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El hombre de la vara de avellano

El hombre de la vara de avellano

¿Sabías que…

muchas veces me baso en personas reales para construir los personajes de mi novela, Las Nieblas del Tsuna? Cuando voy en el tren de camino al trabajo, en la sala de espera del médico, en la playa, en alguno de mis viajes… cualquier lugar es bueno para pararse a observar rasgos peculiares, gestos, comportamientos característicos que después dan un toque real a los protagonistas. Pero ningún lugar como mi pueblo, Mallo de Luna , para captar la esencia de la gente de la montaña. Cuando además, encuentras canciones que te recuerdan a algunas personas, el personaje va tomando forma con mucha más fuerza. Hay una canción en concreto que me recuerda a alguien muy especial, digno de inspirar a un buen personaje.

Hay canciones… y canciones

Victor Manuel en su día escribió una que, aunque no se ajusta del todo a mi realidad, me recuerda con cariño a esa persona. De hecho me ayuda visualizarla y sentir su forma de ser a pesar de no estar con él desde hace ya algún tiempo…


«Sentado, en el quicio de la puerta,
el pitillo apagado entre los labios,
con la boina calada y en la mano,
una vara nerviosa de avellano..»

Victor Manuel

No. No llevaba boina. Nunca le hizo falta porque tenía mucho pelo. Pero, ¡cuántas veces lo vi con su pantalón de tergal de color gris verdoso y su jersey oscuro, sentado en las escaleras de la puerta de casa, con el Ducados entre aquellos dedos largos y morenos! y en la mano, aquella vara nerviosa de avellano. Su vara de avellano; era morena y esbelta como él. Esa vara ya estaba cansada de dar tantos pasos dados, pero era capaz de cortar el aire con un silbido cuando la ocasión lo requería.

Aquel hombre conducía una furgoneta Gris con mil historias entre sus cuatro ruedas. Lo recuerdo siempre a lomos de su Renault Express, con el cigarro en la mano derecha y la ventanilla bajada. Si salía del pueblo y me veía, siempre me decía: –Monta mi niña, marcho pal bar, ¿vienes? –. Por la cuenta que me traía, yo ya tenía memorizado el soniquete del motor. Al montar, descubrí que cada verano la furgoneta tenía un olor distinto ( dependiendo de si se le volcó el bidón de leche por accidente, o puso una docena de ambientadores repartidos por el techo), aunque siempre se apreciaba de fondo el buquet del Ducados. En cualquier caso, lo que se respiraba era entusiasmo por ambas partes. 

el abuelo fue picador
Era una como esta, 🙂

En el camino hacia el bar …

del pueblo vecino, entre curva y curva, no había demasiada conversación. La forma de conducir de este hombre tenía un puntito intrépido que le daba emoción a la travesía. Digamos que la carretera era suya. A mi me entretenía ver sus movimientos al volante: gestos mecánicos entre caladas del cigarro de tabaco negro, y de vez en cuando, una miradita de complicidad. No llevaba la radio encendida. El único sonido que se oía era el quejido de la estructura de la furgoneta al pasar por uno de los cien mil baches de la carretera.

bar el ventorrillo
La terraza del bar

Ya en el bar, siempre se pedía un café y se encendía otro cigarro, con calma, como si fuera un ritual. En realidad yo tengo la impresión de que no fumaba tanto, más bien creo que le gustaba aburrir al cigarro. Entonces, siempre le preguntaba a mis tías, las dueñas del bar, qué había de golosina con premio «pa’ la rapaza». Al final siempre caía un Palote o un Phoskito. El año que daban cordones fosforescentes para las zapatillas hicimos muchos viajes al bar del Ventorrillo. ¡Cómo recuerdo cuando me anudaba los cordones a la muñeca, con el pitillo entre los labios, dibujando una sonrisa. ¡Cuanta ilusión en la mirada!

Los cordones de Phoskitos
Los cordones de los Phoskitos. Un acierto del márketing de los 80.


Al volver, a menudo había bronca, porque al ser una excursión improvisada, no se avisaba a nadie y luego en el pueblo se pasaban la tarde buscándome. Pero valía la pena.

Los recuerdos que tenemos…

de las personas son muy subjetivos. De este hombre siempre tuve la sensación de que guardaba en su interior un puntito de pasión, de genialidad y brío en cada cosa que emprendía. Ya fuera tallar en la madera como un verdadero maestro, jugar a los bolos leoneses, conducir su furgoneta al estilo inglés o bailar el baile chano… pero bien es sabido que la pasión consume energía, y es imposible mantenerla de manera constante. Durante los momentos de reposo, en la intimidad, su parte más pesimista lo abordaba y a mi me parecía que se le hacía el día cuesta arriba.

Entonces se tumbaba en el escaño a reposar, tras apartar el plato hacia delante (siempre comió poco) y a continuación posaba aquella mano morena de dedos largos sobre la cara para tapar un poco de luz a los ojos y poder dormir mejor.

Al despertar, si te veía por ahí, siempre le decía a mi abuela: –¡Dora! prepárale algo de merendar a la rapaza –. Después se enfundaba los dientes, que habían estado reposando con agua, bajaba para el portal y se quedaba por unos instantes observando, sentado en la escalera, mientras se encendía otro cigarro, con la mirada perdida en el infinito, y como siempre, la vara nerviosa de avellano en la mano…

En aquel momento, era buena ocasión para sacarlo de su letargo y preguntarle: -«Abuelo, ¿vamos pal Ventorrillo?»- a lo que rara vez había una negativa por respuesta…

Si es que ya lo dije. Mi pueblo es fuente de inspiración infinita para diseñar personajes dignos de novela…

¿Y tu? ¿Tienes recuerdos guardados en la recámara de personas dignas de protagonizar una novela? ¿Crees que la gente de antaño era más auténtica?

Si las madreñas hablaran…

Si las madreñas hablaran…

Contarían muchas, muchísimas cosas. Las de mi abuela contarían anécdotas de jornadas interminables, como cuando esperó a que pariera la vaca para ir al hospital a dar a luz a mi tía. O de los días de fiesta haciendo la matanza. Sin embargo, aquellas madreñas ocultaban un oscuro secreto. Tan oscuro como las cubileras de los gochos. Pero antes, déjame contarte qué son, por si acaso no estás familiarizado.

¿Qué son las madreñas?

Para los que no las conozcan, las madreñas son un tipo de calzado tradicional de la región astur-leonesa y otras limítrofes (Cantabria, parte de Galicia y demás, no se me vayan a enfadar ), hecho de madera y diseñado para introducir en ellas las zapatillas de andar por casa . Se utilizan sobre todo para labores del campo y es una solución ingeniosa para andar calentito, seco y limpio, evitando el contacto con las moñicas, el barro y las aguas e incluso, las nieves del invierno. Además puedes ir de casa en casa dejando las madreñas en la puerta, y disfrutar de la sensación de ir en zapatillas de andar por casa allá donde vayas. Particularmente aprecio el hecho de no tener que meter el pinrel en un zapato frío cada vez que salgo a la calle y las madreñas son la solución definitiva a ese problema.A veces fantaseo con llevármelas a Castellón y ponerlas de moda por allí, pero esa es otra historia.

Volviendo a lo mío…estaba yo en el portal de mi abuela, cuando divisé bajo el banco, asomado entre regaderas rotas y latas XXL recicladas de atún, el morro de una de las viejas madreñas de mi abuela. Las saqué de su escondite y vi con pena que se habían deteriorado mucho con el paso del tiempo y el uso constante. Tenían una amalgama de polvo y abono entre los 3 tacos, y una de ellas tenía una raja que hacía imposible usarla de nuevo. Definitivamente estaban rotas y en el olvido, y ya habían sido sustituidas por unas nuevas.
A pesar de estar en el olvido, consiguieron dibujar en mi cara una sonrisa, esta vez, traviesa y cómplice. Porque ¡anda que no las usé yo a escondidas cuando mi abuela se despistaba! Como ella tenía el pié menudo, a mi ya me valían con 10 años. Cuando metía mis bambas dentro tenia carta blanca para bajar a ver a mis amigos los gochos, las gallinas, las vacas, los conejos y todo bicho que pernoctara en las cuadras por algún u otro motivo.

Madreñas viejas de mi abuela.

Primera confesión: la visita a las gallinas

Solía empezar la ronda visitando a las gallinas. Estaban confinadas en un corral con acceso a un añadido de la casa, de manera que en los meses de frío tuvieran cobijo. Al principio del verano, cuando no me conocían, se acercaban a ver que pienso les traía… pero al finalizar el verano huían despavoridas al gallinero a refugiarse. Concluyo que no les gustaba mis intentos samaritanos de enseñarles a volar contra el muro del corral. Siempre pensé que no volaban por que les faltaba un empujoncito…

Va a ser que no, que no vuelan.

A medida que pasaban los días, el numero de huevos descendía alarmantemente y mi abuela achacaba el descenso de la producción al calor y a que no comían nada. Entonces se ponía a picarles acelgas y a darles dieta especial, mientras remugaba y valoraba en pasarle a alguna el cuchillo si seguía así la cosa. Huelga decir que decidí suspender mis actividades aeronáuticas y centrarme en otro bicho menos estresable.

Segunda confesión: la visita a los gochos

Así que dirigí mi atención en la siguiente puerta: la cubilera de los gochos. Los gochos ( o como se suele decir en el resto de España: cerdos) pasaban la vida en una cubilera, que era un cuarto cerrado con muretes y puertas lo suficientemente altas para que el gocho no pudiera saltarlas. Al entrar, era necesario encender la luz porque la oscuridad contrastaba con la claridad del día y caminaba totalmente cegada. Mientras me acostumbraba al olor ácido de los purines en la nariz, ya podía sentir su calurosa bienvenida a base de gruñidos y frenesí contra la puerta de la cubilera. El más ágil de los tres se apoyaba en lo alto de murete para sacar el hocico y sacar más información de la situación. A decir verdad, la situación era muy simple:

Cubilera en desuso.

Había un cubo con pienso y restos de comida, que mezclado con agua formaba un puré espeso que se remeneaba con un palo. En mi defensa, diré que todo fue casual. Un día cogí el palo embadurnado de aquella papilla y se me ocurrió meterlo dentro para que los gochos lo relamieran.

Una vez dentro, comenzaron a pelearse, así que les dí un toque de atención con el palo en la cabeza. Los quejidos me hicieron tanta gracia, que repetí la operación unas diez veces hasta que por fin, a base de psicología conductista, dejaron de acercarse al palo.

Creo que ha sido la única vez que he maltratado a un animal conscientemente y no me hace sentirme orgullosa… pero no lo podía evitar. Era oír esos gruñidos y reírme a carcajada limpia. ¡Hoy por hoy, no lo haría, obviamente! Por cierto, en esta ocasión mi abuela estaba intrigada, pues no llegaba a entender cómo aquellos gochos tenían aquellos moratones en el lomo. Cuando le preguntaba a mi madre qué podría ser, más valía salir del cuarto o la mirada inquisidora me pillaría seguro.

madreñas, madreñes,
No lo volveré a hacer. Lo prometo.

Tercera confesión: visita a las vacas

La morena

La ronda acababa en las cuadras, donde las vacas permanecían amarradas a la espera de que las sacaran a beber y a pastar. Todos los años había un ternerín nuevo, o como diríamos en Mallo, un jato (jatín si era recién nacido) que recibía todo tipo de atenciones de parte de una servidora. No todo iba a ser maltrato, ¿¡eh!? me encantaba rascarle la frente, cepillarlo, limpiarle las orejitas… Después visitaba a todas y cada una de las vacas.Todavía recuerdo algunos nombres: la Morena, la Paloma, la Serrana, la Mora…Hecha la ronda, llegaba el momento de reunirse con los demás niños, así que tenía que devolver las madreñas a su sitio o no podría repetir el ritual al día siguiente.

¿ Y cómo acabó la historia?


Con el tiempo, mi amor por las madreñas no mermó, y acabé encargándoles a mis tíos que me compraran un par en la fiesta del Pastor. Cada año me las pongo y rememoro todos aquellos momentos, y me hacen sentirme muy especial, privilegiada, diría yo. Mis hijas, para suerte de los gochos y las gallinas, no vivirán esas aventuras con el pasaporte que otorgaban las madreñas. Tampoco están ya los animales. Sólo queda en el recuerdo de la que os escribe. Así que, permíteme darte un consejo: coge tus madreñas y date una vuelta con ellas. Vuelve a sentir la magia, recuerda cuantas cosas hiciste, ¡hasta dónde te llevaron! Si esas madreñas hablaran…


¿Y tú? ¿qué significan para ti tus madreñas?  ¿qué dirían tus madreñas si pudiesen hablar?

Si te has quedado con ganas de más, te recomiendo visitar el post de las casas castreñas: ¿ecología milenaria?

Seguro que descubres un par de cosas de aquellas maravillosas construcciones de un pasado no tan lejano

El Asturleonés: La lengua nos une

El Asturleonés: La lengua nos une

O al menos debería hacerlo…

No sé si lo he escrito por ahí en algún sitio de mi biografía, pero soy una mestiza cultural. Quizás a ti te pase lo mismo si uno de tus progenitores es del Norte y el otro del Levante, o del Sur. En mi caso, mi madre es de León y mi padre de Castellón y este hecho hace que, a estas alturas de la vida, tenga la capacidad de mirar el mundo desde dos prismas distintos. He crecido en Castellón, pero mi lengua madre es el «castellano adulterado». Una adulteración que una y otra vez me ha llevado a decir eso de que «la lengua nos une«.

asturleonés
Y entonces yo le dije… veeeeeeeen

Perdona, ¿castellano adulterado?¿¡Pero qué te has fumado!?

Bueno, déjame explicarte: el castellano que habla mi madre es muy distinto al que se habla en la zona de Levante, en el sur y si me apuras, en el centro de la península. El acento, la cadencia, incluso el orden de algunas palabras brillan como luces de neón porque la influencia que reciben de otra misteriosa lengua no tiene nada que ver con el Valenciano/Catalán (no me hagáis entrar en la polémica de la denominación, porque es aburridísimo), que es la lengua con la que convive el castellano en mi zona.

Eso hace que cuando alguien habla castellano con esas características, un click en mi cerebro hace que lo detecte y no puedo dejar de prestar atención. Me regodeo cotejando todas y cada una de las peculiaridades del discurso. Me pasa infinidad de veces. Por poner un ejemplo, estoy esperando en el supermercado, y mientras hago cola para pagar en cajas, oigo a, de al lado hablar y el R.A.D.A.R dice: ¡ATENCIÓN, ATENCIÓN: DETECTADO UN NORTEÑO!

Si estoy de humor, y tengo tiempo o la ocasión es propicia, pienso en la forma de abordar a esa persona y preguntarle de qué zona del norte es. Me encanta jugar a adivinarlo. Obviamente, reconozco el acento gallego y el vasco, pero la línea se difumina cuando la persona viene a Castellón desde Asturias, León, parte de Cantabria, Zamora, Salamanca… No voy a decir que todas las personas de estas zonas geográficas hablen exactamente igual, pero mantienen muchas cosas en común que les delatan, y eso es debido a la influencia de esa misteriosa lengua que te mencioné antes. Dependiendo de la zona, cada uno la llama de una manera. Permíteme llamarla Asturleonés de ahora en adelante, aunque también se la conozca como Bable, Pachuezu, Montañés, Mirandés, etc.

Asturleonés… ¿Un invento nuevo?

No. Esto viene de la época de los romanos. Como bien sabrás, la Península Ibérica se dividió en tres provincias una vez alcanzada la Pax romana: Bética, Lusitania y Tarraconense. Cada una de ellas hablaba el latín con su estilo propio, no te pienses que en tiempo de los romanos hablaban todos igual. Parece ser que en la Bética eran más modernillos o cool, y en la Tarraconense y Lusitana eran de estilo más espartano y conservador, y esa manera de ser se reflejaba en su uso del latín. Si a eso le añades que la Bética estaba mucho mejor comunicada que las otras dos, se explicaría como ya en tiempos de los romanos en la Tarraconense se hablaba con un latín de solera, con palabras en desuso ya en aquella época, y con terminaciones fonéticas que se quedaron antiguas en comparación con el latín del resto del Imperio Romano.

asturleonés
Provincias de Hispania tras la Pax Romana.

Pero entonces… Todos los descendientes de la Tarraconense hablaríamos igual, ¿no? Pues no, porque en la zona de los astures ya había una lengua preromana, el ástur. Éste es el ingrediente diferenciador que faltaba para explicar el origen del Asturleonés = Un latín arcaico + Una influencia de lengua prerromana (Ástur) + mucho tiempo + Aislamiento geográfico y romanización tardía + Invasiones visigodas. Así pues, los ástures adoptaron el latín arcaico y lo influenciaron con palabras propias. Conforme avanzamos en el tiempo (s. VIII d.C.), el idioma oficial (latín estándar) y el que se hablaba en la calle en la zona de influencia ástur (Asturleonés), eran dos lenguas bien diferenciadas.

evolución asturleonés
Animación de la zona de influencia Lingüística del Asturleonés.

En el siglo X, se dieron cuenta de que era tontería seguir utilizando el latín para las cosas serias. Sólo unos pocos privilegiados lo dominaban y la verdad es que práctico, práctico, no era. Así que decidieron adoptar el Asturleonés para hacer la cosa mas llevadera y agilizar los trámites burocráticos, testamentos, leyes y fueros, etc.

De esta manera, el mapa lingüístico del Asturleonés variaría con el paso del tiempo en función de los territorios conquistados por los reyes leoneses (de origen visigodo), ampliando así la zona de influencia original.

Su declive en relación al castellano comienza un poco antes de los reyes católicos, cuando Castilla toma el pulso de la política e impone su lengua por cuestiones de «prestigio». Este punto de inflexión marca la cuesta abajo del Asturleonés, que deja de escribirse de manera oficial y pasa a ser hablado fundamentalmente.

El Asturleonés en la actualidad

¡Ay! ¿Qué quieres que te diga?, ¿que la historia de esta lengua acabó con final feliz? En mi opinión, eso depende de las personas que la hablan en la actualidad y de los políticos de las zonas de su influencia histórica. La polémica está servida, porque, ¿qué diferencia al Asturleonés de otras lenguas romances que coexistían con el castellano, como el catalán, el gallego o el aragonés? Nada, todas eran legítimas en su momento. Todas merecen su espacio. Todas son un aspecto cultural básico de la sociedad, no hay mejores ni peores. Menospreciar una lengua porque sólo la hablen unos pocos, o porque no se escriba de manera habitual es un error. Eso no la hace menos digna. Lo maravilloso del Asturleonés es que abre una puerta a la hermandad de pueblos que, quizás por ignorancia, o quizás por intereses oscuros, se ha querido que permanezcan separados.

En la actualidad, el uso de Asturleonés y su reconocimiento oficial depende de esas zonas de influencia. Sólo Portugal lo reconoce como oficial en la zona de Miranda del Duero, mientras que en Asturias y Castilla y León sólo se le reconoce el derecho a ser protegido sin ser cooficial. Esto último, permitidme que me moje, es un sinsentido. ¿Cómo vas a fomentar y proteger algo que no consideras digno de ser oficial?

Para muestra un botón. Yo tengo el ejemplo de la Comunidad Valenciana. Aquí, por H o por B, se dieron cuenta de que si no lo consideraban oficial, era como darle un trato de segunda. Por tanto era como darle un trato de segunda a una cultura propia que nos distingue del resto. Que no es mejor ni peor. Pero es distinta.

A veces me duele no saber hablar asturleonés

Hablo cinco idiomas: Castellano, Valenciano, Inglés, Italiano y Alemán. Con cada uno he crecido como persona y he abierto puertas. He cruzado puentes y he conocido personas maravillosas. Cuando voy a mi pueblo, Mallo de Luna, cambio el acento en un par de horas, y disfruto oír hablar a los más ancianos con ese deje, esas palabras viejas, mágicas. Me siento parte de una cultura que es distinta y que sigue viva a pesar de todo. Me hubiera gustado aprenderlo para profundizar mucho más en esa cultura del noroeste, que con cada muerte de un anciano, muere un poco más.

Soy consciente de que las cosas están cambiando y me alegra saber que hay gente decidida a fomentar su uso. Yo, a modo de guiño y pequeño homenaje, quise introducir en el título de mi novela (Las nieblas del Tsuna) una palabra en pachuezo, variedad dialectal del occidente. Tsuna (lluna) significa Luna en castellano, pero algunos expertos consideran que es un vocablo que proviene del ástur y se incorporó fonéticamente sin cambios al latín porque se parecía a la palabra «luna». Por otra parte, me encanta leer textos en asturleonés, porque es como estar allí. Esas palabras que sólo las oigo cuando voy en verano aparecen escritas y las siento mías.

Con esto no descarto que cuando vuelva a tener tiempo, me ponga manos a la obra y estudie el asturleonés, porque mis orígenes de la parte materna también merecen mi respeto y perpetuación.

Te recomiendo que visites el artículo de la wikipedia que habla de él, porque está muy completo. Además circulan por la red diversos diccionarios y cursos de gramática que ayudan bastante a aprender desde casa si no tienes un centro de formación a mano. Es cuestión de investigar. Yo no te recomiendo ninguno porque no he tenido tiempo de estudiármelos, pero te aseguro que hay material de sobra.

Y tú, ¿Qué piensas acerca de esto?

Me interesa saber tu opinión. ¿Qué es para tí el Asturleonés?. Déjame un comentario al respecto.

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