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El murmullo de la presa

El murmullo de la presa

Una historia de Hueste de ánimas, caballos, agua y amor del bueno

Como sabrás, este año me presenté al II Certamen de relatos de la Asociación Calechos de Babia y Luna (y tuve el honor de haber sido premiada, como en el certamen anterior). Me he estado esperando todo este tiempo a compartir el relato contigo, porque ¿se te ocurre un momento mejor que la Noche de las Ánimas para vivir el miedo de la Güestia en tus huesos? Todo empezó al leer este artículo. Lo demás ya, es historia…


La noche de la historia que voy a contarte se presentaba cálida. Con total probabilidad era una de esas tres noches del año en las que una podía ir en camiseta de manga corta. Al menos, en Mallo, era así. Pero a Leonor no le importaba el calor, y mucho menos el frío. A sus dieciséis años, toda ella era un volcán en erupción desde que David le diera su primer beso en la boca (con lengua). ¡De eso hacía ya dos noches! Fue allí, en “lo oscuro”, cuando nadie les echaba en falta. A partir de aquel instante, todo su ser estaba pendiente de cada movimiento del chico. Desde su sonrisa hasta la manera de colocarse aquella melena rubia de hipster barbilampiño por detrás de las orejas.

―Leonor, ¿cogiste el cojín? ―preguntó su prima Adela al verla salir de casa ―ya sabes que luego estás tres días quejándote de que te duele el cuello. Pareces una vieja quejica. ―bromeó mientras se colocaba una manta vieja al hombro.

―Que sí, pesada. Y otro para tí. Que sin cojín, roncas y no dejas hablar. ―respondió Leonor con tono burlón.

―Si tu ya no hablas. Sólo le das a la lengua, pero de “otra manera” ―musitó Adela.

Leonor abrió los ojos con total gesto de indignación

y Adela salió corriendo para evitar la represalia de su prima. Entre risas y aspavientos, llegaron a la altura de la comitiva. Toda la juventud y algún que otro mayor, entre ellos los padres de Leonor, se dirigían a oscuras en una procesión desordenada al “Prao Dometila”. Era un pequeño prado junto a la carretera, situado a un kilómetro del pueblo y arropado por unos cuantos avellanos. Su dueña hacía varios eones que estaba en la Gloria del Señor. Así, que desde las alturas, Dometila no podía quejarse del nuevo uso de la propiedad.   

Los mayores habían acordado hacer una queimada entorno al fuego y el padre de Leonor iba a ser el maestro de ceremonias. El hombre estuvo un año entero recitando el Conxuro para aprendérselo de memoria y era la ocasión ideal para lucirse. Aunque, con lo blanco de piel que era, casi que lucía con luz propia en la oscuridad de la carretera.

Mientras unos acababan de colocar la leña para prender la lumbre, el resto se distribuía alrededor de los tizones y ceniza de otras noches. De esta manera, tapizaban con sus  mantas el verde del prado y daban vida al silencio de la oscuridad con chistes, ocurrencias y anécdotas de los vivos y de los que pasaron a mejor vida.

En esta ocasión, con el motivo de la Queimada, los derroteros apuntaban a historias de miedo,

de esas que tenían caras o nombres de conocidos y familiares. Todos tenían una en la recámara y esperaban su turno para contar la suya. 

―¿Te sabes alguna? ―preguntó David mientras le acariciaba la mano con disimulo.

―Ya contaron la que me sabía ―respondió Leonor. ―Además, no es un tema que me apasione. Prefiero hablar de otras cosas.

―Pues yo me sé una cojonuda. ¡Ya verás! ―aseguró él, con un brillo en la mirada fuera de lo normal.

Leonor le sonrió y se sorprendió al ver que, en ese aspecto, él todavía parecía un guaje. Así, que David se dejó llevar por las historias de miedo y poco a poco fue dejando de acariciarla. La gota que colmó el vaso vino de la mano de su propio padre cuando comenzó a recitar el Conxuro. Aquellas llamas azuladas hipnotizaban al “su David” y al resto del grupo y ella, sin embargo, permanecía fuera del embrujo con el ceño fruncido.

«¿Será posible? »pensó mientras apretaba el cojín con la mano abandonada. «Éste está pasando de mí como de la mierda. A ver si mi padre acaba ya con ese maldito refilacho lleno de mouchos, coruxas, sapos e bruxas y nos centramos un poco.»  

Acabada la queimada, Leonor esperaba con impaciencia su dosis de atenciones, pero lejos de colmarlas, David aprovechó para contar su historia de terror. 

―Esto que voy a contaros sucedió a un par de pescadores que acamparon de noche en la orilla del pantano. ―comenzó en tono serio ―Me lo contó un amigo de mi padre, y os juro por mi vida que aquel paisano no decía tonterías ni pretendía tomarme el pelo. Todavía recuerdo cómo se le ponían los pelos del antebrazo como escarpias al contármelo. 

Leonor jamás había visto a David de esa manera. Cogió el cojín y lo abrazó, olvidando por un momento su indignación por no ser el ombligo del mundo para el “su David”.

―Montaron la tienda a orillas de lo que era el pueblo de Oblanca. Estaban seguros de que allí pescarían unas buenas truchas y fueron preparados para pasar la noche.  Cuando ya tenían todo el tenderete de la pesca montado, estuvieron un buen rato esperando a que picaran, pero las truchas no aparecían. 

Estaban a punto de meterse a dormir en la tienda de campaña, cuando uno de ellos escuchó una campanilla. Los dos se miraron, sin saber bien qué podía ser aquello. ―contaba David al tiempo que se preparaba para la parte escabrosa. 

Todos le escuchaban con atención mientras se pasaban el cacín lleno de orujo quemado. Cuando le llegó a Leonor, aprovechó para calentarse las manos y beber a sorbines. Casi a escondidas, acabó bebiéndoselo todo antes de que su padre la cazara infraganti. Al fin y al cabo, su padre era muy marchoso, pero no dejaba de ser su padre.

―Entonces, ―prosiguió David ―el más veterano pensó que sería alguna campanilla de aviso colgada de una tanza extraviada. Era la única explicación que se le ocurrió en aquel momento. Pero… ― David hizo una pausa ― ¡Ostre!, es que sólo de contarlo, se me ponen los pelos de punta a mí también.

―Venga, sigue, ¡No nos dejes así! ―espetó Adela ―¡Has conseguido que no me duerma! 

Todos rieron a carcajada limpia, y tras unos segundos (que a Leonor le parecieron eternos) consiguieron volver a centrarse para escuchar a su recién estrenado novio.

―Bueno, ―dijo David entre sorbo y sorbo del cacín, sin perder la tensión ―resulta que la campanilla volvió a sonar, pero ese sonido se iba acercando cada vez más y más hacia el lugar donde habían acampado. Entonces, cogieron las linternas comenzaron a gritar “¡Quién anda ahí!”.  

Sólo obtuvieron el tintineo como respuesta.

Se hicieron con un par de palos y uno de ellos comenzó a cagarse en Dios y en todos los muertos del que anduviera haciendo el tonto con la campanilla. Entonces, la campanilla comenzó a sonar con furia, como si aquellos cagamientos hubieran dado en la diana. Y así, como comenzó a tintinear, dejó de hacerlo. Los pescadores, ambos con la cara desencajada, se giraron con la intención de recoger el tenderete cuando, de repente, unas luces blancas comenzaron a brillar en el fondo del agua. En vez de salir corriendo, los dos pescadores se quedaron petrificados. Entonces, en la orilla del pantano comenzó a escarcharse y pronto sintieron cómo su aliento se transformaba  en vaho.

«¡Ay, por favor, David! ¡acaba ya!» suplicó Leonor para sí. Sin darse cuenta, estaba tan metida en la historia de miedo que ni siquiera todas las queimadas del mundo podrían hacer que entrara en calor.

―En ese instante, comenzaron a emerger en la orilla, una detrás de otra, siete figuras fantasmales vestidas de blanco. Iban en fila. La primera de ellas portaba una campanilla y ocultaba su rostro con una cofia de monja. Después, vieron pasar a un hombre cojo y demacrado, una mujer huesuda semidesnuda con un bebé inerte en brazos, dos niños pequeños flacos como galgos, con una vela en la mano y por último, el más siniestro de todos: ―dijo David, dejando sentir la tensión en su voz ―un reo esquelético maniatado que arrastraba las cadenas de los grilletes en sus tobillos desollados.

Güestia d'ánimes
Güestia

Con el sonido de la campanilla y las cadenas de fondo, poco a poco se acercaron a los pescadores. El más novato de los dos se arrodilló y comenzó a rezar con los ojos cerrados a todos los santos y nombres de Virgen que se sabía, mientras que el otro permaneció helado,  presa de aquel embrujo e impotente ante el avance de la monja y su séquito.

Cuando lo alcanzaron, la monja le tiró de la manga para hacer que se inclinara y le susurró “Andai de día que la nuechi ye mía” al oído.

Monja de la Güestia, la santa compaña o la Hueste de ánimas
«Andai de día que la nuechi ye mía»

Aquel refilacho le puso todos los pelos como escarpias. Después, la monja lo soltó y siguió caminando. Tras ella, los otros siguieron a la monja en su caminar y sólo uno de los niños se paró a su altura. A la luz de la vela, el pescador vio las marcas de quien muere ahogado en la tez azulada del niño. Con un gesto vacío, sin ánima, el pequeño le dió al pescador la vela que portaba y prosiguió su marcha. Cuando el pescador se giró, perdió de vista la procesión. De la comitiva, sólo quedó el olor de la cera quemada… 

―¿Y entonces qué? ¿no los mataron? ―exclamó Adela ―¡Vaya porquería de historia de miedo!  

―Déjale acabar, estúpida ―saltó Leonor, como un resorte. 

―Adela, el amigo de mi padre me dijo que uno de ellos vivió para contarlo. Pero al otro pescador lo echaron a faltar al cabo de siete días. Lo encontraron flotando boca abajo en el río Luna, con la vela en el bolsillo. 

―Ya, ¡claro! y el otro pescador, el novato, ¿qué? 

―Pues parece ser que en un principio acordaron no decir nada del tema, por no quedar de locos. Pero tras la muerte de su amigo, comentó lo sucedido a la policía y a sus allegados. Las pruebas forenses sólo apuntaron que la muerte podría haber sido un ataque en el corazón mientras pescaba. Pero algunos, los más ancianos del lugar, recuerdan que en los alrededores de Oblanca, antes de la inundación de los pueblos, ocurrió un episodio similar. Aseguraron que aquella procesión tan macabra era nada más y nada menos que la Hueste de ánimas. Dicen que el superviviente se salvó porque se lió a rezar como si no hubiera mañana y no miró para ella, pero el otro acabó, como dije, muerto en el río.

Adela ya no decía nada y los demás, tampoco tenían nada que lo pudiera superar. Con aquella historia  de miedo, David había conseguido calar hasta los huesos de los allí presentes y la queimada ya ni siquiera estaba caliente. Algunos decidieron alargar la noche y otros optaron por recogerse.

―Adela, ¿nos vamos? ―preguntó Leonor.

―Pues sí, pero convence a David para que nos acompañe. A mí no me pilla la Hueste ésa contigo, que tú seguro que sales pitando y me dejas tirada. ―bromeó Adela mientras se incorporaba.   

―A ver si te agencias novio tú también,  que parece que lo compartimos, guapa ―contestó Leonor, más en serio que en broma. 

Las dos primas y David intentaron iluminar lo que quedaba de camino a casa con el flash del móvil. También intentaron aclarar la mente con temas de conversación algo mundanos para ir borrando el mal cuerpo que dejó la historia de la Hueste. La oscuridad era absoluta al pasar bajo el puente de la autopista. Cuando no pasaban coches, cualquier ruido se magnificaba entre los muros del puente y para evitar sustos, las chicas siempre hacían aquel tramo corriendo. Pero esta vez, David iba con ellas y había que mantener la compostura.

Leonor y David dejaron a Adela en su casa y al llegar a la puerta de Leonor, David la cogió de la mano y le dió un beso de esos que resucitan a un muerto. Pero Leonor no estaba muy motivada. Parecía estar más pendiente del cantar de los grillos de la huerta de enfrente, del sonido del agua de la presa que la regaba esa semana o del aroma dulzón de la madreselva que crecía bajo su balcón.

―Ahora si me tocas, ¿eh? ―musitó Leonor tras el beso. Sus cejas arqueadas estaban tan tensas como su conflicto interno. 

―Claro, no iba a hacerlo en el Prao Dometila, delante de tus padres, tus tíos, tus primos y el perro de tu abuelo.

―Ya, pero… ―Leonor miró al suelo, enfurruñada. No quería confesarle lo insegura que se sentía cada vez que él no la miraba ni la acariciaba.

―Mañana, en la fiesta de Abelgas, nos escaparemos un rato y recuperaremos el tiempo, ¿vale? ―propuso David levantando tiernamente la barbilla de Leonor.

Cuando él hacía eso, Leonor perdía fuelle y todo le parecía bien. Sólo era capaz de sonreírle. Él la abrazó de tal manera que Leonor podía sentir su fuerza. La misma fuerza que provocaba oleadas de lava candente en todo su cuerpo.

―Vale ―dijo Leonor. Sonrió antes de darle un beso y se metió en casa.

«A ver quién duerme ahora con este calentón.» pensó ella. Como además, la queimada le había dado sed, fué a la nevera y se sirvió un té helado, a sabiendas de que luego le costaría conciliar el sueño; pero era una imperiosa necesidad.

Una vez ya en la cama, el murmullo del agua de la presa enmascaraba cualquier ruido desagradable.

Incluso el sonido de algún coche descarriado de la autopista a altas horas de la noche. Y eso le encantaba.

Horas más tarde, Leonor oyó entrar a sus padres por la puerta. En efecto: la teína estaba haciendo de las suyas y no consiguió coger el sueño profundo, por lo que a la mínima se despertaba. Cuando la pareja dejó de hacer ruido en el baño y cuchichear para no despertar a su hija, el silencio volvió a la casa, y de nuevo el agua de la presa volvió a ser la protagonista. Casi a punto de coger el sueño por los pelos, Leonor escuchó algo más. 

«No puede ser.» pensó mientras trataba de tragar saliva. Pero su boca estaba hecha de estropajo. «Por favor, que no sea la campanilla ni las cadenas. Es sólo una estúpida historia de miedo.»

Pero sí. La campanilla sonaba arrítmica y las cadenas avanzaban a trompicones, tal y como lo hubiera hecho un maldito fantasma con grilletes en los tobillos unidos entre sí por una pesada cadena. Ya no había lugar a dudas: se aproximaban a su balcón. Cogió la manta por instinto y se tapó hasta la nariz. 

«Si no les miras, si no les escuchas, si no les coges lo que llevan en la mano, no te pasará nada.» Se repetía a sí misma de manera compulsiva, con la esperanza de que la Hueste  pasaría de largo sin consecuencias.

Pero las cadenas, en vez de proseguir su camino entre su casa y la huerta, se detuvieron justo debajo de su balcón. 

―Dios te salve, María. Llena eres de Gracia. El Señor es contigo. Bendita tu eres ent… ―comenzó a rezar a toda velocidad bajo las sábanas con los ojos cerrados, al tiempo que el vello se le erizaba como un gato. 

―¡Ay, mi madre!  ¡están moviendo la madreselva! ―dijo con un nudo en la garganta. Carraspeó y siguió hecha un ovillo. Las manos y los pies se le habían helado y en su mente sólo había una constante: ¡seguir rezando! ―Creo en Dios, Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra… ―entonó una nueva oración, pensando que quizás fuera más potente que la anterior.

―¿Quién anda ahí? ―gritó su padre desde la habitación de al lado.

Pero como en la historia de miedo, sólo hubo un tintineo por respuesta.

―¡No papá, no salgas, no levantes la persiana! ―gritó Leonor  desde la cama, inmóvil.

―Estos se van a enterar, Lola. ¡Ya verás! ―oyó Leonor al otro lado de la pared. 

Después, escuchó los pasos de su padre dirigirse hacia la puerta de la casa y la lava que le recorría el cuerpo unas horas antes, erupcionó en un arranque de  valentía. No podía permitir que nadie le hiciera el más mínimo daño a su padre. El hombre que más la quería en el Universo. Aquel que, hiciera lo que hiciese, siempre le dedicaba su amor incondicional.

Se levantó con una determinación inusitada, dispuesta a pararle los pies a su padre, pero fue demasiado tarde. La puerta de la calle estaba abierta de par en par y él ya había salido. Recorrió el pasillo a zancadas, con el corazón en un puño, sin saber qué se encontraría al atravesar la puerta.     

―¡Papá, por Dios! ¡Vuelve, no hables con ellos, no los mires! ¡No les cojas nada! ―gritó con todas sus fuerzas desde la seguridad del quicio de la puerta. Pero no obtuvo respuesta. ―¡Espérame papá! 

Otra oleada de valor la invadió y se decidió a salir.

Al girar la esquina y mirar hacia la calleja que separaba su casa de la huerta, abrió los ojos como platos. De la oscuridad de la huerta, una figura blanquecina con vela encendida en mano se dirigía hacia ella. De su padre, no había ni rastro. Con suerte, el hombre recordaría la estrategia del pescador superviviente y estaría agazapado rezando al ver la Hueste de ánimas.

la vela de la GÜestia
No les cojas nada

Pero… ¿y si no era así? ¿y si aquellos seres fantasmales habían conseguido su propósito? El pensamiento de encontrarse a su padre flotando boca abajo le aceleró el corazón. Sin darse cuenta, comenzó a respirar de manera entrecortada, hasta que al final, un nudo en la garganta casi le nubló el juicio.

Punto por punto, la historia de la Hueste se iba cumpliendo ante sus ojos y ella no estaba haciendo nada para impedirlo. Era el momento de actuar. 

Leonor cogió un canto del suelo y lo sopesó.

―Si el PadreNuestro no hace nada,  probaremos con una maldita piedra contra ese  espectro del demonio. ―se dijo antes de tirarla.

Con una puntería absoluta, la piedra dió justo en la cabeza del espectro y éste emitió un chillido escalofriante que rajó la tranquilidad de la madrugada. 

Lejos de huir, el espectro siguió avanzando hacia Leonor, y ésta, tal y como predijo el relato de David, quedó paralizada.

A medida que el espectro se aproximaba, comenzó a reconocer sus andares. Entonces, el miedo soltó la mordaza que la inmovilizaba y dejó paso a otra sensación no menos apabullante. Esta vez, serían el estupor  y la vergüenza los que dejaran fuera de juego a Leonor. Sin salir de su asombro, se limitó a observar cómo la blanquecina figura de su querido padre, con pijama blanco y pedrada sangrante en la calva incluída, volvía de entre las tinieblas de la noche. 

―Leonor, ¿pero qué narices haces? ¡¿Me querías matar o qué?! ―gritó su padre hecho una furia.

―Papá lo siento, ¡perdóname! ―suplicó Leonor, casi en shock ―es que creí que eras el reo de la Hueste de Ánimas.

―¡Me cago en Ros! ¡Qué reo ni qué niño muerto! ¡tú sí que tienes una pedrada en la cabeza!  ¡Ven aquí! ―le ordenó desde la penumbra. 

Leonor no tenía ninguna intención de seguir en pijama por la calle, y menos con el enfado que llevaba encima su padre, pero cualquiera le llevaba la contraria. Vista la indecisión de su hija, Paco fue hacia ella, la cogió de la mano con fuerza y casi la llevó a rastras para enseñarle lo que había camino abajo. La vela apenas alumbraba, pero Leonor pronto descubrió el causante de todo.

―¡Míralo! Es el semental de Pepe el de Felipe. ―le explicó su padre mientras se palpaba con cuidado la herida de la cabeza ―Lo espanté hacia el prado más cercano para que nos dejara dormir. Creo que consiguió saltar el pastor eléctrico incluso con las cadenas en las patas y andaba bebiendo del agua de la presa. Con la fogatina que hizo hoy, no me extraña. 

El caballo los miraba, ajeno al episodio rocambolesco que había tenido lugar aquella noche por su culpa.

―¡Hija! ¡¿estáis bien?! ―preguntó su madre muy preocupada desde el principio del caminito, con una linterna en la mano.

―¡Sí, Lola! ¡me dí con una rama en la cabeza! ―mintió su padre. ―Vamos para casa. Era sólo el caballo de Pepe el de Felipe.

Al llegar a casa, su madre la abrazó y la escrutó de arriba abajo. 

―Leonor, estás rara. Te noto cambiada. ¿Se puede saber qué ha pasado ahí fuera?

Leonor respiró hondo y trató de ordenar las ideas en su cabeza. Los momentos de tensión se reproducían como flashes, pero su madre insistía con  su mirada de inquisidora y esperaba una explicación.

En ese impás, oyó de nuevo el murmullo del agua en la presa y lo supo. Miró a su madre con una seguridad aplastante y dijo: ―No sé muy bien cómo explicarlo, mamá; pero creo que a partir de esta noche ya no me hará falta correr cuando pase bajo el puente de la autopista de noche.

Lo que no intuía Leonor es que el murmullo de la presa se convertiría en un himno de valentía en las noches de verano; un cántico de coraje  en los momentos más oscuros. Un testigo de que por amor verdadero, ella salió de sus tinieblas para dar luz a los suyos.

Imagen de Helmut Strasil en Pixabay


FIN

Licencia de Creative Commons
El murmullo de la presa by Marié Campos Álvarez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.

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El hombre de la vara de avellano

El hombre de la vara de avellano

¿Sabías que…

muchas veces me baso en personas reales para construir los personajes de mi novela, Las Nieblas del Tsuna? Cuando voy en el tren de camino al trabajo, en la sala de espera del médico, en la playa, en alguno de mis viajes… cualquier lugar es bueno para pararse a observar rasgos peculiares, gestos, comportamientos característicos que después dan un toque real a los protagonistas. Pero ningún lugar como mi pueblo, Mallo de Luna , para captar la esencia de la gente de la montaña. Cuando además, encuentras canciones que te recuerdan a algunas personas, el personaje va tomando forma con mucha más fuerza. Hay una canción en concreto que me recuerda a alguien muy especial, digno de inspirar a un buen personaje.

Hay canciones… y canciones

Victor Manuel en su día escribió una que, aunque no se ajusta del todo a mi realidad, me recuerda con cariño a esa persona. De hecho me ayuda visualizarla y sentir su forma de ser a pesar de no estar con él desde hace ya algún tiempo…


«Sentado, en el quicio de la puerta,
el pitillo apagado entre los labios,
con la boina calada y en la mano,
una vara nerviosa de avellano..»

Victor Manuel

No. No llevaba boina. Nunca le hizo falta porque tenía mucho pelo. Pero, ¡cuántas veces lo vi con su pantalón de tergal de color gris verdoso y su jersey oscuro, sentado en las escaleras de la puerta de casa, con el Ducados entre aquellos dedos largos y morenos! y en la mano, aquella vara nerviosa de avellano. Su vara de avellano; era morena y esbelta como él. Esa vara ya estaba cansada de dar tantos pasos dados, pero era capaz de cortar el aire con un silbido cuando la ocasión lo requería.

Aquel hombre conducía una furgoneta Gris con mil historias entre sus cuatro ruedas. Lo recuerdo siempre a lomos de su Renault Express, con el cigarro en la mano derecha y la ventanilla bajada. Si salía del pueblo y me veía, siempre me decía: –Monta mi niña, marcho pal bar, ¿vienes? –. Por la cuenta que me traía, yo ya tenía memorizado el soniquete del motor. Al montar, descubrí que cada verano la furgoneta tenía un olor distinto ( dependiendo de si se le volcó el bidón de leche por accidente, o puso una docena de ambientadores repartidos por el techo), aunque siempre se apreciaba de fondo el buquet del Ducados. En cualquier caso, lo que se respiraba era entusiasmo por ambas partes. 

el abuelo fue picador
Era una como esta, 🙂

En el camino hacia el bar …

del pueblo vecino, entre curva y curva, no había demasiada conversación. La forma de conducir de este hombre tenía un puntito intrépido que le daba emoción a la travesía. Digamos que la carretera era suya. A mi me entretenía ver sus movimientos al volante: gestos mecánicos entre caladas del cigarro de tabaco negro, y de vez en cuando, una miradita de complicidad. No llevaba la radio encendida. El único sonido que se oía era el quejido de la estructura de la furgoneta al pasar por uno de los cien mil baches de la carretera.

bar el ventorrillo
La terraza del bar

Ya en el bar, siempre se pedía un café y se encendía otro cigarro, con calma, como si fuera un ritual. En realidad yo tengo la impresión de que no fumaba tanto, más bien creo que le gustaba aburrir al cigarro. Entonces, siempre le preguntaba a mis tías, las dueñas del bar, qué había de golosina con premio «pa’ la rapaza». Al final siempre caía un Palote o un Phoskito. El año que daban cordones fosforescentes para las zapatillas hicimos muchos viajes al bar del Ventorrillo. ¡Cómo recuerdo cuando me anudaba los cordones a la muñeca, con el pitillo entre los labios, dibujando una sonrisa. ¡Cuanta ilusión en la mirada!

Los cordones de Phoskitos
Los cordones de los Phoskitos. Un acierto del márketing de los 80.


Al volver, a menudo había bronca, porque al ser una excursión improvisada, no se avisaba a nadie y luego en el pueblo se pasaban la tarde buscándome. Pero valía la pena.

Los recuerdos que tenemos…

de las personas son muy subjetivos. De este hombre siempre tuve la sensación de que guardaba en su interior un puntito de pasión, de genialidad y brío en cada cosa que emprendía. Ya fuera tallar en la madera como un verdadero maestro, jugar a los bolos leoneses, conducir su furgoneta al estilo inglés o bailar el baile chano… pero bien es sabido que la pasión consume energía, y es imposible mantenerla de manera constante. Durante los momentos de reposo, en la intimidad, su parte más pesimista lo abordaba y a mi me parecía que se le hacía el día cuesta arriba.

Entonces se tumbaba en el escaño a reposar, tras apartar el plato hacia delante (siempre comió poco) y a continuación posaba aquella mano morena de dedos largos sobre la cara para tapar un poco de luz a los ojos y poder dormir mejor.

Al despertar, si te veía por ahí, siempre le decía a mi abuela: –¡Dora! prepárale algo de merendar a la rapaza –. Después se enfundaba los dientes, que habían estado reposando con agua, bajaba para el portal y se quedaba por unos instantes observando, sentado en la escalera, mientras se encendía otro cigarro, con la mirada perdida en el infinito, y como siempre, la vara nerviosa de avellano en la mano…

En aquel momento, era buena ocasión para sacarlo de su letargo y preguntarle: -«Abuelo, ¿vamos pal Ventorrillo?»- a lo que rara vez había una negativa por respuesta…

Si es que ya lo dije. Mi pueblo es fuente de inspiración infinita para diseñar personajes dignos de novela…

¿Y tu? ¿Tienes recuerdos guardados en la recámara de personas dignas de protagonizar una novela? ¿Crees que la gente de antaño era más auténtica?

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Si las madreñas hablaran…

Si las madreñas hablaran…

Contarían muchas, muchísimas cosas. Las de mi abuela contarían anécdotas de jornadas interminables, como cuando esperó a que pariera la vaca para ir al hospital a dar a luz a mi tía. O de los días de fiesta haciendo la matanza. Sin embargo, aquellas madreñas ocultaban un oscuro secreto. Tan oscuro como las cubileras de los gochos. Pero antes, déjame contarte qué son, por si acaso no estás familiarizado.

¿Qué son las madreñas?

Para los que no las conozcan, las madreñas son un tipo de calzado tradicional de la región astur-leonesa y otras limítrofes (Cantabria, parte de Galicia y demás, no se me vayan a enfadar ), hecho de madera y diseñado para introducir en ellas las zapatillas de andar por casa . Se utilizan sobre todo para labores del campo y es una solución ingeniosa para andar calentito, seco y limpio, evitando el contacto con las moñicas, el barro y las aguas e incluso, las nieves del invierno. Además puedes ir de casa en casa dejando las madreñas en la puerta, y disfrutar de la sensación de ir en zapatillas de andar por casa allá donde vayas. Particularmente aprecio el hecho de no tener que meter el pinrel en un zapato frío cada vez que salgo a la calle y las madreñas son la solución definitiva a ese problema.A veces fantaseo con llevármelas a Castellón y ponerlas de moda por allí, pero esa es otra historia.

Volviendo a lo mío…estaba yo en el portal de mi abuela, cuando divisé bajo el banco, asomado entre regaderas rotas y latas XXL recicladas de atún, el morro de una de las viejas madreñas de mi abuela. Las saqué de su escondite y vi con pena que se habían deteriorado mucho con el paso del tiempo y el uso constante. Tenían una amalgama de polvo y abono entre los 3 tacos, y una de ellas tenía una raja que hacía imposible usarla de nuevo. Definitivamente estaban rotas y en el olvido, y ya habían sido sustituidas por unas nuevas.
A pesar de estar en el olvido, consiguieron dibujar en mi cara una sonrisa, esta vez, traviesa y cómplice. Porque ¡anda que no las usé yo a escondidas cuando mi abuela se despistaba! Como ella tenía el pié menudo, a mi ya me valían con 10 años. Cuando metía mis bambas dentro tenia carta blanca para bajar a ver a mis amigos los gochos, las gallinas, las vacas, los conejos y todo bicho que pernoctara en las cuadras por algún u otro motivo.

Madreñas viejas de mi abuela.

Primera confesión: la visita a las gallinas

Solía empezar la ronda visitando a las gallinas. Estaban confinadas en un corral con acceso a un añadido de la casa, de manera que en los meses de frío tuvieran cobijo. Al principio del verano, cuando no me conocían, se acercaban a ver que pienso les traía… pero al finalizar el verano huían despavoridas al gallinero a refugiarse. Concluyo que no les gustaba mis intentos samaritanos de enseñarles a volar contra el muro del corral. Siempre pensé que no volaban por que les faltaba un empujoncito…

Va a ser que no, que no vuelan.

A medida que pasaban los días, el numero de huevos descendía alarmantemente y mi abuela achacaba el descenso de la producción al calor y a que no comían nada. Entonces se ponía a picarles acelgas y a darles dieta especial, mientras remugaba y valoraba en pasarle a alguna el cuchillo si seguía así la cosa. Huelga decir que decidí suspender mis actividades aeronáuticas y centrarme en otro bicho menos estresable.

Segunda confesión: la visita a los gochos

Así que dirigí mi atención en la siguiente puerta: la cubilera de los gochos. Los gochos ( o como se suele decir en el resto de España: cerdos) pasaban la vida en una cubilera, que era un cuarto cerrado con muretes y puertas lo suficientemente altas para que el gocho no pudiera saltarlas. Al entrar, era necesario encender la luz porque la oscuridad contrastaba con la claridad del día y caminaba totalmente cegada. Mientras me acostumbraba al olor ácido de los purines en la nariz, ya podía sentir su calurosa bienvenida a base de gruñidos y frenesí contra la puerta de la cubilera. El más ágil de los tres se apoyaba en lo alto de murete para sacar el hocico y sacar más información de la situación. A decir verdad, la situación era muy simple:

Cubilera en desuso.

Había un cubo con pienso y restos de comida, que mezclado con agua formaba un puré espeso que se remeneaba con un palo. En mi defensa, diré que todo fue casual. Un día cogí el palo embadurnado de aquella papilla y se me ocurrió meterlo dentro para que los gochos lo relamieran.

Una vez dentro, comenzaron a pelearse, así que les dí un toque de atención con el palo en la cabeza. Los quejidos me hicieron tanta gracia, que repetí la operación unas diez veces hasta que por fin, a base de psicología conductista, dejaron de acercarse al palo.

Creo que ha sido la única vez que he maltratado a un animal conscientemente y no me hace sentirme orgullosa… pero no lo podía evitar. Era oír esos gruñidos y reírme a carcajada limpia. ¡Hoy por hoy, no lo haría, obviamente! Por cierto, en esta ocasión mi abuela estaba intrigada, pues no llegaba a entender cómo aquellos gochos tenían aquellos moratones en el lomo. Cuando le preguntaba a mi madre qué podría ser, más valía salir del cuarto o la mirada inquisidora me pillaría seguro.

madreñas, madreñes,
No lo volveré a hacer. Lo prometo.

Tercera confesión: visita a las vacas

La morena

La ronda acababa en las cuadras, donde las vacas permanecían amarradas a la espera de que las sacaran a beber y a pastar. Todos los años había un ternerín nuevo, o como diríamos en Mallo, un jato (jatín si era recién nacido) que recibía todo tipo de atenciones de parte de una servidora. No todo iba a ser maltrato, ¿¡eh!? me encantaba rascarle la frente, cepillarlo, limpiarle las orejitas… Después visitaba a todas y cada una de las vacas.Todavía recuerdo algunos nombres: la Morena, la Paloma, la Serrana, la Mora…Hecha la ronda, llegaba el momento de reunirse con los demás niños, así que tenía que devolver las madreñas a su sitio o no podría repetir el ritual al día siguiente.

¿ Y cómo acabó la historia?


Con el tiempo, mi amor por las madreñas no mermó, y acabé encargándoles a mis tíos que me compraran un par en la fiesta del Pastor. Cada año me las pongo y rememoro todos aquellos momentos, y me hacen sentirme muy especial, privilegiada, diría yo. Mis hijas, para suerte de los gochos y las gallinas, no vivirán esas aventuras con el pasaporte que otorgaban las madreñas. Tampoco están ya los animales. Sólo queda en el recuerdo de la que os escribe. Así que, permíteme darte un consejo: coge tus madreñas y date una vuelta con ellas. Vuelve a sentir la magia, recuerda cuantas cosas hiciste, ¡hasta dónde te llevaron! Si esas madreñas hablaran…


¿Y tú? ¿qué significan para ti tus madreñas?  ¿qué dirían tus madreñas si pudiesen hablar?

Si te has quedado con ganas de más, te recomiendo visitar el post de las casas castreñas: ¿ecología milenaria?

Seguro que descubres un par de cosas de aquellas maravillosas construcciones de un pasado no tan lejano

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Bolos leoneses: asalto y derribo al castro

Bolos leoneses: asalto y derribo al castro

Que los ástures (y también los cántabros) se zurraban entre ellos es bien sabido. Cualquier excusa era buena para asaltar al castro vecino si no había tésera de hospitalidad de por medio: mozas más guapas que las de tu castro, mejores caballos, control de los mejores pastos… Eso era así (seguro). Pero para estar a la altura, amigo, tenías que adiestrarte largo y tendido. Lucha leonesa: lunes, miércoles y viernes; los martes y jueves seguramente tocaba manejo de falcata, honda y lanza. El sábado algo de equitación para la guerra y los domingos algo más light, no vaya a ser que sobrecarguemos el cuerpo: desarrollo de estrategia del asalto, pulso y camaradería. O lo que es lo mismo, jugar al bolo leonés.

bolos leoneses
Cómo asaltar un castro y derribar al centinela: ése era el objetivo del juego

La analogía tiene sentido

Piénsalo: la clave para un asalto perfecto al castro es :

  • derribar al centinela sin despertar al resto del castro,
  • abrir las puertas para dejar pasar al resto de tus compañeros
  • y llevarte lo que tengas que llevarte sin sufrir bajas en tu bando.

Con la media esfera en mano, consigues la máxima puntuación cuando ésta entra en el castro y consigue derribar el Miche (centinela). Al margen de esta jugada ideal, hay multitud de maneras de puntuar. Eso hace que sea algo complicado cogerle el tranquillo a este juego, tiene que haber alguien que te enseñe a jugar bien.

Yo me harté de jugar en mi pueblo cuando era una adolescente y por aquel entonces no tenía ni idea del trasfondo histórico. Para mí era sólo un juego que practicaban los abuelos y que era fascinante, algo prohibido. Sí, prohibido. No nos decían nada, pero cuando la juventud se ponía a jugar, los viejos torcían un poco el morro cuando las chicas cogíamos la bola. Y aquello le daba más morbo porque despertaba tu lado rebelde. Al fin, terminó por ser algo normal, porque posiblemente, o jugábamos nosotras también, o aquello no tenía cantera suficiente.

El Cincón o Cinca, en mi pueblo, era el único bolo que al caer no daba puntuación. El equipo contrario gritaba ¡Finca! con enérgica alegría.

Como dije en algunas lineas más arriba, necesitábamos de la tutorización de los veteranos porque el reglamento era un poco infumable: que si el derribo del Miche (el centinela), que si tiene que caer la bola en el castro y eso son tantos puntos, que si es finca (jugada sin puntuación), que si entró en el castro o no entró, que si pasó por la raya del once… Sin ellos no hubiera sido posible jugar de una manera decente.

Jugar a los bolos leoneses no es sólo cosa de viejos

Durante al menos dos veranos, el castro de los bolos fue punto de reunión indiscutible. Había movimiento en el pueblo: los mayores se reunían, salían de su letargo y vibraban. En vez de verlos ensimismados en la soledad que trae la vejez, recuerdo sorprenderme al ver cómo interactuaban entre ellos, con un brillo en los ojos que me chocaba. Evidentemente, llevaban toda una vida conociéndose, pero yo, que siempre los conocí viejos y aburridos, quedé intrigada. ¿Cuántas vivencias y aventuras trajinaron juntos?

Se sentían vivos. Quizás era el gusto por competir. Puede que sentirse maestros por un rato y recibir admiración y atención les inyectara una ilusión extra en aquella mirada. Sólo por eso, valía la pena mantener el castro de los bolos.

De eso me doy cuenta ahora. Ahora que ya no existe el castro (se asfaltó la calle y a partir de ahí ya no se volvió a montar), ese vínculo de personas intergeneracional se ha perdido. Los viejos (los pocos que quedan ) van por un lado, si es que salen de casa, y la juventud… ah, la juventud. Los jóvenes no salen del Instagram. ¿Qué será del juego ancestral que nos legaron los ástures?

Bolos leoneses
Un ejemplo de una partida cualquiera en un pueblo leonés cualquiera… (wikipedia)

Los bolos leoneses hoy en día

Te sorprenderá descubrir que esta disciplina deportiva tradicional tiene bastante tirón. Sobre todo, fuera de León. Algo bueno tenía que traer la combinación de una emigración masiva, a ciudades como Madrid o Barcelona, o regiones como el País Vasco, y la morriña del emigrante. Cuando estás fuera de tu casa, te coges como un clavo ardiendo cualquier cosa que te una a los tuyos, a tus orígenes, a tu antigua vida. Sí, lo adivinaste: los bolos leoneses son ese clavo para muchos cazurros en el exilio.

Los catalanes admiran esta disciplina y la adscriben a la federación de deportes tradicionales. Tranqui, que sólo hablan en catalán al principio un minuto.

En León, la Delegación leonesa de Bolos vela por mantener el calendario de competiciones activo y difundir el reglamento oficial. Últimamente se están techando muchos castros, de manera que así se pueden jugar partidas incluso cuando hace mal tiempo (cosa habitual en el norte).

Sin embargo, por más que busco en Internet, sólo veo señores viejos jugando, y te aseguro que me he pasado tiempo investigando. Hay algún vídeo documental de estudiantes que tienen como deberes del instituto entrevistar a los jugadores senior, pero poco más. (Si me lees y sabes de alguna iniciativa que introduzca a los jóvenes al juego, por favor, escríbeme)

Su futuro está en juego

No puedo evitar preguntarme: ¿Se está perdiendo esta tradición? ¿Hay algún gesto desde la administración pertinente (Diputación de León, ayuntamientos, Junta de CyL ,etc.) No basta con subvencionar el material para jugar, que sí, ayuda. Pero o se incluye este deporte en los programas educativos/ municipales, o la juventud no dudará en meterse en Instagram. Os lo aseguro. Y la verdad, bajo mi punto de vista, tenemos MUCHO QUE PERDER. No podemos arruinar algo que es capaz de unir a jóvenes y viejos.

Además, creo que deberíamos ir más allá. Deberíamos atraer de una manera más activa al sector femenino, tradicionalmente ignorado en esta disciplina por ser considerada cosa de hombres (aunque te aseguro que a las chicas no nos falta nada en absoluto para jugar igual o mejor que los chicos) . En mi pueblo funcionó de maravilla, a pesar de las reticencias iniciales. Estaríamos doblando el público objetivo y podría ser una de las claves de su perpetuación.

Ellas también saben tirar el Miche, no te quepa duda.

Anímate: aquí tienes algún material para empezar

Aquí te dejo el reglamento, así como webs donde adquirir el material de juego. ¡Todo es ponerse! Te aseguro que los bolos leoneses sólo traen cosas buenas: interacción, destrezas sociales, respeto a las normas, disciplina y convivencia.

Por cierto, si dominas el arte de trabajar la madera, creo que es un buen nicho de mercado. Sólo he encontrado una web en Internet que se dedique a confeccionar los 9 bolos y el juego de bolas más el Miche. ¿Sabes de alguna empresa que se dedique a su fabricación? Ayúdame a difundirla, toda aportación es un valioso granito de arena.

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