena, la Paloma, la Serrana, la Mora…Hecha la ronda, llegaba el momento de reunirse con los demás niños, así que tenía que devolver las madreñas a su sitio o no podría repetir el ritual al día siguiente.

¿ Y cómo acabó la historia?


Con el tiempo, mi amor por las madreñas no mermó, y acabé encargándoles a mis tíos que me compraran un par en la fiesta del Pastor. Cada año me las pongo y rememoro todos aquellos momentos, y me hacen sentirme muy especial, privilegiada, diría yo. Mis hijas, para suerte de los gochos y las gallinas, no vivirán esas aventuras con el pasaporte que otorgaban las madreñas. Tampoco están ya los animales. Sólo queda en el recuerdo de la que os escribe. Así que, permíteme darte un consejo: coge tus madreñas y date una vuelta con ellas. Vuelve a sentir la magia, recuerda cuantas cosas hiciste, ¡hasta dónde te llevaron! Si esas madreñas hablaran…


¿Y tú? ¿qué significan para ti tus madreñas?  ¿qué dirían tus madreñas si pudiesen hablar?

Si te has quedado con ganas de más, te recomiendo visitar el post de las casas castreñas: ¿ecología milenaria?

Seguro que descubres un par de cosas de aquellas maravillosas construcciones de un pasado no tan lejano

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13 respuestas a «Si las madreñas hablaran…»

      1. Pergüapu, ye como si me asomáre a la ventana de la neñez, ya columbrare al neñu que fuí, xugando a ser mayor, calzando les madreñes de mió pa , hasta que tuve les propies. Polo de los gochos, nun te culpo, yo fize bien de barrabasaes, ya güei, soi un defensor a ultranza de la vida ya la n ñatura.
        Felicidaes, prestóme.

        1. Ay, nel, nun sé escribir n’asturlleonés, pero voi intentalo.
          Préstame ver que te treslladó a la tu infancia, de verdá.

          Estes coses escríboles col corazón y lo más guapo ye ver qu’arrinca’l mesmu sentimientu a quienes lo lleen.

          Un abrazu!

  1. Precioso relato,esto me recuerda mis vivencias en el pueblo de niño,las usaban.mayormente las mujeres,los hombres usaban los zuecos..

      1. Uy, voy a releer e texto ylos comentarios, pero creo que en ningún momento se ha afirmado eso que tu comentas… Galicia, Asturias, Cantabria, León: las 4 son territorio madreñero y no me verás escribir lo contrario.

        Agradecería medir las palabras antes de decir que algo anda falto de rigor, Ángel.

        Un abrazo.

  2. No conocí a mi abuela española, ya que cuando nací ya había fallecido. Me hubiese gustado poder darlee todo mi amor.Yo nací en Argentina. Me hubiese gustado tener sus madreñas y aún me encantaría tener unas madreñas. Me imagino la ayuda que ha sido para mi abuela leonesa, usar madreñas para no pasar frío ni mojarse . Días de mucho frío en la montaña, días de guerra y posguerra con hijos muy pequeños y con mucho hambre y necesidades. Ha sido una mujer muy trabajadora, una buena madre y esposa. Una luchadora de las que no se habla ,pero yo te nombro y te honro y te doy las gracias. Sí, gracias abuela mía porque gracias a tí, estoy acá.Tu nieta argentina.Besos al cielo.

  3. Bonitos recuerdos de lo que fue la vida antaño en nuestros pueblos asturleoneses. Yo, nací y crecí en un pueblo de estas montañas y tuve la suerte de tener mis madreñas desde neno hasta que fui creciendo. De hecho aún andan por casa aunque ahora (al haber asfaltado las calles) ya apenas se utilizan. Recuerdo llegar a casa de mis abuelos y saber la gente que estaba al descifrar de quien era cada par de madreñas…
    En mi pueblo, al pintarlas (siempre de color negro) se escribía la inicial (generalmente) del apellido de su dueño…

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