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Huellas de la Edad del Hierro en los Ancares

Huellas de la Edad del Hierro en los Ancares

Sospecho que este va a ser uno de esos posts que se escriben solos. De los que se disfrutan a cada golpe de tecla. ¡Oh, sí! Hoy me dispongo a contarte algunas huellas que dejó la Edad del Hierro en los Ancares, de esas que dejan entrever su pasado celta, tanto en su arquitectura como en sus costumbres .

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Pues eso: 5 caramelos.

Ya, pero… ¿Qué son los Ancares?

Según la wikipedia, es una comarca tradicional de España situada en el extremo noroccidental de la provincia de León, que coincide con el término municipal de Candín (actualmente parte de la comarca del Bierzo), y que en la segunda mitad del siglo XX dio nombre a un territorio más amplio denominado Los Ancares, cuya versión más laxa y amplia comprende otras partes del Bierzo en León, desde Navia de Suarna hasta Piedrafita del Cebrero en el oriente de Lugo (Galicia), y parte de Ibias al suroeste de Asturias.

Es una zona montañosa, de difícil acceso hasta finales del s.XX, que ha mantenido unas costumbres, arquitectura y hablas propias. Se halla entre dos cuencas, la del Sil y la del Navia, separadas por los puertos de Ancares (1670 msnm) al norte y Portelo (1068 msnm) al sur de la sierra de Ancares.

Pero a mí, me suena mejor algo así como: se trata de un rincón entre León y Lugo …

donde las montañas fueron capaces de detener el tiempo,
donde las nubes deciden si se puede o no se puede cruzar un puerto,

donde Astures y Romanos dejaron susurros en el viento,

donde me topé con la melancolía de lo que se está perdiendo,
donde la magia perdura y sobrevive al blanco de los inviernos;
es el último reducto de pallozas, de origen celta sus teitos…

La Cazadora de leyendas norteñas

¡Je! me han salido unos cuantos pareados, sin haberlo deseado. Estoy «sembrá».

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¡Gracias, chicos! Fue improvisado, de verdad.

Pero vayamos al grano. Aquí van algunas de las huellas que dejó la Edad del Hierro en los Ancares, que harán que no quieras perderte este caramelito del Noroeste Peninsular:

1. Es el hogar de los castaños milenarios

Si hay algo que me llamó la atención mientras recorría el valle era los Enormes castaños que montaban guardia a lo largo de caminos y senderos. Se erigían como imponentes legionarios a nuestro paso.

Algunos de ellos mostraban heridas de guerra; marcas negras de las plagas que los azotan últimamente. Los hubo que no sobrevivieron y sus troncos fantasmagóricos salpicaban el monte, como si fueran lápidas. Los que se mantenían en servicio, seguían firmes e inmutables: congregaban caras de asombro entorno a sus troncos y resguardaban a los insignificantes cuerpos humanos de las horas de más sol con lozanía.

El caso es que existen al menos dos teorías que justifican la presencia de los castaños en el Noroeste peninsular.

Por una parte, tenemos la teoría de que los castaños pervivieron en el noroeste a pesar de los cambios climáticos y de la extinción de la especie en casi la totalidad de Europa, con la excepción de diversos reductos. Estaríamos hablando de una especie autóctona de castaños que vieron pasar todas las edades de la prehistoria, incluida la Edad del Hierro.

Por otra, algunos sostienen la teoría de que los castaños volvieron al territorio hispánico de la mano de los propios romanos, quienes los introdujeron con vistas a alimentar a las tropas en el futuro. Recordad (podéis refrescar la memoria en este artículo de la dieta que seguían los castreños en la edad del Hierro) que en aquellos tiempos la patata seguía en América, tan tranquila, todavía por descubrir su potencial en Europa. Las castañas llegaron a ser la base de carbohidratos más importante de la Historia Antigua, al margen del cereal.

Sea como fuere, los castaños despidieron paulatinamente a los moradores de la Edad del Hierro del noroeste peninsular.

De entre todos, fuimos expresamente a visitar al legatus de los Ancares: el castaño de Cantín, en Villasumil. Nos contaron que hacían falta 12 personas adultas para rodearlo con los brazos, y a mí me dio por intentar calcular el diámetro del árbol de cabeza de camino en el coche. Me salía 6m aprox. de diámetro, es decir, súmale al largo de tu coche 2 metros más.

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2·pi·R= circunferencia= 12personas·1,5m=18; R=3; D=2R=6m

No. No me acababa de cuadrar. Pero al toparnos con el magnánimo castaño nos quedamos sin palabras. Se trataba de un ser vivo de más de 800 años seguros (posiblemente muchos más), que albergaba una oquedad capaz de ocultar a 7 adultos. Un buen hueco, si señor…

Os prometo que no estaba enferma ni nada parecido… Aquel día me levanté con cara de Morticia natural

2. Las pallozas

Vestigios de la Edad del Hierro

Ya lo mencioné en mi improvisado poema a los Ancares… El hecho de que este reducto entre puertos de montaña sea tan recóndito y esté tan apartado de los núcleos de población grandes ha propiciado su aislamiento a lo largo del tiempo, llegando incluso a tiempos inmemoriales, como la Edad del Hierro. Nos contaba un paisano muy amable en Villasumil, que hasta no hace mucho el asfalto brillaba por su ausencia, y en lugar de carreteras había pistas de montaña (en el mejor de los casos).

La modernidad no lo tuvo fácil para llegar con sus tentáculos hasta los Ancares.

Así, al contrario que en otras zonas donde hubo pallozas y teitos, pero desaparecieron, en Ancares siguen manteniendo estos fósiles arquitectónicos propios de la Edad del Hierro; algunos siguen en activo, otros están en peor estado, y otros resultaron tuneados con chapas por comodidad o decapitados por no poder hacer frente a las reparaciones regulares del teito.

Nos recomendaron encarecidamente visitar dos pallozas museo, en concreto la Palloza del Señor Antonio, en Pereda, (León); y la Palloza museo Casa do Sesto, en Piornedo ( Lugo).

La palloza del señor Antonio

En la primera la entrada era gratuita (se aceptaba la voluntad), y tras avisar por teléfono a Octavio, el hijo del señor Antonio, éste nos abrió la puerta al pasado de su familia.


 (Palloza del Señor Antonio) Esta foto de Planetancares es cortesía de TripAdvisor

Todavía olía a lumbre. El mismo olor potente y penetrante que había en la cocinona de mis abuelos, allí donde colgaban los jamones y los chorizos, el lomo y la cecina para ahumarse. Ese golpe en la nariz me teletransportó a otros tiempos; tiempos que ya ni siquiera me pertenecían por juventud, y gracias a ese golpe de efecto pude imaginarme la vida en aquella humilde pero práctica morada.

Por desgracia me quedé sin batería y no pude hacer fotos dentro. Pero por suerte, en Piornedo fui a tope de batería y el interior de las pallozas no dista mucho una palloza de otra.

Casa do Sesto

En este caso la entrada creo que eran uno o dos euros, y el amo de la misma te hacía las veces de guía, y te explicaba cómo se vivía antaño con lo que había. Me sorprendió ver que a pesar de la sencillez, reinaba un sentido del orden que hacía apetecible pasar allí alguna temporada.

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Aquí el desenlace del video… jaja

Sin luz, sin agua y sin gas, como el chiste; con el amor de la lumbre y el calor del ganado como única fuente de calor, aquellas pallozas estaban diseñadas para dormir lo justo y soportar el maldito invierno con los medios disponibles. Además, la idea era pasar ese tiempo de recogimiento para elaborar telas, jabones, aperos, y otras faenas que en verano, debido a la siega de la hierba, no hay tiempo.

El ingenio brillaba en cada utensilio, cada aparejo, y por cualquier rincón de la palloza podía aparecer uno de sus antiguos moradores.

De aquí salí con la sensación de que los astures, los galaicos y los cántabros (propios de la Edad del Hierro), debían llevar ritmos de vida parecidos a los de los Ancares.

3. Balouta y Suárbol. Reducto de valientes

Madre mía, llevo tropencientas mil palabras en este post sobre las Huellas de la Edad del Hierro en los Ancares, y todavía voy por el tercer punto…

Estando por la zona, comimos por Balouta, en el Miravalles (recomendadísimo). Allí, las pallozas que quedaban en pié todavía eran funcionales y volví a ver alguna que otra guadaña al hombro. Y sentí envidia. Envidia porque en mi pueblo ya no se ve la guadaña. Ni hay vacas como antes, en las cuadras. Ni gochos, ni ovejas, ni nada más que cuatro gallinas. Recordé lo que un día fue mi pueblo y me rompió un poco por dentro. Y la verdad es que no quería irme. Quería beber de aquel espejismo, soñar que todavía era posible hoy en día… pero no. Era mejor seguir mi camino o me rompería por dentro.

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Aquí, metiendo barriga tras la comilona en Balouta

El caso es que tanto en Suárbol como en Balouta, viven encastrados en un valle de muy difícil acceso. No quiero imaginarme cómo se preparan para las nevadísimas que tienen que caer ahí. El aislamiento es cosa de valientes. Da igual si hablamos de la actualidad o de la Edad del Hierro… la naturaleza sigue imponiéndose sin cuartel en aquel rincón de los Ancares.

Por cierto, en Suárbol casi no hay pallozas, debido a un incendio hace tiempo. Pero eso no quita de hacer una visita al pueblo, pintoresco a más no poder. Y el trecho por carretera desde Piornedo hasta Suárbol es chulísimo, un bosque encantado, digno de mil leyendas… ¡No me extrañaría que entre aquellos árboles camparan a sus anchas las meigas!

4. El puerto de Ancares

Los atardeceres de Ibiza son famosos en el mundo entero. Mediterráneo, calas paradisíacas, el astro rey despidiéndose de la faz de la Tierra con sonrojo… Nada. Olvídalo. No tiene nada que hacer con un atardecer desde el puerto de Ancares.

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Autora de la imagen: Sara Alonso Rodriguez

Un paseo por las nubes

Por «desgracia», no pudimos quedarnos para verlo porque se cerró la niebla en lo alto. Sin embargo, nos dimos un paseo por las nubes, que tampoco desmerece nada. Si hay un lugar que transmite paz, una pausa espiritual, es ese puerto. Os invito a disfrutar este secreto de los Ancares en silencio, siempre con precaución. Desde Balouta nos advirtieron de que cuando la niebla se cierra, ni los lugareños son capaces de orientarse por las rutas que salen de él. De ahí que no pudiéramos ver tampoco «El Cuadro», un enclave que se sospecha pudo ser un campamento romano (otra huella más) instalado allí para combatir a los últimos reductos de astures, una de las etnias del noroeste peninsular en la Edad del Hierro.

5. La sorprendente Vega de Espinareda

Vale, quizás no esté dentro de los Ancares (¡ojo! las huellas de la Edad del Hierro en sus alrededores son muy importantes, tal y como apunta la web celtica.es en este artículo donde habla del castro de Peña Piñera), pero a nosotros nos salvó bajar a Vega de Espinareda a la hora de cenar.

Tanto en Candín como en Pereda, si quieres cenar fuera, vas «aviao». Así que yo lo incluyo dentro de este post sobre los Ancares porque me sorprendió gratamente. Desde los puentes que cosen el curso del río Cúa a su paso, la playa fluvial maravillosa, o el impresionante Monasterio de San Andrés, todo contrastaba con los escarpados parajes monte arriba.

Mi marido, sin embargo, lo recordará por esa hamburguesería donde todavía sigue invicto el desafío de comerte la hamburguesa XXXL; tan grande que si la engulles, te mandan a la UCI por rotura interna. Se llama «la Tienda» y son super majos. Huelga decir que el sitio tiene su encanto y se come genial. Y no me llevo comisión. (reservad)

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Foto extraída del ileon

No quería acabar el post de las huellas de la Edad del Hierro en los Ancares sin añadir que QUIERO VOLVER. TENGO QUE VOLVER. Me quedó la zona de Balboa, y no vi el Cuadro, ni subí al Miravalles (vale, esto es porque me pesa el pandero. Pero el año que viene seguro que estoy más en forma que la wonderwoman. Tiempo al tiempo). Aunque, comiendo tantos caramelos…

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La Tí Dominica

La Tí Dominica

Este relato se lo dedico a todos que viven haciendo muescas en su cinto, por cada obstáculo superado y cada injusticia combatida.

Era ya de noche cerrada y la mujer del cantinero comenzó a limpiar el mostrador por tercera vez consecutiva con un trapo mostoso. La impaciencia por cerrar siempre le hacía apretar los labios y poner cara de malas pulgas. De repente, un chispazo de inspiración le cambió el semblante.
—¡María, ven, vida!
—Mande, madre —dijo la adolescente con un disco de Raquel Meller en la mano.
—Ponte el tabardo y acompaña a la Tí Dominica a su casa —susurró a su hija mientras miraba con desdén a la anciana— a ver si apura el trago y somos a echarla.
—Pero madre, hace un cierzo horrible, ¡y está nevando! ¿De verdad tengo que ir? —protestó abrazándose al disco de la coupletista— Deja al menos que escuche la Violetera una vez en la gramola antes de salir ¡Por favor!
La cantinera entrecerró los ojos, calculando la duración de la canción y lo que tardaría la vieja en acabarse el orujo y , al cabo de unos segundos, asintió.
—Sea.

La Tí Dominica había sido una de las mejores clientes de la cantina desde que vino de las Américas.

No había botella de orujo que se le resistiera, y en sus buenos años, organizaba en su casa los calechos y filandones más sonados de toda la comarca de Luna y aledañas. La juventud siempre llenaba de jolgorio y risas las cuatro paredes de su cocina y podría decirse que fundió lo que ganó al otro lado del charco en fiesta y alcohol.
Pero ahora apenas podía sostener la copina sin que el tembleque de su mano derramara el alcohol sobre el mostrador —para disgusto de la cantinera.
Entonces, la gramola comenzó a entonar los primeros acordes de la copla, que intentaban competir con el aullido del viento que azotaba el pueblo esa noche.

María tenía ya el tabardo sobre una de las sillas de la cantina y se estaba poniendo la bufanda en la cabeza mientras tarareaba la canción, así que su madre respiró hondo y se armó de la poca paciencia que le quedaba ese día para hablar con la anciana.
—Ti Dominica, ¿se acabará ya el traguín? —preguntó con miedo a que su dulzura postiza levantara suspicacias.
La anciana alzó la vista de la copina, centro total de su existencia en aquel momento. Sus ojos de azabache todavía acertaban a leer entre líneas y se limitó a bebérselo del tirón, para dejarlo posado con un golpe rotundo sobre el mostrador. Se dio cuenta de que había agotado su dignidad y las perras chicas en aquel último trago. El próximo tendría que dejarlo a deber, o venderle la sortija a la cantinera. No era la primera vez que se la pretendía.

…Llévelo usted señorito, que no vale mas que un real…

Con esfuerzo, levantó los huesos del taburete, acarició la empuñadura de la pistola que llevaba colgada al cinto —como hacía siempre que se ponía en marcha—, y se envolvió en un chalino de lana tan desgastado como la trenza desmochada que pendía de su cabeza.
—Con Dios, Vicenta. A más ver —se despidió con palabras secas, roncas.
—María va con usted, Ti Dominica.
—Nun fai falta. Nun vaya a ser que la rapaza pille una fiebre con esti fríu —dijo mientras se apoyaba en el pomo de la puerta.
—¡Que no! ¡Mujer! No sea necia —insistió.
—Marcho. Queda tranquila, Vicenta —farfulló mientras la ventisca asomaba sus zarpas heladas por el espacio de la puerta entreabierta.
María miró a su madre y se encogió de hombros, sin poder evitar una sonrisa de alivio. Esta vez, se libró.

El trecho hasta su casa no era muy largo. Sólo tenía que pasar la Fuente de Arriba, el puente, girar en la plaza del Puntón a la izquierda y bajar la calle principal todo recto hasta el cruce de la calle de la iglesia. Había hecho ese camino infinidad de veces, ebria y sobria.

«Un pocu de cierzu nun cambia nada» pensó mientras calzaba las madreñas a tientas.

Pero el viento no opinaba lo mismo y a la altura del Puntón, una racha cargada de cuchillas de hielo casi tumbó al suelo su cuerpo menudo y encorvado.

Ventisca
Mujer en ventisca. Foto de Yegor Badulin

—Venga, Dominica. ¡Álzate! ¡Nun le des el gustu a esa cantinera, tan mala como’l su orujo! —se dijo así misma en un arranque de fuerza.
Poco a poco, la Tí Dominica descendía calle abajo, plantándole cara en solitario al cierzo, como había hecho con todo en su escabrosa vida: la hambruna, el viaje a México en aquel ataúd que llamaban transatlántico, la esclavitud encubierta en los campos de maíz, los zapatistas y sus verdugos; con todos capeó el temporal, hizo la pertinente muesca en su cinto de cuero bovino y pasó página. Quién le iba a decir a ella que el último hueso duro de roer se lo encontraría a la vuelta, en su pueblo natal; en la persona más grandona, repeinada, mezquina y vil del contorno: El cacique, el ti Jasón.

«Tú di que esti faltosu tampoco esperaba toparse conmigu ni con la mi pistola»

pensó, sin sonreír demasiado, no fuera a ser que las grietas de sus labios se abrieran y sangraran de nuevo.
Todos estos pensamientos la invadían a medida que avanzaba en la oscuridad grisácea de la ventisca. Las contraventanas de las casas a su paso estaban cerradas para frenar las embestidas del viento, pero ella sabía que todos y cada uno de los habitantes de Mallo cenaban al amor de la lumbre. Todos menos ella. Y el gato, claro —si es que todavía no la había abandonado, como el resto de los que frecuentaban su casa cuando todavía había dinero para filandones patrocinados por la Tí Dominica. Valoró ir a casa de su sobrino, pero con la borrachera que llevaba encima, era mejor dormirla en casa sin dar disgustos a nadie.
Por fin alcanzó su puerta y sacó la llave de la faltriquera.
—¡Cagon Ros! ¡maldita tembleca!— exclamó, sin saber a ciencia cierta si los espasmos eran los de siempre, o se debían al frío.
Respiró profundo. Dejó que el frío le penetrara en los bronquios, esperando despejarse con aquella bocanada de aire, pero sólo consiguió arrancar una tos perruna. Al cabo de un rato, que se hizo eterno, consiguió enhebrar la llave en la cerradura.


El cierzo decidió ayudarle y abrir la puerta de un bandazo.

A cambio, llenó de nieve en polvo la única estancia de la casa y el gato bufó en consecuencia.
—Tranquilu, michín —dijo tras trancar la puerta con llave—. Voy prender la luz. A ver si atropo’l candil.
Caminó a tientas hacia la cocina. Recordó que lo había dejado posado allí, sobre la plancha. Pero la Fortuna decidió que las cosas dejaran de sonreírle en ese preciso instante: un inoportuno charco de leche volcada por el gato hizo resbalar a la anciana, que, a estas alturas del relato, daba cuenta de la dureza fría del suelo. El golpe le provocó un quebranto que la partió en dos y le sonsacó el más aterrador de los aullidos. Se había fracturado la cadera.
El dolor fue tan intenso que la dejó fuera de combate y perdió el conocimiento. A cada minuto que pasaba, su cuerpo —encallecido por fuera y frágil por dentro—, iba perdiendo el poco calor que la vida generaba dentro de él. El gato le lamía la cara sin resultado. Respiraba, podía oírlo, pero su ama ya no abría los ojos.
Pasaban las horas y el frío, implacable, iba haciéndose con el cuerpo de la única mujer que plantó cara al Ti Jasón. La única que tenía pistola y cantaba las cuarenta cuando ese cacique abusaba sin ningún tipo de escrúpulo del resto de vecinos.

Con independencia del infortunio, el sol triunfó sobre la ventisca y despuntó por las peñas de Mirantes.

Ya a la hora del café, Vicenta la echó a faltar en el mostrador de la cantina. Le faltaba muy poco para quedarse con la sortija de la vieja y sabía que, como no tenía leña, la Ti Dominica iba todos los días a su establecimiento para calentarse con su estufa y su orujo. Frunció el ceño y consiguió poner su característica cara de malas pulgas de nuevo. Era toda una experta.
—¡María! Pega un saltín y asómate a ver si la Tí Dominica está en casa.
—¿Para qué?
—¡Que vayas, Ostre! Sólo faltó un día a la hora del café en los años que la conozco y fue porque quedó trancada por culpa de la cerradura.

María puso el tabardo a regañadientes. El sol brillaba y llegaba a ser molesto con la blancura de la nieve, pero su calor era tan tímido como el rubor de sus mejillas. Cuando se asomó por el ventanuco de la casa de la Tí Dominica, la vio postrada en el suelo, sobre un charco de leche congelada. Un cerco en su falda daba cuenta de que se había orinado encima y el gato no paraba de restregar su cuerpo sobre la trenza de la anciana.

El pánico paralizó a María por unos instantes, hasta que al final se recompuso y volvió a la cantina corriendo, vociferando con frases inconexas todo lo que acababa de ver.
Los allí presentes se levantaron de sus sillas al instante. Todos, menos el Tí Jasón, a quien la nueva le estaba sabiendo a gloria.
Bajaron corriendo hacia la casa de la anciana y comprobaron que en efecto, estaba allí postrada. Algunos intentaron entrar por el ventanuco, pero era demasiado estrecho hasta para los guajes. Después propinaron unas cuantas patadas a la puerta, pero por lo visto, era tan recia como su dueña. Aún así, siguieron intentándolo, hasta que el cacique se personó en la escena con parsimonia, envuelto en una nube de puro y pachulí. Miró en silencio por el ventanuco y una sonrisa mal contenida precedió a una orden tajante.
—¡Esa puerta no se abre ni se abrirá!—exclamó, amenazante— ¿Entendisteis?
—Pero Ti Jasón, ¡Creo que aún respira! —exclamó el sobrino de la mujer, desencajado.
—Por la cuenta que te trae, Godofredo… —dijo con los pulgares al cinto y la barbilla en alto— Aquí mi palabra es la ley.
Su sobrino apretó los dientes. Él, incluso la cantinera, todos quedaron conmocionados al cercionarse de hasta dónde llegaba la mezquindad de aquel que ahora hacía leña del árbol caído y veía cumplido uno de sus mayores anhelos: acabar con la vida de aquella desvergonzada, aquella atrevida; la rata que vino de las Américas para poner en entredicho su honor y su autoridad.

Los lectores amantes del final feliz esperaréis con ansia que la Ti Dominica hiciera otra muesca más sobre su ajado cinturón de piel de vaca en honor al frío del invierno.

Pero la realidad es que para cuando su sobrino Godofredo hizo acopio de valor y tumbó la puerta, la mujer ya estaba en el Otro Mundo, brindando con orujo del bueno con los suyos —los del campo de maíz, los revolucionarios, los que la acogieron en tierra extraña, los que la añoraban desde el cielo— sin verter ni una sola gota sobre el mostrador; donde San Pedro le servía hasta colmar el vaso sin pedir nada a cambio. A fin de cuentas, cada uno disfruta del cielo que se imagina.

Purasangre es soledad. Purasangre es tristeza, silencio y miedo. Pero también fuego
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La Tí Dominica by Marié Campos Álvarez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en https://mariecamposalvarez.com/purasangre/.
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El murmullo de la presa

El murmullo de la presa

Una historia de Hueste de ánimas, caballos, agua y amor del bueno

Como sabrás, este año me presenté al II Certamen de relatos de la Asociación Calechos de Babia y Luna (y tuve el honor de haber sido premiada, como en el certamen anterior). Me he estado esperando todo este tiempo a compartir el relato contigo, porque ¿se te ocurre un momento mejor que la Noche de las Ánimas para vivir el miedo de la Güestia en tus huesos? Todo empezó al leer este artículo. Lo demás ya, es historia…


La noche de la historia que voy a contarte se presentaba cálida. Con total probabilidad era una de esas tres noches del año en las que una podía ir en camiseta de manga corta. Al menos, en Mallo, era así. Pero a Leonor no le importaba el calor, y mucho menos el frío. A sus dieciséis años, toda ella era un volcán en erupción desde que David le diera su primer beso en la boca (con lengua). ¡De eso hacía ya dos noches! Fue allí, en “lo oscuro”, cuando nadie les echaba en falta. A partir de aquel instante, todo su ser estaba pendiente de cada movimiento del chico. Desde su sonrisa hasta la manera de colocarse aquella melena rubia de hipster barbilampiño por detrás de las orejas.

―Leonor, ¿cogiste el cojín? ―preguntó su prima Adela al verla salir de casa ―ya sabes que luego estás tres días quejándote de que te duele el cuello. Pareces una vieja quejica. ―bromeó mientras se colocaba una manta vieja al hombro.

―Que sí, pesada. Y otro para tí. Que sin cojín, roncas y no dejas hablar. ―respondió Leonor con tono burlón.

―Si tu ya no hablas. Sólo le das a la lengua, pero de “otra manera” ―musitó Adela.

Leonor abrió los ojos con total gesto de indignación

y Adela salió corriendo para evitar la represalia de su prima. Entre risas y aspavientos, llegaron a la altura de la comitiva. Toda la juventud y algún que otro mayor, entre ellos los padres de Leonor, se dirigían a oscuras en una procesión desordenada al “Prao Dometila”. Era un pequeño prado junto a la carretera, situado a un kilómetro del pueblo y arropado por unos cuantos avellanos. Su dueña hacía varios eones que estaba en la Gloria del Señor. Así, que desde las alturas, Dometila no podía quejarse del nuevo uso de la propiedad.   

Los mayores habían acordado hacer una queimada entorno al fuego y el padre de Leonor iba a ser el maestro de ceremonias. El hombre estuvo un año entero recitando el Conxuro para aprendérselo de memoria y era la ocasión ideal para lucirse. Aunque, con lo blanco de piel que era, casi que lucía con luz propia en la oscuridad de la carretera.

Mientras unos acababan de colocar la leña para prender la lumbre, el resto se distribuía alrededor de los tizones y ceniza de otras noches. De esta manera, tapizaban con sus  mantas el verde del prado y daban vida al silencio de la oscuridad con chistes, ocurrencias y anécdotas de los vivos y de los que pasaron a mejor vida.

En esta ocasión, con el motivo de la Queimada, los derroteros apuntaban a historias de miedo,

de esas que tenían caras o nombres de conocidos y familiares. Todos tenían una en la recámara y esperaban su turno para contar la suya. 

―¿Te sabes alguna? ―preguntó David mientras le acariciaba la mano con disimulo.

―Ya contaron la que me sabía ―respondió Leonor. ―Además, no es un tema que me apasione. Prefiero hablar de otras cosas.

―Pues yo me sé una cojonuda. ¡Ya verás! ―aseguró él, con un brillo en la mirada fuera de lo normal.

Leonor le sonrió y se sorprendió al ver que, en ese aspecto, él todavía parecía un guaje. Así, que David se dejó llevar por las historias de miedo y poco a poco fue dejando de acariciarla. La gota que colmó el vaso vino de la mano de su propio padre cuando comenzó a recitar el Conxuro. Aquellas llamas azuladas hipnotizaban al “su David” y al resto del grupo y ella, sin embargo, permanecía fuera del embrujo con el ceño fruncido.

«¿Será posible? »pensó mientras apretaba el cojín con la mano abandonada. «Éste está pasando de mí como de la mierda. A ver si mi padre acaba ya con ese maldito refilacho lleno de mouchos, coruxas, sapos e bruxas y nos centramos un poco.»  

Acabada la queimada, Leonor esperaba con impaciencia su dosis de atenciones, pero lejos de colmarlas, David aprovechó para contar su historia de terror. 

―Esto que voy a contaros sucedió a un par de pescadores que acamparon de noche en la orilla del pantano. ―comenzó en tono serio ―Me lo contó un amigo de mi padre, y os juro por mi vida que aquel paisano no decía tonterías ni pretendía tomarme el pelo. Todavía recuerdo cómo se le ponían los pelos del antebrazo como escarpias al contármelo. 

Leonor jamás había visto a David de esa manera. Cogió el cojín y lo abrazó, olvidando por un momento su indignación por no ser el ombligo del mundo para el “su David”.

―Montaron la tienda a orillas de lo que era el pueblo de Oblanca. Estaban seguros de que allí pescarían unas buenas truchas y fueron preparados para pasar la noche.  Cuando ya tenían todo el tenderete de la pesca montado, estuvieron un buen rato esperando a que picaran, pero las truchas no aparecían. 

Estaban a punto de meterse a dormir en la tienda de campaña, cuando uno de ellos escuchó una campanilla. Los dos se miraron, sin saber bien qué podía ser aquello. ―contaba David al tiempo que se preparaba para la parte escabrosa. 

Todos le escuchaban con atención mientras se pasaban el cacín lleno de orujo quemado. Cuando le llegó a Leonor, aprovechó para calentarse las manos y beber a sorbines. Casi a escondidas, acabó bebiéndoselo todo antes de que su padre la cazara infraganti. Al fin y al cabo, su padre era muy marchoso, pero no dejaba de ser su padre.

―Entonces, ―prosiguió David ―el más veterano pensó que sería alguna campanilla de aviso colgada de una tanza extraviada. Era la única explicación que se le ocurrió en aquel momento. Pero… ― David hizo una pausa ― ¡Ostre!, es que sólo de contarlo, se me ponen los pelos de punta a mí también.

―Venga, sigue, ¡No nos dejes así! ―espetó Adela ―¡Has conseguido que no me duerma! 

Todos rieron a carcajada limpia, y tras unos segundos (que a Leonor le parecieron eternos) consiguieron volver a centrarse para escuchar a su recién estrenado novio.

―Bueno, ―dijo David entre sorbo y sorbo del cacín, sin perder la tensión ―resulta que la campanilla volvió a sonar, pero ese sonido se iba acercando cada vez más y más hacia el lugar donde habían acampado. Entonces, cogieron las linternas comenzaron a gritar “¡Quién anda ahí!”.  

Sólo obtuvieron el tintineo como respuesta.

Se hicieron con un par de palos y uno de ellos comenzó a cagarse en Dios y en todos los muertos del que anduviera haciendo el tonto con la campanilla. Entonces, la campanilla comenzó a sonar con furia, como si aquellos cagamientos hubieran dado en la diana. Y así, como comenzó a tintinear, dejó de hacerlo. Los pescadores, ambos con la cara desencajada, se giraron con la intención de recoger el tenderete cuando, de repente, unas luces blancas comenzaron a brillar en el fondo del agua. En vez de salir corriendo, los dos pescadores se quedaron petrificados. Entonces, en la orilla del pantano comenzó a escarcharse y pronto sintieron cómo su aliento se transformaba  en vaho.

«¡Ay, por favor, David! ¡acaba ya!» suplicó Leonor para sí. Sin darse cuenta, estaba tan metida en la historia de miedo que ni siquiera todas las queimadas del mundo podrían hacer que entrara en calor.

―En ese instante, comenzaron a emerger en la orilla, una detrás de otra, siete figuras fantasmales vestidas de blanco. Iban en fila. La primera de ellas portaba una campanilla y ocultaba su rostro con una cofia de monja. Después, vieron pasar a un hombre cojo y demacrado, una mujer huesuda semidesnuda con un bebé inerte en brazos, dos niños pequeños flacos como galgos, con una vela en la mano y por último, el más siniestro de todos: ―dijo David, dejando sentir la tensión en su voz ―un reo esquelético maniatado que arrastraba las cadenas de los grilletes en sus tobillos desollados.

Güestia d'ánimes
Güestia

Con el sonido de la campanilla y las cadenas de fondo, poco a poco se acercaron a los pescadores. El más novato de los dos se arrodilló y comenzó a rezar con los ojos cerrados a todos los santos y nombres de Virgen que se sabía, mientras que el otro permaneció helado,  presa de aquel embrujo e impotente ante el avance de la monja y su séquito.

Cuando lo alcanzaron, la monja le tiró de la manga para hacer que se inclinara y le susurró “Andai de día que la nuechi ye mía” al oído.

Monja de la Güestia, la santa compaña o la Hueste de ánimas
«Andai de día que la nuechi ye mía»

Aquel refilacho le puso todos los pelos como escarpias. Después, la monja lo soltó y siguió caminando. Tras ella, los otros siguieron a la monja en su caminar y sólo uno de los niños se paró a su altura. A la luz de la vela, el pescador vio las marcas de quien muere ahogado en la tez azulada del niño. Con un gesto vacío, sin ánima, el pequeño le dió al pescador la vela que portaba y prosiguió su marcha. Cuando el pescador se giró, perdió de vista la procesión. De la comitiva, sólo quedó el olor de la cera quemada… 

―¿Y entonces qué? ¿no los mataron? ―exclamó Adela ―¡Vaya porquería de historia de miedo!  

―Déjale acabar, estúpida ―saltó Leonor, como un resorte. 

―Adela, el amigo de mi padre me dijo que uno de ellos vivió para contarlo. Pero al otro pescador lo echaron a faltar al cabo de siete días. Lo encontraron flotando boca abajo en el río Luna, con la vela en el bolsillo. 

―Ya, ¡claro! y el otro pescador, el novato, ¿qué? 

―Pues parece ser que en un principio acordaron no decir nada del tema, por no quedar de locos. Pero tras la muerte de su amigo, comentó lo sucedido a la policía y a sus allegados. Las pruebas forenses sólo apuntaron que la muerte podría haber sido un ataque en el corazón mientras pescaba. Pero algunos, los más ancianos del lugar, recuerdan que en los alrededores de Oblanca, antes de la inundación de los pueblos, ocurrió un episodio similar. Aseguraron que aquella procesión tan macabra era nada más y nada menos que la Hueste de ánimas. Dicen que el superviviente se salvó porque se lió a rezar como si no hubiera mañana y no miró para ella, pero el otro acabó, como dije, muerto en el río.

Adela ya no decía nada y los demás, tampoco tenían nada que lo pudiera superar. Con aquella historia  de miedo, David había conseguido calar hasta los huesos de los allí presentes y la queimada ya ni siquiera estaba caliente. Algunos decidieron alargar la noche y otros optaron por recogerse.

―Adela, ¿nos vamos? ―preguntó Leonor.

―Pues sí, pero convence a David para que nos acompañe. A mí no me pilla la Hueste ésa contigo, que tú seguro que sales pitando y me dejas tirada. ―bromeó Adela mientras se incorporaba.   

―A ver si te agencias novio tú también,  que parece que lo compartimos, guapa ―contestó Leonor, más en serio que en broma. 

Las dos primas y David intentaron iluminar lo que quedaba de camino a casa con el flash del móvil. También intentaron aclarar la mente con temas de conversación algo mundanos para ir borrando el mal cuerpo que dejó la historia de la Hueste. La oscuridad era absoluta al pasar bajo el puente de la autopista. Cuando no pasaban coches, cualquier ruido se magnificaba entre los muros del puente y para evitar sustos, las chicas siempre hacían aquel tramo corriendo. Pero esta vez, David iba con ellas y había que mantener la compostura.

Leonor y David dejaron a Adela en su casa y al llegar a la puerta de Leonor, David la cogió de la mano y le dió un beso de esos que resucitan a un muerto. Pero Leonor no estaba muy motivada. Parecía estar más pendiente del cantar de los grillos de la huerta de enfrente, del sonido del agua de la presa que la regaba esa semana o del aroma dulzón de la madreselva que crecía bajo su balcón.

―Ahora si me tocas, ¿eh? ―musitó Leonor tras el beso. Sus cejas arqueadas estaban tan tensas como su conflicto interno. 

―Claro, no iba a hacerlo en el Prao Dometila, delante de tus padres, tus tíos, tus primos y el perro de tu abuelo.

―Ya, pero… ―Leonor miró al suelo, enfurruñada. No quería confesarle lo insegura que se sentía cada vez que él no la miraba ni la acariciaba.

―Mañana, en la fiesta de Abelgas, nos escaparemos un rato y recuperaremos el tiempo, ¿vale? ―propuso David levantando tiernamente la barbilla de Leonor.

Cuando él hacía eso, Leonor perdía fuelle y todo le parecía bien. Sólo era capaz de sonreírle. Él la abrazó de tal manera que Leonor podía sentir su fuerza. La misma fuerza que provocaba oleadas de lava candente en todo su cuerpo.

―Vale ―dijo Leonor. Sonrió antes de darle un beso y se metió en casa.

«A ver quién duerme ahora con este calentón.» pensó ella. Como además, la queimada le había dado sed, fué a la nevera y se sirvió un té helado, a sabiendas de que luego le costaría conciliar el sueño; pero era una imperiosa necesidad.

Una vez ya en la cama, el murmullo del agua de la presa enmascaraba cualquier ruido desagradable.

Incluso el sonido de algún coche descarriado de la autopista a altas horas de la noche. Y eso le encantaba.

Horas más tarde, Leonor oyó entrar a sus padres por la puerta. En efecto: la teína estaba haciendo de las suyas y no consiguió coger el sueño profundo, por lo que a la mínima se despertaba. Cuando la pareja dejó de hacer ruido en el baño y cuchichear para no despertar a su hija, el silencio volvió a la casa, y de nuevo el agua de la presa volvió a ser la protagonista. Casi a punto de coger el sueño por los pelos, Leonor escuchó algo más. 

«No puede ser.» pensó mientras trataba de tragar saliva. Pero su boca estaba hecha de estropajo. «Por favor, que no sea la campanilla ni las cadenas. Es sólo una estúpida historia de miedo.»

Pero sí. La campanilla sonaba arrítmica y las cadenas avanzaban a trompicones, tal y como lo hubiera hecho un maldito fantasma con grilletes en los tobillos unidos entre sí por una pesada cadena. Ya no había lugar a dudas: se aproximaban a su balcón. Cogió la manta por instinto y se tapó hasta la nariz. 

«Si no les miras, si no les escuchas, si no les coges lo que llevan en la mano, no te pasará nada.» Se repetía a sí misma de manera compulsiva, con la esperanza de que la Hueste  pasaría de largo sin consecuencias.

Pero las cadenas, en vez de proseguir su camino entre su casa y la huerta, se detuvieron justo debajo de su balcón. 

―Dios te salve, María. Llena eres de Gracia. El Señor es contigo. Bendita tu eres ent… ―comenzó a rezar a toda velocidad bajo las sábanas con los ojos cerrados, al tiempo que el vello se le erizaba como un gato. 

―¡Ay, mi madre!  ¡están moviendo la madreselva! ―dijo con un nudo en la garganta. Carraspeó y siguió hecha un ovillo. Las manos y los pies se le habían helado y en su mente sólo había una constante: ¡seguir rezando! ―Creo en Dios, Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra… ―entonó una nueva oración, pensando que quizás fuera más potente que la anterior.

―¿Quién anda ahí? ―gritó su padre desde la habitación de al lado.

Pero como en la historia de miedo, sólo hubo un tintineo por respuesta.

―¡No papá, no salgas, no levantes la persiana! ―gritó Leonor  desde la cama, inmóvil.

―Estos se van a enterar, Lola. ¡Ya verás! ―oyó Leonor al otro lado de la pared. 

Después, escuchó los pasos de su padre dirigirse hacia la puerta de la casa y la lava que le recorría el cuerpo unas horas antes, erupcionó en un arranque de  valentía. No podía permitir que nadie le hiciera el más mínimo daño a su padre. El hombre que más la quería en el Universo. Aquel que, hiciera lo que hiciese, siempre le dedicaba su amor incondicional.

Se levantó con una determinación inusitada, dispuesta a pararle los pies a su padre, pero fue demasiado tarde. La puerta de la calle estaba abierta de par en par y él ya había salido. Recorrió el pasillo a zancadas, con el corazón en un puño, sin saber qué se encontraría al atravesar la puerta.     

―¡Papá, por Dios! ¡Vuelve, no hables con ellos, no los mires! ¡No les cojas nada! ―gritó con todas sus fuerzas desde la seguridad del quicio de la puerta. Pero no obtuvo respuesta. ―¡Espérame papá! 

Otra oleada de valor la invadió y se decidió a salir.

Al girar la esquina y mirar hacia la calleja que separaba su casa de la huerta, abrió los ojos como platos. De la oscuridad de la huerta, una figura blanquecina con vela encendida en mano se dirigía hacia ella. De su padre, no había ni rastro. Con suerte, el hombre recordaría la estrategia del pescador superviviente y estaría agazapado rezando al ver la Hueste de ánimas.

la vela de la GÜestia
No les cojas nada

Pero… ¿y si no era así? ¿y si aquellos seres fantasmales habían conseguido su propósito? El pensamiento de encontrarse a su padre flotando boca abajo le aceleró el corazón. Sin darse cuenta, comenzó a respirar de manera entrecortada, hasta que al final, un nudo en la garganta casi le nubló el juicio.

Punto por punto, la historia de la Hueste se iba cumpliendo ante sus ojos y ella no estaba haciendo nada para impedirlo. Era el momento de actuar. 

Leonor cogió un canto del suelo y lo sopesó.

―Si el PadreNuestro no hace nada,  probaremos con una maldita piedra contra ese  espectro del demonio. ―se dijo antes de tirarla.

Con una puntería absoluta, la piedra dió justo en la cabeza del espectro y éste emitió un chillido escalofriante que rajó la tranquilidad de la madrugada. 

Lejos de huir, el espectro siguió avanzando hacia Leonor, y ésta, tal y como predijo el relato de David, quedó paralizada.

A medida que el espectro se aproximaba, comenzó a reconocer sus andares. Entonces, el miedo soltó la mordaza que la inmovilizaba y dejó paso a otra sensación no menos apabullante. Esta vez, serían el estupor  y la vergüenza los que dejaran fuera de juego a Leonor. Sin salir de su asombro, se limitó a observar cómo la blanquecina figura de su querido padre, con pijama blanco y pedrada sangrante en la calva incluída, volvía de entre las tinieblas de la noche. 

―Leonor, ¿pero qué narices haces? ¡¿Me querías matar o qué?! ―gritó su padre hecho una furia.

―Papá lo siento, ¡perdóname! ―suplicó Leonor, casi en shock ―es que creí que eras el reo de la Hueste de Ánimas.

―¡Me cago en Ros! ¡Qué reo ni qué niño muerto! ¡tú sí que tienes una pedrada en la cabeza!  ¡Ven aquí! ―le ordenó desde la penumbra. 

Leonor no tenía ninguna intención de seguir en pijama por la calle, y menos con el enfado que llevaba encima su padre, pero cualquiera le llevaba la contraria. Vista la indecisión de su hija, Paco fue hacia ella, la cogió de la mano con fuerza y casi la llevó a rastras para enseñarle lo que había camino abajo. La vela apenas alumbraba, pero Leonor pronto descubrió el causante de todo.

―¡Míralo! Es el semental de Pepe el de Felipe. ―le explicó su padre mientras se palpaba con cuidado la herida de la cabeza ―Lo espanté hacia el prado más cercano para que nos dejara dormir. Creo que consiguió saltar el pastor eléctrico incluso con las cadenas en las patas y andaba bebiendo del agua de la presa. Con la fogatina que hizo hoy, no me extraña. 

El caballo los miraba, ajeno al episodio rocambolesco que había tenido lugar aquella noche por su culpa.

―¡Hija! ¡¿estáis bien?! ―preguntó su madre muy preocupada desde el principio del caminito, con una linterna en la mano.

―¡Sí, Lola! ¡me dí con una rama en la cabeza! ―mintió su padre. ―Vamos para casa. Era sólo el caballo de Pepe el de Felipe.

Al llegar a casa, su madre la abrazó y la escrutó de arriba abajo. 

―Leonor, estás rara. Te noto cambiada. ¿Se puede saber qué ha pasado ahí fuera?

Leonor respiró hondo y trató de ordenar las ideas en su cabeza. Los momentos de tensión se reproducían como flashes, pero su madre insistía con  su mirada de inquisidora y esperaba una explicación.

En ese impás, oyó de nuevo el murmullo del agua en la presa y lo supo. Miró a su madre con una seguridad aplastante y dijo: ―No sé muy bien cómo explicarlo, mamá; pero creo que a partir de esta noche ya no me hará falta correr cuando pase bajo el puente de la autopista de noche.

Lo que no intuía Leonor es que el murmullo de la presa se convertiría en un himno de valentía en las noches de verano; un cántico de coraje  en los momentos más oscuros. Un testigo de que por amor verdadero, ella salió de sus tinieblas para dar luz a los suyos.

Imagen de Helmut Strasil en Pixabay


FIN

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El murmullo de la presa by Marié Campos Álvarez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.

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7 leyendas norteñas de verano

7 leyendas norteñas de verano

Avance de las próximas entradas

Venga, confiésalo. Ya pensabas que este blog iba a ser de esos que molan durante un tiempo y de repente dejan de tener artículos nuevos… Va a ser que no. Al menos hasta que me responda la salud y no sucedan cosas de fuerza mayor, aquí el entusiasmo sigue intacto. Por eso he decidido hacerte un avance de las próximas entradas, para quitarte esa idea de la cabeza.

Soy Xena, la princesa guerrera
Como la princesa Xena, preparada para la batalla. (Imagen de Giphy)

Como tengo tanto en el zurrón, he creído oportuno escribir lo vivido durante estas vacaciones sin WIFI en Mallo de Luna, cual redacción de colegio a la vuelta del periodo estival. Pero en plan guay. Porque aquello lo hacíamos por obligación, y yo, sin embargo, me muero de ganas de contarte todas las cosas increíbles que me han pasado. Voy a ir escribiéndolas poco a poco porque lo cierto es que he tenido (y hasta la vuelta al cole seguirá siendo así) un par de obligaciones a tiempo completo que no me han dado tregua. Empecemos:

Fui una cenicienta ástur en Astúrica Augusta

Viajar en el tiempo es posible. Sólo déjate caer por Astúrica Augusta el último fin de semana de julio y lleva las ganas de disfrutar y pasarlo bien. La asociación de Astures y Romanos de Astorga hará el resto con su magia y con sus recreaciones históricas.

A mí me gustó tanto que en cuanto pueda, me voy a hacer socia para volver el año que viene a disfrutar con nocturnidad y alevosía, y no como este año, que tenía hora de vuelta para dormir a las mellizas, como la cenicienta.

una astur en astures y romanos de astorga
No. No había ni una foto en la que no saliera haciendo el lelo.

Me dí un paseo por las nubes de los Ancares

Sabes que estás viviendo un momento especial cuando no te hace falta nada más que sentir el momento. Aún así pensé en vosotros y saqué el móvil en plena irrupción del banco de nubes más guapo que haya visto jamás. Si a eso le sumas una BSO mítica, como la de Juego de Tronos, pues oye, la escena va directa al cajón de cachitos memorables de tu vida en el cerebro.

Ojo, que me pongo mística. Aunque no lo parezca, me da un poco de reparo compartir estos pensamientos a palo seco…

Visité Pueblos excepcionales, como Balouta (Léon) o Piornedo (Lugo), donde las pallozas todavía tienen mucho que decir. Comí hasta desabrochar el botón del pantalón, a riesgo de que se me cayeran por el camino, y me quedé con ganas de llegar al Cuadro, un paraje en lo alto del puerto de Ancares, que se sospecha pudo ser un campamento romano.

El Castro de Chano me ocultó sus secretos…

Situado en el valle de Fornela, en los Ancares Leoneses, el castro de Chano presenta un estado de conservación excepcional (dejando a parte la polémica de cómo «reconstruir un castro»). Peeero, tengo que volver. Me ocultó sus secretos más interesantes, ya que el centro de interpretación del castro estaba cerrado por descanso del personal. Aún así me veo en condiciones de contaros unas cuantas cosas del castro que os dejarán pensando en mitos e ideas preconcebidas que arrastramos sobre los astures.

Castro de Chano, León. Esta foto la saqué con mi móvil, no está mal, eh?

Te contaré 5 razones por las que deberías visitar la Ribeira Sacra.

Que en Galicia se come genial, no es ningún secreto. Desde luego es sólo una de las 5 razones que tengo pensado desarrollar. Te contaré qué es lo que hace excepcional este rincón gallego lleno de encanto natural e historia. (Historia apasionante de verdad) ¿O es que no habíais oído hablar de los Irmandiños y su revuelta?

ribeira sacra
No es Irlanda. Esto está en Galicia: Paraje de los molinos del río Xábrega

Descubrí una mujer de leyenda. ¡En mi propio pueblo!

Voy a esforzarme por contártelo en un relato de regusto fuerte y amargo, como los buenos licores. A mí me lo contó mi abuela, y también mi madre. No podía dejar de apuntar detalles de una biografía de película, de una mujer de rompe y rasga. De esas que levantan pasiones y odio por partes iguales. No sigo haciendo Spoilers que luego os quejáis… Sólo dejaré una imagen que habla por sí sola.

mujeres fuertes
María Gómez me sirve de modelo para imaginarme en persona a esta señora de armas tomar.

La montaña «vaciada» todavía puede hacer mucho ruido.

Tuve el grandísimo honor de ser invitada por la asociación cultural y deportiva «Fuente de Omañón», para compartir con ellos mis inquietudes acerca del pasado, el presente y el futuro de los pueblos de la España vaciada, y más concretamente de la montaña leonesa. Además, empecé a contarles mi vida literaria, menos mal que se hizo de noche y me di cuenta a tiempo… jajaja!

De la charla me llevo unas cuantas lecciones de cómo un grupo de personas deja de lado el victimismo y se pone las pilas para sacar adelante iniciativas culturales que levantan a todo un pueblo. ( y una taza súper chula, a parte de un par de libros de Cuatrovalles que valen su peso en oro)

De paso descubrí el alucinante pasado de una comarca, Omaña, surcada por las aguas de ríos auríferos; Astures y romanos marcaron el ritmo en sus orillas a golpe de batea…

omañón
La espadaña solitaria de Omañón, típica de los pueblos de esta comarca, es seña de identidad y motivo de orgullo vecinal. (Foto de wikipedia)

La última niña que fue a la hierba

Oye, ¡no me diréis que no tiene pinta de título best-seller! Ya estoy terminando este avance de las próximas entradas, pero quería hacerlo a lo grande. Qué ganas tenía de tocar esta fibra… y es que hacía mucho tiempo que no iba a mi pueblo en julio, el mes de ir a la hierba por excelencia en la montaña leonesa (y por extensión el en resto del Noroeste Peninsular).

Tediosa, cansada, sacrificada… ir a la hierba se convertía en una tarea vital para pasar el invierno, pero en la época de más calor del año. Todo aquel esfuerzo movía a familias enteras y de ese movimiento salían las mejores anécdotas e historias. Historias que luego, en los meses de frío, amenizaban los calechos y filandones a base de risas y buenos momentos.

Yo fui una de las últimas niñas que vio cómo se recogía la hierba en mi pueblo; quizás sea capaz de contarte alguna de esas buenas anécdotas.

Y este ha sido el avance de las próximas entradas…

para que vayáis haciendo boca. Tengo algunas más en mente, pero todavía están por perfilar. Espero que sean de vuestro agrado y os haya dejado con ganas de más.

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La Cautiva

La Cautiva

En esta entrada comparto contigo un relato que tiene mucho de mí, de mi familia, de mi pasado. Del pasado de tantas familias que, sin quererlo, se hace presente sólo con mirar la estampa del valle del Luna. Espero que lo disfrutes, y si te gusta, comparte. Con él gané el certamen de relatos de la Asociación de Calechos de Babia y Luna: fue todo un honor.

Martes, 3 de agosto. 

Hoy desperteme de nuevo en esta cama tan grande. No sé cómo llegué aquí esta vez. Estaba rodeada de telares y en la mesita había unos cuantos frascos de medicamentos y un termómetro. Quizás lo que llamome más la atención fué una fotografía que había colgada en una de las paredes. En ella salían un hombre y una mujer vestidos como un pincel. Ella de negro, como las novias de antaño. Él, repeinado y de gesto serio. Me levanté como pude para observarlos y ella se parecía mucho a mi. ¡Qué cosas, oye! Igual era pariente mía y yo sin saberlo.

Entonces oí un ruido y me apresuré a encamarme. Ya estaba otra vez aquí la bruja Espigada que no hacía más que taparme las piernas y darme friegas en ellas. Y da igual que le diga que no me las toque porque me mancan. No. Ella viene todos los días a darme la friega con ese alcohol de romero que apesta. Estoy segura de que eso es lo que hace que me manquen y se me hinchen. Así no puedo andar ni correr y me tienen presa en esta casa del demonio.

Hoy venía más arreglada de lo normal. Por norma general lleva el pelo corto, canoso y tiene la cara llena de arrugas alrededor de los ojos y la frente. Pero hoy cascó algo de crema que le daba lustre a la cara, y parece que pintó el ojo con algo de azul. Por primera vez en muchos días, iba bien peinada y no como si acabase de quitar el pañoleto de la cabeza. Ahora que lo pienso, debe tener unos sesenta años. De complexión delgada, debió ser buena moza en sus tiempos, pero como ya estaba entrada en años se le fué poniendo el lomo redondo, como los perros viejos. 

Yo no sé si cuando llegue a esa edad me podré igual. De momento, con dieciséis años voy tirando. Mi madre siempre me dice que tengo el pelo muy graciosín, y se me hacen unas ondas muy guapas, sin necesidad de tenacilla. ¡La extraño tanto! ¿Dónde estará? ¿Cuándo me dejarán salir de aquí para ir a verla? ¿Y mi padre? Espero poder escapar de aquí tan pronto como se descuiden. Todavía no me han visto en acción esas dos. 

Porque esa es otra; la bruja “Hormiguina” es para dar de comer a parte. Esta está menos en casa, pero cuando entra para vigilarme, no para de darme voces, como si estuviera sorda. Por si fuera poco, tiene las manos retorcidas como raíces de los árboles y de vez en cuando se echa el alcohol de romero en ellas, así que apesta  también. No veo la hora de perderlas de vista a las dos.

Miércoles, 4 de agosto.

¡Hoy tengo una gran noticia! Por fín se situarme, estoy convencida que me tienen presa en una casa en Mallo.  Reconozco la calle, no hay duda. Aquel portón que veo desde la ventana me suena una barbaridad y estoy segura que es el que pienso que es. ¡Ay Dios mio! ¡Se me hizo la luz! Así la huída va tomando forma en mi cabeza. Hoy mismo comenzaré a urdir un plan para escapar.

Bueno, por lo demás, vino la bruja Espigada a hacerme el ritual de siempre en las piernas y a darme las medicinas. La verdad es que insiste a más no poder, y mira que yo le digo que a mi no me hacen falta. Pero es implacable. Aunque he de confesar que me siento algo mejor de las piernas al cabo de un rato.

Luego se maravillaba porque a mi el apetito no me falta. A veces pienso que es tonta. ¿Cómo me va a faltar? ¡si estoy en la flor de la vida!Tengo mucha paciencia con ella, la verdad. A veces se me acaba le doy cuatro gritos bien dados, para mantenerla en el sitio. Entonces, se atufa toda y marcha. Siempre se le empañan los ojos cuando lo hago, no se si tiene cataratas o le afecta que me ponga guerrera. ¿Y qué voy a hacer? una tiene su genio también. Bastante bien me porto para lo que me están haciendo. 

La bruja Hormiguina entró en la habitación tras hablar con la otra en el pasillo. Hoy venía realmente cansada, apenas sí podía andar con la espalda erguida. En ocasiones me pregunto cuántas gavillas habrá cargado ese lomo para acabar así. Y si hablamos de las manos, no lo quiero ni pensar. Prácticamente parecía que se le habían quedado atrofiadas de empuñar la guadaña  o la forca. Ella vestía como un hombre porque siempre cargaba con las tareas más duras del campo y resultaba más práctico. A diferencia de la Espigada, no era de arreglarse mucho. Siempre había algo por hacer más importante que eso y de ahí le vino el título de “hormiguina”.                                                                                       

En fin, vino para decirme que mañana venía el médico a visitarme. Con un poco de suerte consigo que me dejen a solas con él. Podría ser mi oportunidad de conseguir escapar de este encierro. Tendré que ingeniármelas para que me ayude a salir de aquí.

Jueves, 5 de agosto.

¡Virgen del Cuartero! hoy hizo fuego. Menos mal que de noche refresca. Esta mañana vi pasar desde la ventana varios carros llenos de hierba. Pareciome muy extraño ver que hicieron formas cuadradas para amontonarla en vez de los haces de siempre. Estos de Mallo siempre me pareció que iban por libre. Entonces, intenté hacerme ver desde la ventana, pero con el ruido que esa máquina del demonio hacía al arrastrar el carro, no hubo manera. Luego ví que la bruja Hormiguina iba montada en la máquina y desistí.  

Después de comer vino el médico. Antes, pasó la bruja Espigada para acicalarme un poco. Lavome bien, de pies a cabeza. Quedé limpia y aseada. A decir verdad cada poco me hacía un buen repaso. En verano se agradece. En invierno, si sigo aquí, voy a decirle que no hace falta tanto jabón que una se constipa con el pelo húmedo.

Cuando entró el médico me auscultó y me miró las piernas. Parecía satisfecho. 

―¡ Rosario! ¡Esto cada vez va mejor! ― me gritó. Otro listo que se piensa que estoy sorda. Empecé a plantearme si estaba compinchado con ellas. Aún así me arriesgué y le dije algo que no podía ignorar. Tenía que ayudarme sí o sí. Me inventé que esas brujas me apagaban cigarros en la piel y le pedí que me sacara de allí cuanto antes. Pero no coló. Claro. No calculé que me iba a hacer una revisión completa, y de quemaduras no había ni rastro. Le puse dramatismo, ¡lo juro! pero no hubo manera. Eso sí. Ellas reaccionaron como si las hubiese matado. Las dos lloraban desconsoladas ante tal afirmación. ¡Pues ya ves tú! ¡que me dejen salir a solas y entonces no tendré que inventarme nada! Bueno, fué un día muy intenso. Mañana espero que se me dé mejor.

Viernes, 6 de agosto.

Mira que hay días que se repiten. Hoy hubiera sido uno de esos días sin pena ni gloria, de la cama al pullero y del pullero a la cama. A veces si se tuerce la cosa, salgo acompañada, como siempre, a que me dé el aire al patio. Pero oye, ¡¿que no se descuidan ni un segundo?! Qué fácil hubiera sido salir como alma que lleva el diablo,  de no ser porque la Espigada no me quita ojo de encima. Iba a decir que parecía un día más, pero hoy recibí una visita de una rapacina de unos doce años. Vestía pantalonines cortos y camiseta de manga corta. Además, venía negra como un tizón. ¿Pero no tendrá madre que la guarde del sol? Díjome que era Maribel, la de María. Yo no tenía ni idea de quién era ella y mucho menos la tal María, pero me hice la enterada para que me dejara tranquila. Cada vez chillábame más para hablar y se me ponía loca la cabeza de tanto grito. Como la vi un poco flaca, le dije a la Espigada que le sacara algo de chorizo y un poco de pan a la rapaza, no fuera a ser que tuviere hambre. Entonces me dijo a gritos, cómo no, que la rapacina había venido desde Santander, y estaba aquí para pasar el verano. Al final no quiso comer nada y marchó. Estos guajes de hoy en día no sé cómo van a crecer si no comen. Mira que insistimos la Espigada y yo, pero no quiso. Bueno, quien da lo que tiene no está obligado a dar más. ¡Cuánto hubiera dado por marchar con ella calle abajo, sin mirar atrás, para volver con mis padres a las Ventas de Mallo! No me resigno. Tarde o temprano volveré a casa.

Sábado, 7 de agosto. 

Mi plan de escapar va avanzando. La bruja Hormiguina guarda siempre las llaves de noche dentro de casa, en el mismo sitio. Y por el día, las deja puestas por fuera, en la puerta. En cuanto se descuiden, me levanto y las escondo. A decir verdad, el hecho de que piensen que no me entero de las cosas está jugando a mi favor. 

Dentro de nada serán las fiestas de Abelgas. El año pasado subimos la juventud de las Ventas y de Mallo por el monte, atravesando el Cuartero, para echar unos bailes en San Roque. ¡Prestome tanto el camino! ¡Cuantas canciones, cuánto baile chano! y ¡hay que ver lo guapo que está el Cuartero  en verano! Este año, pienso escaparme a tiempo para ir a la fiesta. A ver si dejan de mancarme estas piernas y acabo con este cautiverio.

Hoy tengo antojo de trucha. Ya no me acuerdo de la última vez que bajé al río a pescar con mi padre. Si se nos daba bien la tarde mi madre las hacía fritas con tocino y estaban tan buenas… ¡Cuando vuelva con él, pienso pedirle que me enseñe a pescar con la atarraya! ya está bien de ponerse a bucear por él cuando se enganche. Esa vez cambiaremos las tornas. No pierdo la esperanza, papá. Ya verás qué pronto estoy contigo.

Domingo, 8 de agosto.

¡Qué contenta estoy! ¡Por fin me hice con las llaves! Como era domingo, una marchó para misa y la otra marchó a regar el huerto y a coger unas acelgas para los gochos, y mira tú, que al final, en un descuido, dejaron la llave puesta en la puerta. No voy a mentir, me costó lo mío decidirme, porque me mancan las piernas mucho y tenía miedo a caerme por el pasillo, pero valió la pena. Las guardé en la funda de la almohada. Estoy segura de que ahí no me las encuentran. Ahora siguen buscando el manojo entre lamentos y ayes, y confieso que me entra una risa por dentro que me está costando aguantar. Esta noche no. Pero mañana marcho para casa. ¡Se acabó el cautiverio! 

Lunes, 9 de agosto.

Mi gozo en un pozo. ¡¿No tenían otro día para cambiarme la ropa de cama?! Entre la Espigada y la Hormiguina levantáronme por la mañana, aseáronme y mientras desayunaba se dedicaron a cambiarme las sábanas. Al final descubrieron mi botín y no sólo me quedé sin llaves. Ahora estoy bajo sospecha contínua y las guardan con más recelo si cabe. Me entran unas ganas de correrlas a palos calle abajo que me descompongo. ¡No es justo!¡¿Qué hice yo para merecer esto?!Y no veas qué riña me echaron. Para más Inri, se lo contaban a todo el mundo que venía a vernos, con aire triunfal, como habiendo evitado que me escapara. 

Sólo tengo ganas de llorar. Todo lo que avancé se volvió en mi contra. Hoy no tengo ganas de escribir más.

Jueves, 12 de agosto.

Estuve mala a raíz del disgusto y por eso no pude escribir. Subiome un poco la fiebre, y la verdad es que mal que me pese, estas dos brujas cuidáronme muy bien. Pero una cosa no quita la otra. Todavía no entiendo porqué me retienen. Hoy se lo pregunté a la Espigada, ya con resignación. Y la mujer empezó a decirme que si yo estaba tonta o qué, que para dónde iba yo a ir, si como aquí no iba a estar en ningún lugar. Yo cerré la boca porque no valía la pena insistir, pero esta no tiene ni idea. 

Déjame decirte, Espigada, que en mi casa de las Ventas estoy como una reina. Con la de árboles frutales que hay en la era de mi casa, nunca me faltó fruta, y mi madre siempre me llevó como un pincel con los trajes que me hacía desde que era una rapaza. Junto con mis hermanos, era lo que había que ver en las Ventas de Mallo.

¿Qué habrá sido de mi hermana Isabel la que marchó para Argentina?¿seguirá mandando cartas a casa? ¡Algún día me prestaría tanto visitarla! Espero que su suerte haya sido mejor que la mía. Jamás olvidaré la cara de mi madre al despedirla cuando marchó de casa con el maletón camino Gijón. Aguantó las lágrimas hasta que Isabel se perdió en el horizonte. Y fué entonces cuando las dejó salir y estuvo dos días llorando sin parar. Estábamos como reyes, pero eso no quitaba de querer aspirar a algo más. Cuántas maravillas contaban los indianos de Argentina. Y sinó mira qué casona se hizo el indiano de Mallo justo a la entrada del pueblo. ¡Qué techos altos! ¡Qué ventanales y qué balconada! La gente alucinó el día que le trajeron aquella bañera de porcelana. Pesaba un quintal y casi no les cabe por la puerta. Mi hermana Isabel no hacía más que fantasear con bañarse en una de aquellas bañeras según llegara a Argentina. Al final tanta bañera y tanto balcón fueron en vano. La indiana, es decir, la que se casó con el indiano allá en las américas, no aguantó los rigores del invierno y le dijo que a ella allí no se le había perdido nada. Así que tan pronto como pudieron, volvieron a hacer las maletas y cerraron la casa a cal y canto para no volver jamás. Qué desperdicio de casa. La de serenatas que me podrían haber cantado en aquellos balcones algún que otro mozo. 

Pues eso, mañana más.

Viernes, 13 de agosto.

Hoy me encuentro mucho mejor de las piernas. Parece que la medicación me está haciendo efecto. Se lo dije a la Espigada y me dijo que si quería acompañarla a comprar cuando viniese el pescadero. Me sorprendió gratamente, aunque yo me esperaba más paseo. Se ve que el hombre sabía que yo no podía andar mucho y decidió subir hasta la casa. Total, que al final crucé la calle y poco más. Aún así la gente no paró de saludarme, y eso que yo no conocía prácticamente a nadie. Algunos me sonaron vagamente, y diome mucha rabia porque luego quedo pensando de quién era aquella o de dónde venía el otro. Últimamente me pasa mucho desde que estoy aquí. ¿Será el agua de Mallo?

Por la tarde, la Hormiguina debió verme aburrida mirando para la ventana y se le ocurrió que sería bueno que me pusiera a picar berzas para las gallinas. Se ve que si hace mucho calor se estresan y comer verde les ayuda a poner más huevos. Yo de gallinas no fuí nunca. Así que le dí la razón porque no las entiendo demasiado. Sin embargo, de vacas ya es otra cosa. Desde que era una rapaza cuidé de ellas. Me acuerdo del sonido de todos y cada uno de sus cencerros. El de la Mora era el más agudo. La Paloma era la que tenía el cencerro con sonido más dulce. Y así unas cuantas. Pero sin duda, echo de menos a la Morena. Con aquella vaca me crié yo, nunca se puso brava si me subía encima, y era la más noble a la hora de ordeñarlas, porque no me daba patadas al caldero ni me fustigaba con la cola. Ella era la “capitana generala”, como decía mi amiga Micaela, que vivía en Mallo. La Morena también era la más cabra loca y así le fue (En eso nos parecemos un poco). Un día fué a saltar una de las paredes del prado donde estaban pastando y se rozó la ubre contra las piedras. Estuvo bien mala porque se le llegó a infectar, y ya nunca más volvió a dar leche como antes. ¡Cuánto lloré por ella cuando murió! 

Por cierto, estoy pensando que si vuelve aquella rapaza delgadina, la engatusaré para que me dé las llaves sin levantar sospechas. Con las piernas tan bien como las tengo ahora, la cosa pinta bien.

Sábado, 14 de agosto.

Antes lo pienso, y antes viene. Hoy apareciose por aquí la rapacina del otro día buscando a un tal Luis Miguel. Yo creo que es un rapaz que viene de vez en cuando a comer o a merendar y luego marcha a jugar por ahí, pero hoy no estaba. El caso es que ví la oportunidad perfecta que estaba esperando y no la dejé escapar. Le dije que se acercara y cuando la tuve a la altura, le susurré que me acercara las llaves de la entrada. Al principio mirome raro, pero luego fue para allá y diómelas sin rechistar. Cuando vió que el otro no estaba, marchó por donde vino. Otro día me hubiera dado envidia verla marchar y yo quedarme aquí. Pero hoy no. Porque mañana si Dios quiere vuelvo a mi casa.  Mañana es fiesta y momentos de descuido habrá alguno seguro. Tengo que disimular porque se me debe notar el alborozo que llevo dentro con sólo mirarme, y las brujas no son tontas. De hecho, me conocen más que yo a mí misma. De momento con que no se me note que fui yo la de las llaves, ya me doy por satisfecha. 

Tengo que pensar en meter algo de comer para la faltriquera, no sea que me quede por ahí tirada y no tenga nada que echar a la boca. 

Mañana a estas horas estaré en mi casa, con mi padre y mi madre y mi hermano José. Sólo con pensarlo me da algo.

¿Quieres saber cómo acaba el relato?

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También puedes adquirir el libro, pero eso es un poco más complicado. No está a la venta directa, tienes que contactar con la asociación.

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La cautiva by María Eugenia Campos Álvarez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en https://mariecamposalvarez.com/la-cautiva/.


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El hombre de la vara de avellano

El hombre de la vara de avellano

¿Sabías que…

muchas veces me baso en personas reales para construir los personajes de mi novela, Las Nieblas del Tsuna? Cuando voy en el tren de camino al trabajo, en la sala de espera del médico, en la playa, en alguno de mis viajes… cualquier lugar es bueno para pararse a observar rasgos peculiares, gestos, comportamientos característicos que después dan un toque real a los protagonistas. Pero ningún lugar como mi pueblo, Mallo de Luna , para captar la esencia de la gente de la montaña. Cuando además, encuentras canciones que te recuerdan a algunas personas, el personaje va tomando forma con mucha más fuerza. Hay una canción en concreto que me recuerda a alguien muy especial, digno de inspirar a un buen personaje.

Hay canciones… y canciones

Victor Manuel en su día escribió una que, aunque no se ajusta del todo a mi realidad, me recuerda con cariño a esa persona. De hecho me ayuda visualizarla y sentir su forma de ser a pesar de no estar con él desde hace ya algún tiempo…


«Sentado, en el quicio de la puerta,
el pitillo apagado entre los labios,
con la boina calada y en la mano,
una vara nerviosa de avellano..»

Victor Manuel

No. No llevaba boina. Nunca le hizo falta porque tenía mucho pelo. Pero, ¡cuántas veces lo vi con su pantalón de tergal de color gris verdoso y su jersey oscuro, sentado en las escaleras de la puerta de casa, con el Ducados entre aquellos dedos largos y morenos! y en la mano, aquella vara nerviosa de avellano. Su vara de avellano; era morena y esbelta como él. Esa vara ya estaba cansada de dar tantos pasos dados, pero era capaz de cortar el aire con un silbido cuando la ocasión lo requería.

Aquel hombre conducía una furgoneta Gris con mil historias entre sus cuatro ruedas. Lo recuerdo siempre a lomos de su Renault Express, con el cigarro en la mano derecha y la ventanilla bajada. Si salía del pueblo y me veía, siempre me decía: –Monta mi niña, marcho pal bar, ¿vienes? –. Por la cuenta que me traía, yo ya tenía memorizado el soniquete del motor. Al montar, descubrí que cada verano la furgoneta tenía un olor distinto ( dependiendo de si se le volcó el bidón de leche por accidente, o puso una docena de ambientadores repartidos por el techo), aunque siempre se apreciaba de fondo el buquet del Ducados. En cualquier caso, lo que se respiraba era entusiasmo por ambas partes. 

el abuelo fue picador
Era una como esta, 🙂

En el camino hacia el bar …

del pueblo vecino, entre curva y curva, no había demasiada conversación. La forma de conducir de este hombre tenía un puntito intrépido que le daba emoción a la travesía. Digamos que la carretera era suya. A mi me entretenía ver sus movimientos al volante: gestos mecánicos entre caladas del cigarro de tabaco negro, y de vez en cuando, una miradita de complicidad. No llevaba la radio encendida. El único sonido que se oía era el quejido de la estructura de la furgoneta al pasar por uno de los cien mil baches de la carretera.

bar el ventorrillo
La terraza del bar

Ya en el bar, siempre se pedía un café y se encendía otro cigarro, con calma, como si fuera un ritual. En realidad yo tengo la impresión de que no fumaba tanto, más bien creo que le gustaba aburrir al cigarro. Entonces, siempre le preguntaba a mis tías, las dueñas del bar, qué había de golosina con premio «pa’ la rapaza». Al final siempre caía un Palote o un Phoskito. El año que daban cordones fosforescentes para las zapatillas hicimos muchos viajes al bar del Ventorrillo. ¡Cómo recuerdo cuando me anudaba los cordones a la muñeca, con el pitillo entre los labios, dibujando una sonrisa. ¡Cuanta ilusión en la mirada!

Los cordones de Phoskitos
Los cordones de los Phoskitos. Un acierto del márketing de los 80.


Al volver, a menudo había bronca, porque al ser una excursión improvisada, no se avisaba a nadie y luego en el pueblo se pasaban la tarde buscándome. Pero valía la pena.

Los recuerdos que tenemos…

de las personas son muy subjetivos. De este hombre siempre tuve la sensación de que guardaba en su interior un puntito de pasión, de genialidad y brío en cada cosa que emprendía. Ya fuera tallar en la madera como un verdadero maestro, jugar a los bolos leoneses, conducir su furgoneta al estilo inglés o bailar el baile chano… pero bien es sabido que la pasión consume energía, y es imposible mantenerla de manera constante. Durante los momentos de reposo, en la intimidad, su parte más pesimista lo abordaba y a mi me parecía que se le hacía el día cuesta arriba.

Entonces se tumbaba en el escaño a reposar, tras apartar el plato hacia delante (siempre comió poco) y a continuación posaba aquella mano morena de dedos largos sobre la cara para tapar un poco de luz a los ojos y poder dormir mejor.

Al despertar, si te veía por ahí, siempre le decía a mi abuela: –¡Dora! prepárale algo de merendar a la rapaza –. Después se enfundaba los dientes, que habían estado reposando con agua, bajaba para el portal y se quedaba por unos instantes observando, sentado en la escalera, mientras se encendía otro cigarro, con la mirada perdida en el infinito, y como siempre, la vara nerviosa de avellano en la mano…

En aquel momento, era buena ocasión para sacarlo de su letargo y preguntarle: -«Abuelo, ¿vamos pal Ventorrillo?»- a lo que rara vez había una negativa por respuesta…

Si es que ya lo dije. Mi pueblo es fuente de inspiración infinita para diseñar personajes dignos de novela…

¿Y tu? ¿Tienes recuerdos guardados en la recámara de personas dignas de protagonizar una novela? ¿Crees que la gente de antaño era más auténtica?

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Si las madreñas hablaran…

Si las madreñas hablaran…

Contarían muchas, muchísimas cosas. Las de mi abuela contarían anécdotas de jornadas interminables, como cuando esperó a que pariera la vaca para ir al hospital a dar a luz a mi tía. O de los días de fiesta haciendo la matanza. Sin embargo, aquellas madreñas ocultaban un oscuro secreto. Tan oscuro como las cubileras de los gochos. Pero antes, déjame contarte qué son, por si acaso no estás familiarizado.

¿Qué son las madreñas?

Para los que no las conozcan, las madreñas son un tipo de calzado tradicional de la región astur-leonesa y otras limítrofes (Cantabria, parte de Galicia y demás, no se me vayan a enfadar ), hecho de madera y diseñado para introducir en ellas las zapatillas de andar por casa . Se utilizan sobre todo para labores del campo y es una solución ingeniosa para andar calentito, seco y limpio, evitando el contacto con las moñicas, el barro y las aguas e incluso, las nieves del invierno. Además puedes ir de casa en casa dejando las madreñas en la puerta, y disfrutar de la sensación de ir en zapatillas de andar por casa allá donde vayas. Particularmente aprecio el hecho de no tener que meter el pinrel en un zapato frío cada vez que salgo a la calle y las madreñas son la solución definitiva a ese problema.A veces fantaseo con llevármelas a Castellón y ponerlas de moda por allí, pero esa es otra historia.

Volviendo a lo mío…estaba yo en el portal de mi abuela, cuando divisé bajo el banco, asomado entre regaderas rotas y latas XXL recicladas de atún, el morro de una de las viejas madreñas de mi abuela. Las saqué de su escondite y vi con pena que se habían deteriorado mucho con el paso del tiempo y el uso constante. Tenían una amalgama de polvo y abono entre los 3 tacos, y una de ellas tenía una raja que hacía imposible usarla de nuevo. Definitivamente estaban rotas y en el olvido, y ya habían sido sustituidas por unas nuevas.
A pesar de estar en el olvido, consiguieron dibujar en mi cara una sonrisa, esta vez, traviesa y cómplice. Porque ¡anda que no las usé yo a escondidas cuando mi abuela se despistaba! Como ella tenía el pié menudo, a mi ya me valían con 10 años. Cuando metía mis bambas dentro tenia carta blanca para bajar a ver a mis amigos los gochos, las gallinas, las vacas, los conejos y todo bicho que pernoctara en las cuadras por algún u otro motivo.

Madreñas viejas de mi abuela.

Primera confesión: la visita a las gallinas

Solía empezar la ronda visitando a las gallinas. Estaban confinadas en un corral con acceso a un añadido de la casa, de manera que en los meses de frío tuvieran cobijo. Al principio del verano, cuando no me conocían, se acercaban a ver que pienso les traía… pero al finalizar el verano huían despavoridas al gallinero a refugiarse. Concluyo que no les gustaba mis intentos samaritanos de enseñarles a volar contra el muro del corral. Siempre pensé que no volaban por que les faltaba un empujoncito…

Va a ser que no, que no vuelan.

A medida que pasaban los días, el numero de huevos descendía alarmantemente y mi abuela achacaba el descenso de la producción al calor y a que no comían nada. Entonces se ponía a picarles acelgas y a darles dieta especial, mientras remugaba y valoraba en pasarle a alguna el cuchillo si seguía así la cosa. Huelga decir que decidí suspender mis actividades aeronáuticas y centrarme en otro bicho menos estresable.

Segunda confesión: la visita a los gochos

Así que dirigí mi atención en la siguiente puerta: la cubilera de los gochos. Los gochos ( o como se suele decir en el resto de España: cerdos) pasaban la vida en una cubilera, que era un cuarto cerrado con muretes y puertas lo suficientemente altas para que el gocho no pudiera saltarlas. Al entrar, era necesario encender la luz porque la oscuridad contrastaba con la claridad del día y caminaba totalmente cegada. Mientras me acostumbraba al olor ácido de los purines en la nariz, ya podía sentir su calurosa bienvenida a base de gruñidos y frenesí contra la puerta de la cubilera. El más ágil de los tres se apoyaba en lo alto de murete para sacar el hocico y sacar más información de la situación. A decir verdad, la situación era muy simple:

Cubilera en desuso.

Había un cubo con pienso y restos de comida, que mezclado con agua formaba un puré espeso que se remeneaba con un palo. En mi defensa, diré que todo fue casual. Un día cogí el palo embadurnado de aquella papilla y se me ocurrió meterlo dentro para que los gochos lo relamieran.

Una vez dentro, comenzaron a pelearse, así que les dí un toque de atención con el palo en la cabeza. Los quejidos me hicieron tanta gracia, que repetí la operación unas diez veces hasta que por fin, a base de psicología conductista, dejaron de acercarse al palo.

Creo que ha sido la única vez que he maltratado a un animal conscientemente y no me hace sentirme orgullosa… pero no lo podía evitar. Era oír esos gruñidos y reírme a carcajada limpia. ¡Hoy por hoy, no lo haría, obviamente! Por cierto, en esta ocasión mi abuela estaba intrigada, pues no llegaba a entender cómo aquellos gochos tenían aquellos moratones en el lomo. Cuando le preguntaba a mi madre qué podría ser, más valía salir del cuarto o la mirada inquisidora me pillaría seguro.

madreñas, madreñes,
No lo volveré a hacer. Lo prometo.

Tercera confesión: visita a las vacas

La morena

La ronda acababa en las cuadras, donde las vacas permanecían amarradas a la espera de que las sacaran a beber y a pastar. Todos los años había un ternerín nuevo, o como diríamos en Mallo, un jato (jatín si era recién nacido) que recibía todo tipo de atenciones de parte de una servidora. No todo iba a ser maltrato, ¿¡eh!? me encantaba rascarle la frente, cepillarlo, limpiarle las orejitas… Después visitaba a todas y cada una de las vacas.Todavía recuerdo algunos nombres: la Morena, la Paloma, la Serrana, la Mora…Hecha la ronda, llegaba el momento de reunirse con los demás niños, así que tenía que devolver las madreñas a su sitio o no podría repetir el ritual al día siguiente.

¿ Y cómo acabó la historia?


Con el tiempo, mi amor por las madreñas no mermó, y acabé encargándoles a mis tíos que me compraran un par en la fiesta del Pastor. Cada año me las pongo y rememoro todos aquellos momentos, y me hacen sentirme muy especial, privilegiada, diría yo. Mis hijas, para suerte de los gochos y las gallinas, no vivirán esas aventuras con el pasaporte que otorgaban las madreñas. Tampoco están ya los animales. Sólo queda en el recuerdo de la que os escribe. Así que, permíteme darte un consejo: coge tus madreñas y date una vuelta con ellas. Vuelve a sentir la magia, recuerda cuantas cosas hiciste, ¡hasta dónde te llevaron! Si esas madreñas hablaran…


¿Y tú? ¿qué significan para ti tus madreñas?  ¿qué dirían tus madreñas si pudiesen hablar?

Si te has quedado con ganas de más, te recomiendo visitar el post de las casas castreñas: ¿ecología milenaria?

Seguro que descubres un par de cosas de aquellas maravillosas construcciones de un pasado no tan lejano

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Bolos leoneses: asalto y derribo al castro

Bolos leoneses: asalto y derribo al castro

Que los ástures (y también los cántabros) se zurraban entre ellos es bien sabido. Cualquier excusa era buena para asaltar al castro vecino si no había tésera de hospitalidad de por medio: mozas más guapas que las de tu castro, mejores caballos, control de los mejores pastos… Eso era así (seguro). Pero para estar a la altura, amigo, tenías que adiestrarte largo y tendido. Lucha leonesa: lunes, miércoles y viernes; los martes y jueves seguramente tocaba manejo de falcata, honda y lanza. El sábado algo de equitación para la guerra y los domingos algo más light, no vaya a ser que sobrecarguemos el cuerpo: desarrollo de estrategia del asalto, pulso y camaradería. O lo que es lo mismo, jugar al bolo leonés.

bolos leoneses
Cómo asaltar un castro y derribar al centinela: ése era el objetivo del juego

La analogía tiene sentido

Piénsalo: la clave para un asalto perfecto al castro es :

  • derribar al centinela sin despertar al resto del castro,
  • abrir las puertas para dejar pasar al resto de tus compañeros
  • y llevarte lo que tengas que llevarte sin sufrir bajas en tu bando.

Con la media esfera en mano, consigues la máxima puntuación cuando ésta entra en el castro y consigue derribar el Miche (centinela). Al margen de esta jugada ideal, hay multitud de maneras de puntuar. Eso hace que sea algo complicado cogerle el tranquillo a este juego, tiene que haber alguien que te enseñe a jugar bien.

Yo me harté de jugar en mi pueblo cuando era una adolescente y por aquel entonces no tenía ni idea del trasfondo histórico. Para mí era sólo un juego que practicaban los abuelos y que era fascinante, algo prohibido. Sí, prohibido. No nos decían nada, pero cuando la juventud se ponía a jugar, los viejos torcían un poco el morro cuando las chicas cogíamos la bola. Y aquello le daba más morbo porque despertaba tu lado rebelde. Al fin, terminó por ser algo normal, porque posiblemente, o jugábamos nosotras también, o aquello no tenía cantera suficiente.

El Cincón o Cinca, en mi pueblo, era el único bolo que al caer no daba puntuación. El equipo contrario gritaba ¡Finca! con enérgica alegría.

Como dije en algunas lineas más arriba, necesitábamos de la tutorización de los veteranos porque el reglamento era un poco infumable: que si el derribo del Miche (el centinela), que si tiene que caer la bola en el castro y eso son tantos puntos, que si es finca (jugada sin puntuación), que si entró en el castro o no entró, que si pasó por la raya del once… Sin ellos no hubiera sido posible jugar de una manera decente.

Jugar a los bolos leoneses no es sólo cosa de viejos

Durante al menos dos veranos, el castro de los bolos fue punto de reunión indiscutible. Había movimiento en el pueblo: los mayores se reunían, salían de su letargo y vibraban. En vez de verlos ensimismados en la soledad que trae la vejez, recuerdo sorprenderme al ver cómo interactuaban entre ellos, con un brillo en los ojos que me chocaba. Evidentemente, llevaban toda una vida conociéndose, pero yo, que siempre los conocí viejos y aburridos, quedé intrigada. ¿Cuántas vivencias y aventuras trajinaron juntos?

Se sentían vivos. Quizás era el gusto por competir. Puede que sentirse maestros por un rato y recibir admiración y atención les inyectara una ilusión extra en aquella mirada. Sólo por eso, valía la pena mantener el castro de los bolos.

De eso me doy cuenta ahora. Ahora que ya no existe el castro (se asfaltó la calle y a partir de ahí ya no se volvió a montar), ese vínculo de personas intergeneracional se ha perdido. Los viejos (los pocos que quedan ) van por un lado, si es que salen de casa, y la juventud… ah, la juventud. Los jóvenes no salen del Instagram. ¿Qué será del juego ancestral que nos legaron los ástures?

Bolos leoneses
Un ejemplo de una partida cualquiera en un pueblo leonés cualquiera… (wikipedia)

Los bolos leoneses hoy en día

Te sorprenderá descubrir que esta disciplina deportiva tradicional tiene bastante tirón. Sobre todo, fuera de León. Algo bueno tenía que traer la combinación de una emigración masiva, a ciudades como Madrid o Barcelona, o regiones como el País Vasco, y la morriña del emigrante. Cuando estás fuera de tu casa, te coges como un clavo ardiendo cualquier cosa que te una a los tuyos, a tus orígenes, a tu antigua vida. Sí, lo adivinaste: los bolos leoneses son ese clavo para muchos cazurros en el exilio.

Los catalanes admiran esta disciplina y la adscriben a la federación de deportes tradicionales. Tranqui, que sólo hablan en catalán al principio un minuto.

En León, la Delegación leonesa de Bolos vela por mantener el calendario de competiciones activo y difundir el reglamento oficial. Últimamente se están techando muchos castros, de manera que así se pueden jugar partidas incluso cuando hace mal tiempo (cosa habitual en el norte).

Sin embargo, por más que busco en Internet, sólo veo señores viejos jugando, y te aseguro que me he pasado tiempo investigando. Hay algún vídeo documental de estudiantes que tienen como deberes del instituto entrevistar a los jugadores senior, pero poco más. (Si me lees y sabes de alguna iniciativa que introduzca a los jóvenes al juego, por favor, escríbeme)

Su futuro está en juego

No puedo evitar preguntarme: ¿Se está perdiendo esta tradición? ¿Hay algún gesto desde la administración pertinente (Diputación de León, ayuntamientos, Junta de CyL ,etc.) No basta con subvencionar el material para jugar, que sí, ayuda. Pero o se incluye este deporte en los programas educativos/ municipales, o la juventud no dudará en meterse en Instagram. Os lo aseguro. Y la verdad, bajo mi punto de vista, tenemos MUCHO QUE PERDER. No podemos arruinar algo que es capaz de unir a jóvenes y viejos.

Además, creo que deberíamos ir más allá. Deberíamos atraer de una manera más activa al sector femenino, tradicionalmente ignorado en esta disciplina por ser considerada cosa de hombres (aunque te aseguro que a las chicas no nos falta nada en absoluto para jugar igual o mejor que los chicos) . En mi pueblo funcionó de maravilla, a pesar de las reticencias iniciales. Estaríamos doblando el público objetivo y podría ser una de las claves de su perpetuación.

Ellas también saben tirar el Miche, no te quepa duda.

Anímate: aquí tienes algún material para empezar

Aquí te dejo el reglamento, así como webs donde adquirir el material de juego. ¡Todo es ponerse! Te aseguro que los bolos leoneses sólo traen cosas buenas: interacción, destrezas sociales, respeto a las normas, disciplina y convivencia.

Por cierto, si dominas el arte de trabajar la madera, creo que es un buen nicho de mercado. Sólo he encontrado una web en Internet que se dedique a confeccionar los 9 bolos y el juego de bolas más el Miche. ¿Sabes de alguna empresa que se dedique a su fabricación? Ayúdame a difundirla, toda aportación es un valioso granito de arena.

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La Covada. El polémico piel con piel Norteño

La Covada. El polémico piel con piel Norteño

Esta semana ha sido muy curiosa. Ya son cuatro las personas que se quedan a cuadros cuando les digo que soy madre de gemelas. De tres años; en agosto: cuatro.

–¡Me parecías muy joven! –me dicen algunos. Otros siguen en estado catatónico intentando averiguar mi edad aproximada para luego calcular a qué edad fui madre, y esas cosas.

la covada
Esta es la geta que ponen, más o menos. No les cuadra en la cabeza cuando les digo que soy madre de gemelas.

Si os digo la verdad, en mi cabeza parece que fue hace mil lustros cuando mis dos pequeñas llegaron al mundo un Lughnassad de Súper Luna Azul. Como buen parto múltiple con prematuras, me las sacaron por cesárea (No programada). Llevaba unos cinco meses practicando posturitas y ritmos de respiración, así como escuchando qué esperar de un parto y qué no. Como os podéis imaginar, una se había creado sus expectativas y ya me había hecho una idea de cómo me hubiera gustado que fuera el alumbramiento. Pero bueno, al grano: en mi caso, por cuestiones de protocolo, no nos dejaron hacer el archi-reconocido «piel con piel» que tantos beneficios aporta a todos los miembros implicados: bebé, mama y también papá. Eso es lo que me habían vendido una y otra vez, como la garantía de que si lo hacía, todo lo demás iría como la seda. La naturaleza era así.

Me pillé un cabreo monumental

Cuando descubrí que ni siquiera a mi marido le habían permitido realizar el piel con piel. Estaba claro que yo, que estaba como buena guerrera ástur capturada por los romanos (crucificada y abierta en canal), no pasaba por mi mejor momento para tener a las niñas encima, pero jamás pensé que no dejarían que el padre de mis niñas gozara de dicha práctica. Por lo que nos dijeron en el hospital, si los bebés pesan menos de dos kilos, tienen que ir a la incubadora directos. Las mías pesaban dos kilos justos cada una, así que se las llevaron. Con el tiempo, un día descubrí que el piel con piel influye tanto en la relación con la madre como en el desarrollo físico y emocional del bebé hasta en su etapa adulta. Siempre me queda el consuelo de pensar que si me salen unas ovejas negras, fue culpa del protocolo del hospital.

Aquí no hubo piel con piel. Está clarísimo.

¿Y cómo se lo montaban los ástures tras dar a luz?

Eso mismo me pregunté yo un día que estaba mirando las fotos de la salida del hospital con mis leonas. Jamás me imaginé lo que me encontraría. De verdad. Comencé a leer la palabra COVADA en varios artículos y descubrí un ámbito totalmente desconocido de nuestros antepasados que todavía a mitad del siglo XIX consiguió mantenerse en la Maragatería y zonas de Cantabria y País Vasco. Atent@s, que voy:

–Maritrini, me está subiendo la leche… tráeme unos apósitos, mi amor.
(imagen extraída de Maternalias)

Imagina que das a luz, sin epidural ni milongas de esas. Un trabajo de parto a la antigua, con las que pilotan del tema en tu castro echándote un cable mientras el pequeño bebé norteño llega al mundo. Bien, imagina ahora que todo sale bien y de repente, en vez de coger a tu bebé en brazos para verle la carita y amamantarlo, llaman al padre para que se acueste en el catre marital con el recién nacido para darle calorcito y mimarlo durante las primeras horas. A ti te dan un bocadillo para que no te dé la pájara mientras sigues con tus quehaceres habituales en el campo, la casa, la cocina… Cero atenciones, chata. De hecho, si te descuidas, el padre del retoño fingirá ser él quien ha parido al bebé y serás tú la que tiene que dedicarle todo tipo de atenciones.

Hay varias teorías para explicar la Covada

¡¿Pero por qué?! ¿Por qué esta vuelta de tuerca? ¿Estaban locos los antiguos norteños? ¿Es que a caso tenían poderes sobrenaturales aquellas mujeres? ¿Qué pasa con el instinto maternal?
No me podía quedar con aquella duda. Tras documentarme vi que había varias interpretaciones:

  • Es un reflejo de la transición de sociedad matriarcal a sociedad patriarcal. Podría decirse que con esta práctica, el hombre reclama el espacio «mágico y sagrado» exclusivo de las mujeres y lo hace suyo, reivindicando así ser el eje de todo.
  • Es una manera de reconocer al bebé como propio y estrechar vínculos los primeros días. Esta teoría iría en consonancia con las tradiciones de las sociedades indoeuropeas. Recuerda que celtas, griegos, incluso los romanos, son de origen indoeuropeo ( esto da para otra entrada). Me consta que los romanos no practicaban la covada, pero sí dependía del padre reconocer como propio al hijo. Esto lo descubrí mientras estudiaba cómo trataba el Imperio Romano a los discapacitados. Por lo general, cuando un bebé venía al mundo, el padre lo posaba en sus rodillas y le adjudicaba un nombre. Si tenía alguna discapacidad, el padre estaba en el derecho de repudiarlo. (Por cierto, de aquí viene la explicación de porqué tradicionalmente llevamos el apellido de nuestro padre en primer lugar). Pero la cosa no queda aquí. Aún hay más.
  • La más benévola de todas: el padre se hacía pasar por la madre para despistar el mal fario de los espíritus. Recordemos que los partos complicados y postpartos eran una de las principales causas de mortalidad en la población femenina.

La covada no es exclusiva de las etnias indoeuropeas

Al parecer, la primera interpretación es general a muchas culturas a lo largo y ancho del mapa, que en un momento dado viran hacia el patriarcalismo cuando la agricultura hace aparición en la vida del ser humano. Así nos encontramos la práctica de la covada en algunas etnias de América del Sur, Nueva Guinea, México, La Guayana, Japón, etc. Pero de entre todas, me quedo con la práctica de los indios Huichol. Cuando la parturienta se ponía a sufrir las embestidas de las contracciones, su señor consorte se subía a la viga de la choza, justo a la altura de la susodicha, y se ataba un cordel a los cataplines. Entonces ella, desde abajo, con cordel en mano, podría tirar de la cuerda en cada contracción. ¡Así, sí! perdona, así sí te mereces un lugar de honor en el proceso.

¡Maritriniiiiii! ¡que me van a rozar el sueloooo!

La covada hoy en día

Bueno, es una práctica casi desaparecida, pero que explica muchas cosas de nuestra cultura que damos por hecho. En la cultura Vasca, por ejemplo, la etimología explica, con la práctica de la covada, la formación de las familias, las jerarquías matrilineales y con ello la forma de llamar a los parientes en función de si venían de la parte materna o paterna.

Lo que sí se lleva, en la sociedad occidental, es acompañar de manera consciente en el embarazo y el parto a la madre. Los padres están tomando un papel mucho más activo que sus predecesores, lo cual, se agradece. Algunos hasta desarrollan el Síndrome de la Covada, en el que el padre desarrolla los síntomas del embarazo y engorda tanto como ella… Me temo que algunas cosas no cambian nunca.

He aquí un caso real…

Todavía no sé si meterlo en la novela

La verdad es que sería un guiño muy interesante en Las Nieblas del Tsuna, porque es algo que estoy segura de que chocaría al lector y lo dejaría pensando. De lo que estoy segura es que aparecerá, si no es en la novela, en algún relato. Estad atentos porque no tardaré mucho.

Si quieres saber más, te recomiendo estas webs

¿Y tú? ¿Conocías la covada? ¿Qué opinas al respecto? ¡hazte oír!

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El Asturleonés: La lengua nos une

El Asturleonés: La lengua nos une

O al menos debería hacerlo…

No sé si lo he escrito por ahí en algún sitio de mi biografía, pero soy una mestiza cultural. Quizás a ti te pase lo mismo si uno de tus progenitores es del Norte y el otro del Levante, o del Sur. En mi caso, mi madre es de León y mi padre de Castellón y este hecho hace que, a estas alturas de la vida, tenga la capacidad de mirar el mundo desde dos prismas distintos. He crecido en Castellón, pero mi lengua madre es el «castellano adulterado». Una adulteración que una y otra vez me ha llevado a decir eso de que «la lengua nos une«.

asturleonés
Y entonces yo le dije… veeeeeeeen

Perdona, ¿castellano adulterado?¿¡Pero qué te has fumado!?

Bueno, déjame explicarte: el castellano que habla mi madre es muy distinto al que se habla en la zona de Levante, en el sur y si me apuras, en el centro de la península. El acento, la cadencia, incluso el orden de algunas palabras brillan como luces de neón porque la influencia que reciben de otra misteriosa lengua no tiene nada que ver con el Valenciano/Catalán (no me hagáis entrar en la polémica de la denominación, porque es aburridísimo), que es la lengua con la que convive el castellano en mi zona.

Eso hace que cuando alguien habla castellano con esas características, un click en mi cerebro hace que lo detecte y no puedo dejar de prestar atención. Me regodeo cotejando todas y cada una de las peculiaridades del discurso. Me pasa infinidad de veces. Por poner un ejemplo, estoy esperando en el supermercado, y mientras hago cola para pagar en cajas, oigo a, de al lado hablar y el R.A.D.A.R dice: ¡ATENCIÓN, ATENCIÓN: DETECTADO UN NORTEÑO!

Si estoy de humor, y tengo tiempo o la ocasión es propicia, pienso en la forma de abordar a esa persona y preguntarle de qué zona del norte es. Me encanta jugar a adivinarlo. Obviamente, reconozco el acento gallego y el vasco, pero la línea se difumina cuando la persona viene a Castellón desde Asturias, León, parte de Cantabria, Zamora, Salamanca… No voy a decir que todas las personas de estas zonas geográficas hablen exactamente igual, pero mantienen muchas cosas en común que les delatan, y eso es debido a la influencia de esa misteriosa lengua que te mencioné antes. Dependiendo de la zona, cada uno la llama de una manera. Permíteme llamarla Asturleonés de ahora en adelante, aunque también se la conozca como Bable, Pachuezu, Montañés, Mirandés, etc.

Asturleonés… ¿Un invento nuevo?

No. Esto viene de la época de los romanos. Como bien sabrás, la Península Ibérica se dividió en tres provincias una vez alcanzada la Pax romana: Bética, Lusitania y Tarraconense. Cada una de ellas hablaba el latín con su estilo propio, no te pienses que en tiempo de los romanos hablaban todos igual. Parece ser que en la Bética eran más modernillos o cool, y en la Tarraconense y Lusitana eran de estilo más espartano y conservador, y esa manera de ser se reflejaba en su uso del latín. Si a eso le añades que la Bética estaba mucho mejor comunicada que las otras dos, se explicaría como ya en tiempos de los romanos en la Tarraconense se hablaba con un latín de solera, con palabras en desuso ya en aquella época, y con terminaciones fonéticas que se quedaron antiguas en comparación con el latín del resto del Imperio Romano.

asturleonés
Provincias de Hispania tras la Pax Romana.

Pero entonces… Todos los descendientes de la Tarraconense hablaríamos igual, ¿no? Pues no, porque en la zona de los astures ya había una lengua preromana, el ástur. Éste es el ingrediente diferenciador que faltaba para explicar el origen del Asturleonés = Un latín arcaico + Una influencia de lengua prerromana (Ástur) + mucho tiempo + Aislamiento geográfico y romanización tardía + Invasiones visigodas. Así pues, los ástures adoptaron el latín arcaico y lo influenciaron con palabras propias. Conforme avanzamos en el tiempo (s. VIII d.C.), el idioma oficial (latín estándar) y el que se hablaba en la calle en la zona de influencia ástur (Asturleonés), eran dos lenguas bien diferenciadas.

evolución asturleonés
Animación de la zona de influencia Lingüística del Asturleonés.

En el siglo X, se dieron cuenta de que era tontería seguir utilizando el latín para las cosas serias. Sólo unos pocos privilegiados lo dominaban y la verdad es que práctico, práctico, no era. Así que decidieron adoptar el Asturleonés para hacer la cosa mas llevadera y agilizar los trámites burocráticos, testamentos, leyes y fueros, etc.

De esta manera, el mapa lingüístico del Asturleonés variaría con el paso del tiempo en función de los territorios conquistados por los reyes leoneses (de origen visigodo), ampliando así la zona de influencia original.

Su declive en relación al castellano comienza un poco antes de los reyes católicos, cuando Castilla toma el pulso de la política e impone su lengua por cuestiones de «prestigio». Este punto de inflexión marca la cuesta abajo del Asturleonés, que deja de escribirse de manera oficial y pasa a ser hablado fundamentalmente.

El Asturleonés en la actualidad

¡Ay! ¿Qué quieres que te diga?, ¿que la historia de esta lengua acabó con final feliz? En mi opinión, eso depende de las personas que la hablan en la actualidad y de los políticos de las zonas de su influencia histórica. La polémica está servida, porque, ¿qué diferencia al Asturleonés de otras lenguas romances que coexistían con el castellano, como el catalán, el gallego o el aragonés? Nada, todas eran legítimas en su momento. Todas merecen su espacio. Todas son un aspecto cultural básico de la sociedad, no hay mejores ni peores. Menospreciar una lengua porque sólo la hablen unos pocos, o porque no se escriba de manera habitual es un error. Eso no la hace menos digna. Lo maravilloso del Asturleonés es que abre una puerta a la hermandad de pueblos que, quizás por ignorancia, o quizás por intereses oscuros, se ha querido que permanezcan separados.

En la actualidad, el uso de Asturleonés y su reconocimiento oficial depende de esas zonas de influencia. Sólo Portugal lo reconoce como oficial en la zona de Miranda del Duero, mientras que en Asturias y Castilla y León sólo se le reconoce el derecho a ser protegido sin ser cooficial. Esto último, permitidme que me moje, es un sinsentido. ¿Cómo vas a fomentar y proteger algo que no consideras digno de ser oficial?

Para muestra un botón. Yo tengo el ejemplo de la Comunidad Valenciana. Aquí, por H o por B, se dieron cuenta de que si no lo consideraban oficial, era como darle un trato de segunda. Por tanto era como darle un trato de segunda a una cultura propia que nos distingue del resto. Que no es mejor ni peor. Pero es distinta.

A veces me duele no saber hablar asturleonés

Hablo cinco idiomas: Castellano, Valenciano, Inglés, Italiano y Alemán. Con cada uno he crecido como persona y he abierto puertas. He cruzado puentes y he conocido personas maravillosas. Cuando voy a mi pueblo, Mallo de Luna, cambio el acento en un par de horas, y disfruto oír hablar a los más ancianos con ese deje, esas palabras viejas, mágicas. Me siento parte de una cultura que es distinta y que sigue viva a pesar de todo. Me hubiera gustado aprenderlo para profundizar mucho más en esa cultura del noroeste, que con cada muerte de un anciano, muere un poco más.

Soy consciente de que las cosas están cambiando y me alegra saber que hay gente decidida a fomentar su uso. Yo, a modo de guiño y pequeño homenaje, quise introducir en el título de mi novela (Las nieblas del Tsuna) una palabra en pachuezo, variedad dialectal del occidente. Tsuna (lluna) significa Luna en castellano, pero algunos expertos consideran que es un vocablo que proviene del ástur y se incorporó fonéticamente sin cambios al latín porque se parecía a la palabra «luna». Por otra parte, me encanta leer textos en asturleonés, porque es como estar allí. Esas palabras que sólo las oigo cuando voy en verano aparecen escritas y las siento mías.

Con esto no descarto que cuando vuelva a tener tiempo, me ponga manos a la obra y estudie el asturleonés, porque mis orígenes de la parte materna también merecen mi respeto y perpetuación.

Te recomiendo que visites el artículo de la wikipedia que habla de él, porque está muy completo. Además circulan por la red diversos diccionarios y cursos de gramática que ayudan bastante a aprender desde casa si no tienes un centro de formación a mano. Es cuestión de investigar. Yo no te recomiendo ninguno porque no he tenido tiempo de estudiármelos, pero te aseguro que hay material de sobra.

Y tú, ¿Qué piensas acerca de esto?

Me interesa saber tu opinión. ¿Qué es para tí el Asturleonés?. Déjame un comentario al respecto.

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