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La Tí Dominica

La Tí Dominica

Este relato se lo dedico a todos que viven haciendo muescas en su cinto, por cada obstáculo superado y cada injusticia combatida.

Era ya de noche cerrada y la mujer del cantinero comenzó a limpiar el mostrador por tercera vez consecutiva con un trapo mostoso. La impaciencia por cerrar siempre le hacía apretar los labios y poner cara de malas pulgas. De repente, un chispazo de inspiración le cambió el semblante.
—¡María, ven, vida!
—Mande, madre —dijo la adolescente con un disco de Raquel Meller en la mano.
—Ponte el tabardo y acompaña a la Tí Dominica a su casa —susurró a su hija mientras miraba con desdén a la anciana— a ver si apura el trago y somos a echarla.
—Pero madre, hace un cierzo horrible, ¡y está nevando! ¿De verdad tengo que ir? —protestó abrazándose al disco de la coupletista— Deja al menos que escuche la Violetera una vez en la gramola antes de salir ¡Por favor!
La cantinera entrecerró los ojos, calculando la duración de la canción y lo que tardaría la vieja en acabarse el orujo y , al cabo de unos segundos, asintió.
—Sea.

La Tí Dominica había sido una de las mejores clientes de la cantina desde que vino de las Américas.

No había botella de orujo que se le resistiera, y en sus buenos años, organizaba en su casa los calechos y filandones más sonados de toda la comarca de Luna y aledañas. La juventud siempre llenaba de jolgorio y risas las cuatro paredes de su cocina y podría decirse que fundió lo que ganó al otro lado del charco en fiesta y alcohol.
Pero ahora apenas podía sostener la copina sin que el tembleque de su mano derramara el alcohol sobre el mostrador —para disgusto de la cantinera.
Entonces, la gramola comenzó a entonar los primeros acordes de la copla, que intentaban competir con el aullido del viento que azotaba el pueblo esa noche.

María tenía ya el tabardo sobre una de las sillas de la cantina y se estaba poniendo la bufanda en la cabeza mientras tarareaba la canción, así que su madre respiró hondo y se armó de la poca paciencia que le quedaba ese día para hablar con la anciana.
—Ti Dominica, ¿se acabará ya el traguín? —preguntó con miedo a que su dulzura postiza levantara suspicacias.
La anciana alzó la vista de la copina, centro total de su existencia en aquel momento. Sus ojos de azabache todavía acertaban a leer entre líneas y se limitó a bebérselo del tirón, para dejarlo posado con un golpe rotundo sobre el mostrador. Se dio cuenta de que había agotado su dignidad y las perras chicas en aquel último trago. El próximo tendría que dejarlo a deber, o venderle la sortija a la cantinera. No era la primera vez que se la pretendía.

…Llévelo usted señorito, que no vale mas que un real…

Con esfuerzo, levantó los huesos del taburete, acarició la empuñadura de la pistola que llevaba colgada al cinto —como hacía siempre que se ponía en marcha—, y se envolvió en un chalino de lana tan desgastado como la trenza desmochada que pendía de su cabeza.
—Con Dios, Vicenta. A más ver —se despidió con palabras secas, roncas.
—María va con usted, Ti Dominica.
—Nun fai falta. Nun vaya a ser que la rapaza pille una fiebre con esti fríu —dijo mientras se apoyaba en el pomo de la puerta.
—¡Que no! ¡Mujer! No sea necia —insistió.
—Marcho. Queda tranquila, Vicenta —farfulló mientras la ventisca asomaba sus zarpas heladas por el espacio de la puerta entreabierta.
María miró a su madre y se encogió de hombros, sin poder evitar una sonrisa de alivio. Esta vez, se libró.

El trecho hasta su casa no era muy largo. Sólo tenía que pasar la Fuente de Arriba, el puente, girar en la plaza del Puntón a la izquierda y bajar la calle principal todo recto hasta el cruce de la calle de la iglesia. Había hecho ese camino infinidad de veces, ebria y sobria.

«Un pocu de cierzu nun cambia nada» pensó mientras calzaba las madreñas a tientas.

Pero el viento no opinaba lo mismo y a la altura del Puntón, una racha cargada de cuchillas de hielo casi tumbó al suelo su cuerpo menudo y encorvado.

Ventisca
Mujer en ventisca. Foto de Yegor Badulin

—Venga, Dominica. ¡Álzate! ¡Nun le des el gustu a esa cantinera, tan mala como’l su orujo! —se dijo así misma en un arranque de fuerza.
Poco a poco, la Tí Dominica descendía calle abajo, plantándole cara en solitario al cierzo, como había hecho con todo en su escabrosa vida: la hambruna, el viaje a México en aquel ataúd que llamaban transatlántico, la esclavitud encubierta en los campos de maíz, los zapatistas y sus verdugos; con todos capeó el temporal, hizo la pertinente muesca en su cinto de cuero bovino y pasó página. Quién le iba a decir a ella que el último hueso duro de roer se lo encontraría a la vuelta, en su pueblo natal; en la persona más grandona, repeinada, mezquina y vil del contorno: El cacique, el ti Jasón.

«Tú di que esti faltosu tampoco esperaba toparse conmigu ni con la mi pistola»

pensó, sin sonreír demasiado, no fuera a ser que las grietas de sus labios se abrieran y sangraran de nuevo.
Todos estos pensamientos la invadían a medida que avanzaba en la oscuridad grisácea de la ventisca. Las contraventanas de las casas a su paso estaban cerradas para frenar las embestidas del viento, pero ella sabía que todos y cada uno de los habitantes de Mallo cenaban al amor de la lumbre. Todos menos ella. Y el gato, claro —si es que todavía no la había abandonado, como el resto de los que frecuentaban su casa cuando todavía había dinero para filandones patrocinados por la Tí Dominica. Valoró ir a casa de su sobrino, pero con la borrachera que llevaba encima, era mejor dormirla en casa sin dar disgustos a nadie.
Por fin alcanzó su puerta y sacó la llave de la faltriquera.
—¡Cagon Ros! ¡maldita tembleca!— exclamó, sin saber a ciencia cierta si los espasmos eran los de siempre, o se debían al frío.
Respiró profundo. Dejó que el frío le penetrara en los bronquios, esperando despejarse con aquella bocanada de aire, pero sólo consiguió arrancar una tos perruna. Al cabo de un rato, que se hizo eterno, consiguió enhebrar la llave en la cerradura.


El cierzo decidió ayudarle y abrir la puerta de un bandazo.

A cambio, llenó de nieve en polvo la única estancia de la casa y el gato bufó en consecuencia.
—Tranquilu, michín —dijo tras trancar la puerta con llave—. Voy prender la luz. A ver si atropo’l candil.
Caminó a tientas hacia la cocina. Recordó que lo había dejado posado allí, sobre la plancha. Pero la Fortuna decidió que las cosas dejaran de sonreírle en ese preciso instante: un inoportuno charco de leche volcada por el gato hizo resbalar a la anciana, que, a estas alturas del relato, daba cuenta de la dureza fría del suelo. El golpe le provocó un quebranto que la partió en dos y le sonsacó el más aterrador de los aullidos. Se había fracturado la cadera.
El dolor fue tan intenso que la dejó fuera de combate y perdió el conocimiento. A cada minuto que pasaba, su cuerpo —encallecido por fuera y frágil por dentro—, iba perdiendo el poco calor que la vida generaba dentro de él. El gato le lamía la cara sin resultado. Respiraba, podía oírlo, pero su ama ya no abría los ojos.
Pasaban las horas y el frío, implacable, iba haciéndose con el cuerpo de la única mujer que plantó cara al Ti Jasón. La única que tenía pistola y cantaba las cuarenta cuando ese cacique abusaba sin ningún tipo de escrúpulo del resto de vecinos.

Con independencia del infortunio, el sol triunfó sobre la ventisca y despuntó por las peñas de Mirantes.

Ya a la hora del café, Vicenta la echó a faltar en el mostrador de la cantina. Le faltaba muy poco para quedarse con la sortija de la vieja y sabía que, como no tenía leña, la Ti Dominica iba todos los días a su establecimiento para calentarse con su estufa y su orujo. Frunció el ceño y consiguió poner su característica cara de malas pulgas de nuevo. Era toda una experta.
—¡María! Pega un saltín y asómate a ver si la Tí Dominica está en casa.
—¿Para qué?
—¡Que vayas, Ostre! Sólo faltó un día a la hora del café en los años que la conozco y fue porque quedó trancada por culpa de la cerradura.

María puso el tabardo a regañadientes. El sol brillaba y llegaba a ser molesto con la blancura de la nieve, pero su calor era tan tímido como el rubor de sus mejillas. Cuando se asomó por el ventanuco de la casa de la Tí Dominica, la vio postrada en el suelo, sobre un charco de leche congelada. Un cerco en su falda daba cuenta de que se había orinado encima y el gato no paraba de restregar su cuerpo sobre la trenza de la anciana.

El pánico paralizó a María por unos instantes, hasta que al final se recompuso y volvió a la cantina corriendo, vociferando con frases inconexas todo lo que acababa de ver.
Los allí presentes se levantaron de sus sillas al instante. Todos, menos el Tí Jasón, a quien la nueva le estaba sabiendo a gloria.
Bajaron corriendo hacia la casa de la anciana y comprobaron que en efecto, estaba allí postrada. Algunos intentaron entrar por el ventanuco, pero era demasiado estrecho hasta para los guajes. Después propinaron unas cuantas patadas a la puerta, pero por lo visto, era tan recia como su dueña. Aún así, siguieron intentándolo, hasta que el cacique se personó en la escena con parsimonia, envuelto en una nube de puro y pachulí. Miró en silencio por el ventanuco y una sonrisa mal contenida precedió a una orden tajante.
—¡Esa puerta no se abre ni se abrirá!—exclamó, amenazante— ¿Entendisteis?
—Pero Ti Jasón, ¡Creo que aún respira! —exclamó el sobrino de la mujer, desencajado.
—Por la cuenta que te trae, Godofredo… —dijo con los pulgares al cinto y la barbilla en alto— Aquí mi palabra es la ley.
Su sobrino apretó los dientes. Él, incluso la cantinera, todos quedaron conmocionados al cercionarse de hasta dónde llegaba la mezquindad de aquel que ahora hacía leña del árbol caído y veía cumplido uno de sus mayores anhelos: acabar con la vida de aquella desvergonzada, aquella atrevida; la rata que vino de las Américas para poner en entredicho su honor y su autoridad.

Los lectores amantes del final feliz esperaréis con ansia que la Ti Dominica hiciera otra muesca más sobre su ajado cinturón de piel de vaca en honor al frío del invierno.

Pero la realidad es que para cuando su sobrino Godofredo hizo acopio de valor y tumbó la puerta, la mujer ya estaba en el Otro Mundo, brindando con orujo del bueno con los suyos —los del campo de maíz, los revolucionarios, los que la acogieron en tierra extraña, los que la añoraban desde el cielo— sin verter ni una sola gota sobre el mostrador; donde San Pedro le servía hasta colmar el vaso sin pedir nada a cambio. A fin de cuentas, cada uno disfruta del cielo que se imagina.

Purasangre es soledad. Purasangre es tristeza, silencio y miedo. Pero también fuego
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La Tí Dominica by Marié Campos Álvarez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
Creado a partir de la obra en https://mariecamposalvarez.com/purasangre/.
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Asturican Gods

Asturican Gods

Contra los dioses romanos

—Llegas tarde, hermana. —dijo Deva sonriendo, mientras jugueteaba con las ondas de su melena. —Pensábamos que ya no vendrías.

—¿Crees que es fácil desenvolverse con mi forma humana, querida? a estas alturas del año, se torna seca, arrugada y sin brío. —contestó Brixit con su característica voz cansada. —Además, ¿no había otro roble en el que reunirnos? ¡Este es sin duda el más inaccesible de todos!

Lug, Deva, Belenos, hasta Cosso, todos rieron. La anciana resultaba más cascarrabias y chistosa cuanto más envejecía. Sólo Cernunnos permaneció impasible.  

—Y el más sagrado, anciana Brixit. —le recordó Cernunnos al cogerla de la mano para cerrar el círculo que habían formado bajo el árbol.  —Los pactos de los dioses se sellan siempre al cobijo de un gran roble.

Cernunnos, el dios astado, era el único que conservaba su forma original, puesto que los bosques le conferían toda la energía necesaria para manifestarse en cualquiera de sus formas. 

—Bien, si ya estamos todos, comencemos. No hay tiempo que perder. —añadió Cernunnos mientras apoyaba su mano en el roble. —¡Oh! Roble de los mil inviernos, señor del bosque, nexo entre los mortales y los dioses, testigo de pactos sagrados: ¡Atiende nuestra petición!

—¡Atiéndela! —respondieron todos al unísono.

—Los dioses aquí presentes vienen a decidir su destino bajo tus ramas. Te pedimos ser testigo de nuestro acuerdo, por los inviernos a los que has sobrevivido, y otros tantos a los que sobrevivirás.

El dios astado cerró los ojos y el árbol, en respuesta, dejó cantar sus hojas al viento. Hasta el cierre de la reunión, todo quedaría grabado en su savia para siempre.

—Bien, veo que no soy la única que tiene que recurrir a su forma humana. —continuó Brixit, tras recuperar el resuello. —Las cosas están yendo de mal en peor.

—No es de extrañar, querida. Más de la mitad de los ástures y los cántabros han perecido en batalla. —respondió Cosso, hastiado. El dios de la guerra no podía dejar de acariciar la empuñadura de su falcata, buscando quizás tranquilizarse con el tacto del metal . —Todo el valor y el arrojo que infundí en cada uno de los guerreros fue inútil ante los hijos de la Loba Sarnosa.

—Cosso, hermano mío, no sabes cómo te entiendo. Las viejas costumbres, nuestro modo de hacer las cosas, ya no son efectivos ante el avance de esos Lobeznos Sarnosos. —dijo Belenos mientras posaba su mano sobre el hombro del Dios Guerrero —Cada día, aparezco por el horizonte y me sorprendo al ver que invaden nuestros dominios con artefactos nuevos. No paran de llegarles refuerzos desde el oriente. Cuando me oculto, en el ocaso, ansío el descanso. Pero una y otra vez me veo obligado a ver sus abusos. Es una tortura. 

—Yo he sentido como controlan las aguas, desvían sus cauces naturales, las estancan y aprovechan su fuerza almacenada para horadar los montes. ¡Es un insulto! ¿Cuánta manipulación deberemos soportar? —dijo Deva, diosa de las aguas y los seres que habitan en ellas.

La diosa, que iluminaba el cerco divino con su tez inmaculada y su melena de oro ondulado, no pudo evitar derramar un par de lágrimas. Una por cada mejilla sonrojada. 

—Deva, no llores, ¡no empieces! ¡Por favor!¿No querrás inundarlo todo? —le reprendió Lug. —Aunque, tienes razón. No sólo manipulan las aguas a su voluntad. También las mentes. ¿A cuántos de vosotros han intentado dar un nuevo nombre? Seducen a nuestros fieles, diciéndoles que ellos también nos adoran, pero ¡con otro nombre! —exclamó Lug, golpeando con furia el suelo con su lanza. —Sin ir más lejos, algunos han decidido llamarme Mercurio. ¿Os lo podéis creer? Me han puesto a la altura de ese dios mequetrefe de segunda. ¡A mí!

La lanza comenzó a arder, imbuida por la indignación de Lug, el dios de todos. 

—¡Intentemos una nueva ofensiva!¡Contamos con la ventaja de luchar en nuestro territorio! —dijo Cosso, con el brillo de la guerra en sus ojos. —No podemos apagarnos lentamente ante el avance del enemigo. 

—Sí, Cosso. Si no hacemos algo, nos extinguiremos poco a poco, hasta ser sólo un recuerdo mecido por el viento. —reflexionó Lug —Pero esta vez deberíamos hacerlo de manera distinta. Deberíamos aunar nuestras fuerzas y no combatir por separado. Al fin y al cabo, ese ha sido el fallo que nos ha llevado a esta situación. 

Lug, con su lanza en llamas, adoptó una postura de liderazgo. Se veía capaz de tomar las riendas de la situación y quería arrastrar al resto del cónclave con su entusiasmo. No había otra salida.

—Deberíamos bendecir con nuestra protección a un guerrero que sea capaz de comandar los fieles que todavía quedan vivos. —sugirió Lug, mientras el resto lo miraba en silencio.

Tras unos segundos, la anciana Brixit carraspeó y tragó saliva. Fue la única que tenía objeciones al respecto.

—Lug, chato. Casi no hay guerreros vivos. —dijo la vieja, frunciendo el ceño en un sinfín de arrugas —¿No crees que deberíamos contar con fuerzas alternativas? Propongo que la bendecida sea una mujer. Entonces quizás los resultados sean distintos.

—Bien dicho, hermana. ¡Apoyo la propuesta! —Exclamó Deva, exultante. Había pasado de la melancolía a la alegría en un suspiro.

Lug se giró y miró a Brixit por encima del hombro con gesto de desaprobación. Bendecir a una mujer no estaba en sus planes. Fue a rebatir a la señora del invierno y de las nieves, pero intervino Cernunnos.

—Los dos estáis en lo cierto. Pero hasta las piedras lo saben: no hay dos sin tres. La victoria vendrá de un guerrero, una hija de la tierra y el agua de Nuestros Montes y alguien más. —Cernunnos hizo un silencio para mirar a los ojos a todos los presentes. Respiró hondo y continuó: —Alguien que mantenga la magia viva y pueda unir con su sola presencia el pacto. Alguien en contacto permanente con nosotros, los dioses.

—¡Que así sea! Cuenta con mi luz. — replicó Belenos, tras mesarse el bigote.

—¡Brixit y yo también los bendeciremos! —dijo Deva.

—¡Cuenta con mi furia, Cernunnos! —Exclamó pletórico Cosso.

Sólo quedaba Lug por dar el visto bueno al plan. Cernunnos se aproximó a él y, evitando quemarse las astas con la llama de la lanza sagrada, le cogió de la mano.

—Sólo quedas tú, Lug. Acéptalo. Danos tu visto bueno. —le pidió Cernunnos con una sonrisa de complicidad. —¿Qué más podemos perder?

El dios de todos y de todo desvió la mirada al suelo y sintió miedo por primera vez. En realidad había todavía mucho que perder. Pero al alzar la vista, descubrió en sus hermanos una fuerza que creía ya olvidada. La misma fuerza con la que conquistaron un sinfín de tierras más allá de los mares.

—Contad con mi ingenio y mi lanza. ¡Les haremos recordar nuestro verdadero nombre a través de los tiempos! 

Entonces, el Gran Roble dio por sellado el pacto con un temblor de sus ramas enormes. Estaba escrito en su savia. Ya no había marcha atrás.

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